Viernes 26 de Junio de 2026

En sus marcas, listos... fuera.

 

Aunque oficialmente las campañas todavía están lejos de comenzar, el proceso de selección interna de Morena ya arrancó. Quienes aspiren a convertirse en candidatos para las elecciones de 2027 deberán cumplir con una serie de requisitos establecidos por el partido guinda. Hasta ahí, nada extraordinario.

Lo interesante es que la carrera comenzó antes de que iniciara la carrera.

En 2027 se renovarán 17 gubernaturas, 500 diputaciones federales, 31 congresos locales y 1,812 alcaldías. Será una de las elecciones intermedias más importantes de los últimos años y, por supuesto, un termómetro para medir la fortaleza política de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Tradicionalmente, las elecciones intermedias suelen despertar menos entusiasmo que las presidenciales. Tienen menor participación ciudadana, menor cobertura mediática y, además, por disposición legal, cuentan con periodos de campaña más cortos.

Pero la política mexicana tiene una habilidad extraordinaria: encontrar caminos alternativos cuando las reglas resultan incómodas.

Las leyes electorales fueron diseñadas para que todos los competidores arrancaran más o menos al mismo tiempo. Los partidos, en cambio, llevan años perfeccionando mecanismos para comenzar antes sin admitir que comenzaron antes.

Morena simplemente ha llevado esa práctica a un nuevo nivel.

No les pueden llamar candidatos, así que les llaman coordinadores.

No pueden pedir el voto, así que dicen que son la mejor opción.

No pueden hacer campaña, así que organizan asambleas.

No pueden promocionarse electoralmente, así que aparecen en bardas, espectaculares y redes sociales.

No pueden utilizar el cargo para competir, así que solicitan licencia. Y, si las cosas no salen bien, siempre pueden regresar a trabajar como si nada hubiera ocurrido.

La magia de la política moderna consiste en hacer exactamente lo que está prohibido sin utilizar las palabras que lo describen.

Y lo más sorprendente es que funciona.

Porque mientras los ciudadanos observan anuncios, entrevistas, giras, reuniones y actos públicos, oficialmente nadie está haciendo campaña.

Las autoridades electorales lo saben.

Los partidos lo saben.

Los medios lo saben.

Los ciudadanos lo saben.

Pero todos participamos en la ficción colectiva de que todavía no empezó el proceso.

Ahora bien, sería un error pensar que todo esto ocurre únicamente porque Morena quiere derrotar a la oposición. La explicación es mucho más interesante.

La verdadera competencia está dentro de Morena.

En buena parte del país, obtener la candidatura del partido guinda representa hoy una enorme ventaja competitiva (excepto si vives en Coahuila). En algunos estados y municipios, la batalla decisiva ya no es la elección de junio, sino la decisión interna.

Quien gana la encuesta suele llegar a la boleta con una parte importante del camino recorrido.

Por eso la dirigencia nacional, encabezada por Ariadna Montiel, ha decidido abrir el proceso con tanta anticipación. No se trata solamente de elegir perfiles; se trata de administrar ambiciones.

Porque cuando decenas de aspirantes creen tener posibilidades reales de ganar, la competencia interna puede ser mucho más feroz que la externa.

Y ahí aparece la herramienta favorita de Morena: las encuestas.

Las encuestas son políticamente brillantes. Permiten presentar una decisión partidista como una decisión ciudadana. Si miles de personas opinaron, ¿quién podría cuestionar el resultado?

Claro que el asunto no es tan sencillo.

La convocatoria deja claro que no basta con ser conocido. También hay que generar intención de voto, tener buena reputación y construir una percepción positiva entre la ciudadanía.

En otras palabras, hay que hacer campaña.

Aunque oficialmente no se llame campaña.

Por eso algunos aspirantes han comenzado a invertir en influencers, bardas, espectaculares, entrevistas, eventos públicos y estrategias digitales. Un consultor profesional probablemente recomendaría investigación, segmentación, posicionamiento y comunicación estratégica. Muchos de ellos, en cambio, parecen confiar en que una lona gigantesca resolverá sus problemas.

La experiencia demuestra que no siempre funciona.

De hecho, la sobreexposición suele producir el efecto contrario. En política, quien más ruido hace no necesariamente es quien tiene más posibilidades. A veces ocurre exactamente al revés.

Por eso conviene observar este proceso con cuidado.

Quizá quienes todavía no aparecen en los espectaculares son quienes tienen los mejores acuerdos.

Quizá quienes presumen ser los favoritos están más preocupados de lo que aparentan.

Quizá quienes aseguran que la ciudadanía los respalda todavía no han preguntado suficiente.

Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece.

La próxima vez que vea una barda, un espectacular o un influencer promocionando a algún aspirante, recuerde que oficialmente no está viendo una campaña.

Está viendo a una persona que no es candidata, promoviendo una candidatura que todavía no existe, para una elección que aún no comienza.

 

Y si todo eso le parece absurdo, no se preocupe.

Significa que usted todavía entiende cómo debería funcionar la ley.