Lunes 29 de Junio de 2026

En los últimos años se ha vuelto común escuchar una frase que parece incuestionable: "Hay que salir del escritorio y recorrer el territorio". La expresión suele utilizarse para criticar a quienes diseñan políticas públicas desde una oficina, alejados de la realidad cotidiana de las personas.

La crítica tiene razón en un punto: ningún gobierno puede comprender los problemas públicos si no escucha a la ciudadanía y conoce de primera mano las condiciones de sus comunidades.

Sin embargo, esa idea también ha generado una falsa dicotomía que vale la pena cuestionar, especialmente cuando hablamos de seguridad pública.

¿Realmente debemos elegir entre el escritorio y el territorio?

Estoy convencida de que no.

Después de muchos años dedicados a la investigación de las políticas públicas y de mi experiencia actual como regidora y presidenta de la Comisión de Seguridad y Justicia del Ayuntamiento de Puebla, he llegado a una conclusión distinta: el territorio necesita del escritorio y el escritorio necesita del territorio.

Uno sin el otro produce gobiernos incompletos.

Cuando hablamos de seguridad solemos pensar en patrullas, cámaras de videovigilancia, operativos o presencia policial. Pero pocas veces reflexionamos sobre todo lo que ocurre antes de que una patrulla llegue a una colonia.

Antes hubo un diagnóstico.

Antes existió un presupuesto.

Antes alguien analizó información delictiva.

Antes se diseñó una estrategia.

Antes se establecieron indicadores para evaluar resultados.

Antes hubo coordinación entre instituciones.

Antes se construyó una política pública.

Todo eso sucede en el escritorio.

Y, lejos de ser un espacio burocrático sin sentido, representa el lugar donde se toman decisiones que pueden mejorar —o deteriorar— la vida de miles de personas.

Del mismo modo, ningún diagnóstico es suficiente si nunca se contrasta con la realidad.

Los problemas públicos no viven en los documentos.

Viven en las calles.

En los barrios.

En los parques.

En las escuelas.

En las colonias donde las personas construyen diariamente su vida.

Por eso, el territorio tiene la capacidad de corregir al escritorio.

La investigación académica me ha enseñado que disponer de información, estadísticas o diagnósticos no garantiza, por sí mismo, mejores resultados. Las instituciones también necesitan desarrollar capacidades para aprender, coordinarse y transformar ese conocimiento en decisiones sostenidas.

Pero la experiencia en el servicio público me ha enseñado la otra cara de la moneda: sin evidencia, sin planeación y sin formación técnica, el gobierno corre el riesgo de responder únicamente a la urgencia del momento, sin construir soluciones duraderas.

La seguridad pública exige ambas cosas.

Exige escuchar y analizar.

Exige caminar y planear.

Exige sensibilidad social y rigor técnico.

En un contexto donde los gobiernos subnacionales enfrentan desafíos cada vez más complejos —violencia, desigualdad, deterioro del espacio público, movilidad humana y desconfianza institucional— resulta indispensable fortalecer sus capacidades de implementación. No basta con tener buenas intenciones ni con anunciar nuevos programas. Tampoco basta con acumular documentos de planeación.

El verdadero desafío consiste en traducir las políticas públicas en resultados concretos para las personas.

Porque la ciudadanía no evalúa al Estado por la calidad de sus diagnósticos.

Lo evalúa cuando sale de su casa.

Cuando lleva a sus hijos a la escuela.

Cuando utiliza un parque.

Cuando solicita ayuda a la policía.

Cuando decide si confía o no en sus instituciones.

Por eso, fortalecer a los gobiernos locales no significa elegir entre la academia y el territorio, entre la planeación y la acción o entre el escritorio y la calle.

Significa construir instituciones capaces de pensar con rigor, escuchar con humildad y actuar con eficacia.

La seguridad pública no se construye únicamente desde una oficina, pero tampoco puede construirse sin ella.

Porque las políticas públicas se escriben en documentos, se enriquecen con evidencia y se validan en el territorio.

Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes para los gobiernos de nuestro tiempo: el escritorio orienta al territorio y el territorio le devuelve sentido al escritorio.