Jueves 02 de Julio de 2026 |
Hay pocas cosas capaces de sacar a millones de personas de sus casas al mismo tiempo. El fútbol es una de ellas. Basta un gol para que un desconocido nos abrace, para que una avenida se convierta en una fiesta o para que una bandera deje de ser un símbolo político y vuelva a ser, simplemente, un motivo para sentir que pertenecemos al mismo lugar. Estos días lo vimos otra vez. Con las victorias de la Selección Nacional de México, las plazas se llenaron. Las calles se inundaron de cánticos. Familias enteras salieron a celebrar; niñas y niños ondeaban banderas desde los hombros de sus madres y padres, jóvenes cantaban en las glorietas y personas que nunca se habían visto sonreían como si se conocieran de toda la vida. Y, en un país tan acostumbrado a las malas noticias, esa imagen merece ser defendida. Porque sí, tenemos derecho a la alegría. Tenemos derecho a encontrar pretextos para salir de la rutina, para ocupar el espacio público sin miedo, para abrazarnos, cantar y recordar que también sabemos ser felices. Quizá esa sea una de las mayores virtudes del Mundial: más que reunirnos frente a una pantalla, nos devuelve, aunque sea por unas horas, la experiencia de hacer comunidad. Sin embargo, mientras millones celebraban, otras familias comenzaron el duelo más difícil de sus vidas. Personas que salieron a festejar y nunca regresaron a casa. Lo que debía ser un recuerdo feliz terminó convertido en una tragedia. Y entonces apareció una pregunta que no he podido dejar de hacerme: ¿qué tan seguro puede ser celebrar en comunidad, en medio de una gran multitud? No lo pregunto para señalar a nadie. Mucho menos para pensar que la solución es dejar de salir a las calles. Al contrario. Creo que necesitamos más encuentros, más plazas vivas, más música, más abrazos espontáneos. Lo que quizá necesitamos es aprender algo que pocas veces nos enseñan: celebrar también es una forma de cuidar. El filósofo Mijaíl Bajtín decía que las grandes fiestas populares suspendían, por un momento, el orden cotidiano. Durante el carnaval, las diferencias parecían desaparecer y las personas podían imaginar otra manera de convivir. Años después, el antropólogo Victor Turner llamó communitas a esa sensación de igualdad y pertenencia que nace cuando compartimos una misma experiencia. Me gusta pensar que eso fue lo que vimos estos días. No solo vimos aficionados al fútbol. Vimos comunidad. Y esa palabra importa. Porque una comunidad no se construye únicamente compartiendo problemas; también se construye compartiendo alegría. Desde la cultura de paz solemos hablar del diálogo, de la prevención de la violencia y de la solución de conflictos. Todo eso es indispensable. Pero quizá hablamos poco de la alegría, cuando la alegría también puede ser una herramienta para construir paz. Una comunidad que canta junta fortalece la confianza. Una comunidad que celebra junta descubre que tiene mucho más en común de lo que imaginaba. Una comunidad que vuelve a llenar las plazas les recuerda a todas las personas que el espacio público también puede ser un lugar para el encuentro, la esperanza y la convivencia. Por eso creo que cada celebración multitudinaria es mucho más que una fiesta. Es un ensayo de país. Durante unas horas practicamos la sociedad que podemos ser. Ensayamos si somos capaces de disfrutar sin empujarnos, de emocionarnos sin perder de vista a quienes están a nuestro alrededor, de entender que la libertad de celebrar también implica la responsabilidad de cuidar. Porque cuidar no le quita intensidad a la alegría. La hace posible. Cuando vuelva a jugar México, volveremos a salir. Volveremos a cantar. Volveremos a abrazar a personas desconocidas. Y qué bueno que así sea. Porque un país que todavía sabe alegrarse junto es un país que todavía conserva esperanza. Lo único que tal vez nos falta aprender es que la alegría también puede ser un acto de cuidado. Que cada gol sea un abrazo y no un empujón violento. Que la euforia nunca sea más grande que la empatía. Que nadie tenga que pagar con su vida la felicidad de las demás personas. Entre la fiesta y la revolución hay un paso. Entre la fiesta y la paz también. Y ese paso comienza cuando dejamos de pensar como una multitud y empezamos a sentirnos como una comunidad. Porque una de las formas más hermosas de celebrar una victoria no es gritar más fuerte ni dejar que la euforia nos sobrepase hasta olvidarnos de todo lo demás, sino lograr que, al terminar la noche, todas y todos regresen a casa para volver a celebrar el siguiente partido. |