Martes 07 de Julio de 2026 |
Las imágenes de las recientes inundaciones recorrieron rápidamente Puebla. Automóviles flotando, conductores atrapados y una de las principales vialidades de la ciudad convertida, por unas horas, en un río. La explicación inmediata fue la intensidad de la lluvia. La explicación de fondo es otra: la inundación no fue un accidente fortuito. Fue la manifestación visible de un proceso histórico que comenzó hace siglos y de una infraestructura diseñada para una ciudad que ya no existe. Puebla nació gracias al agua. Mucho antes de su fundación, el valle de Cuextlaxcoapan estaba definido por la presencia del río Atoyac y del río San Francisco, alimentados por los deshielos y manantiales de los volcanes que rodean el valle. No fue casual que la ciudad se estableciera aquí. La geografía hizo posible la historia. También fue el agua la que enseñó la primera lección. El asentamiento inicial de 1531, levantado junto al río San Francisco, fue afectado por las crecidas de la temporada de lluvias. La ciudad tuvo que trasladarse a una zona más alta y aprender a convivir con el río, no a desaparecerlo. Durante siglos, el San Francisco estructuró la vida urbana. Separó barrios, unió comunidades mediante puentes, abasteció lavaderos, movió molinos y acompañó el desarrollo de una ciudad que llegó a convertirse en uno de los principales centros económicos e industriales del virreinato. ¿Por qué los ríos de Puebla cambiaron? Pero las ciudades cambian. El crecimiento demográfico, la falta de saneamiento y el desarrollo industrial transformaron al río en un drenaje abierto. Lo que había sido fuente de vida se convirtió en un foco de contaminación, malos olores e inundaciones. Frente a esa realidad, el entubamiento del río San Francisco y la construcción del actual Bulevar Héroes del 5 de Mayo fueron una respuesta coherente con la mejor ingeniería de su tiempo. Sería un error juzgar aquella decisión con los criterios del siglo XXI. En los años sesenta, el urbanismo dominante buscaba controlar la naturaleza, conducir el agua fuera de las ciudades lo más rápido posible, privilegiar la movilidad vehicular y concentrar las aguas pluviales y residuales en una sola infraestructura. Puebla hizo lo mismo que hicieron decenas de ciudades alrededor del mundo. No fue un error. Fue la solución que exigían los problemas de aquella época. El problema es que los problemas cambiaron. La Puebla para la que se diseñó esa infraestructura tenía una escala completamente distinta. Hoy la zona metropolitana supera los tres millones de habitantes. La superficie impermeable creció de manera acelerada, desaparecieron áreas de infiltración, aumentó el volumen y la velocidad de los escurrimientos y la misma red debe conducir simultáneamente agua de lluvia, aguas residuales y residuos urbanos. La inundación no representa el fracaso del entubamiento del río San Francisco; representa el agotamiento de un modelo urbano concebido hace más de sesenta años. Mientras tanto, el urbanismo también evolucionó. Las ciudades más avanzadas dejaron de entender el agua como un enemigo que debía ocultarse bajo el concreto. Hoy buscan separar los drenajes sanitarios de los pluviales, recuperar la infiltración natural, construir colectores especializados, ampliar las plantas de tratamiento, crear parques inundables, proteger barrancas y utilizar árboles y áreas verdes como infraestructura capaz de regular la temperatura, generar microclimas, recargar los mantos freáticos y reducir el riesgo de inundaciones. ¿Qué tipo de ciudad queremos dejar a las próximas generaciones? La discusión, por tanto, ya no consiste únicamente en cómo mover mejor los automóviles o construir nuevas vialidades. Consiste en preguntarnos qué tipo de ciudad queremos dejar a las próximas generaciones. Puebla posee uno de los centros históricos más importantes del continente. Conservar ese patrimonio no significa únicamente restaurar fachadas, iglesias o casonas. También significa mantener viva la ciudad que les da sentido. Una ciudad patrimonial que se inunda con frecuencia, que pierde sus árboles, que deteriora sus ríos y que posterga su infraestructura básica termina comprometiendo aquello mismo que pretende conservar. Por eso resulta inevitable una pregunta sobre las prioridades públicas: Si el Estado está dispuesto a invertir alrededor de 6,700 millones de pesos en un polémico Cablebús con la idea de transformar Puebla, ¿no sería más urgente destinarlos a la infraestructura que condicionará la vida de la ciudad durante el próximo siglo? Drenajes sanitarios modernos, colectores pluviales independientes, plantas de tratamiento, recuperación de acuíferos, infraestructura verde y mantenimiento permanente quizá no produzcan inauguraciones espectaculares, pero sí construyen una ciudad más segura, más saludable y mejor preparada para el futuro. Al final, la pregunta es mucho más simple de lo que parece. ¿Para qué hacemos ciudad? ¿Para qué construimos infraestructura? ¿Para qué conservamos nuestro patrimonio? La respuesta nunca ha sido el concreto, el acero o la piedra. Una ciudad no es un conjunto de obras; es el lugar donde transcurre la vida de las personas. El patrimonio tampoco existe para contemplarse como una reliquia inmóvil, sino para seguir siendo el escenario de una comunidad viva. Cada generación recibe una ciudad que no construyó y tiene la responsabilidad de mejorarla antes de entregarla a la siguiente. Esa es, quizá, la forma más sencilla de entender el progreso. Las ciudades no se definen por las obras que inauguran. Se definen por los problemas estructurales que deciden resolver para que sus ciudadanos vivan mejor y para que las próximas generaciones hereden una ciudad donde sea más fácil vivir, trabajar, caminar y construir comunidad. Porque, al final, es profundamente humano querer que quienes vengan después vivan mejor que nosotros y puedan sentirse orgullosos de las decisiones que fuimos capaces de tomar. |