Jueves 09 de Julio de 2026

Una película, un clásico de la literatura y la realidad cotidiana convergen en una reflexión sobre la autoestima, la obsesión por la perfección y el impacto que estos ideales tienen en la salud mental, especialmente entre adolescentes y jóvenes.

Hay infiernos que no tienen fuego. Algunos tienen espejos.

Durante un vuelo a Lima vi La sustancia. Cuando terminó la película, permanecí unos minutos mirando la pantalla apagada. No estaba seguro de haber visto una película de terror. Tal vez había visto una radiografía de nuestra época.

Porque el verdadero monstruo no estaba en la pantalla.

Estaba entre nosotros.

Se miraba todas las mañanas frente al espejo.

Y entonces recordé a Dante.

En el tercer círculo de La Divina Comedia, los condenados por la gula viven bajo una lluvia interminable. Durante mucho tiempo pensamos que la gula consistía únicamente en comer en exceso. Hoy sospecho que existe otra forma de gula, mucho más silenciosa y devastadora: el hambre insaciable de aprobación.

Queremos ser más jóvenes.

Más delgados.

Más admirados.

Más exitosos.

Más vistos.

Nunca es suficiente.

Ese es el verdadero castigo de toda gula: no importa cuánto obtengamos, siempre sentimos que falta algo.

Mientras escribía En el umbral de las puertas del infierno pensé en miles de adolescentes abrazados al excusado. La anorexia y la bulimia rara vez comienzan en el estómago; comienzan mucho antes, en una identidad herida. En el miedo a no ser suficiente. En la necesidad desesperada de pertenecer. En el dolor de compararse todos los días con un ideal imposible.

Quizá Dante se equivocó en una sola cosa.

No todos los condenados llegan al infierno después de morir.

Algunos tienen quince años.

Algunos duermen bajo nuestro techo.

Algunos responden "estoy bien" mientras libran una batalla que nadie alcanza a ver.

La sustancia resulta perturbadora porque lleva hasta el extremo una obsesión que hemos normalizado: el miedo a envejecer. Pero el verdadero horror de la película no son las transformaciones del cuerpo. Es el momento en que una persona comienza a odiar su propio reflejo.

Ese es el monstruo.

No viene de fuera.

Nace dentro.

Podemos cambiar el rostro, ocultar las arrugas o transformar el cuerpo. Pero ningún bisturí puede reparar una autoestima rota. Ninguna dieta puede adelgazar la tristeza. Ningún filtro puede llenar el vacío de quien ha olvidado su propio valor.

Y, sin embargo, sería injusto pensar que todo es responsabilidad individual.

Vivimos en una cultura que ha convertido la inseguridad en un extraordinario modelo de negocio. Primero nos convence de que somos insuficientes; después nos vende la solución. La publicidad, las redes sociales y los algoritmos conocen demasiado bien nuestras fragilidades. Compararnos se ha vuelto un hábito y sentirnos insuficientes, una industria.

Una persona reconciliada consigo misma consume menos falsas promesas. Por eso nuestra inseguridad resulta tan rentable.

Qué superficialidad hemos construido.

Gastamos fortunas intentando borrar las señales del tiempo y muy poco esfuerzo enseñando a nuestros hijos a comprender sus emociones. Los educamos para competir antes que para conocerse, para destacar antes que para aceptarse. Después nos sorprenden la ansiedad, los trastornos alimenticios, la depresión y la soledad.

La pregunta no debería ser únicamente qué les está pasando a nuestros jóvenes. La pregunta es qué clase de mundo les estamos entregando.

Hemos convertido el envejecimiento en una derrota, cuando en realidad es un privilegio. Cada arruga cuenta una historia. Cada cicatriz habla de una batalla sobrevivida. El problema nunca ha sido cumplir años. El problema es llegar a viejo sin haber aprendido a reconciliarnos con quienes somos.

Por eso sigo creyendo que resignificar es mucho más que una metodología. Es una forma de habitar la vida.

Resignificar el cuerpo que cambia.

El tiempo que pasa.

Las heridas que permanecen.

Las pérdidas que nos marcaron.

Los errores que todavía duelen.

No para negarlos, sino para impedir que tengan la última palabra.

Cuando el avión comenzó a descender sobre Lima, miré por la ventana y pensé nuevamente en Dante.

Quizá, si escribiera hoy La Divina Comedia, añadiría un nuevo círculo del infierno.

No habría fuego ni demonios; habría solo una habitación y, en medio de ella, un espejo. Frente a él permanecerían hombres y mujeres intentando convertirse toda la vida en alguien más, sin descubrir que la única persona con la que necesitaban reconciliarse era la que siempre había estado frente a ellos.

Porque quizá salir del infierno no consiste en romper el espejo. Consiste en tener el valor de mirarlo sin odio y reconocer, por fin, que nuestra dignidad nunca dependió de la perfección, sino de la capacidad de aceptar nuestra historia y transformarla.

Solo entonces dejamos de huir. Solo entonces comenzamos, verdaderamente, a trascender.