Jueves 09 de Julio de 2026

Cada vez que se habla de infancias trans, pareciera que a más de uno le da urticaria. Empiezan los "expertos de Facebook", los doctores en WhatsApp y los licenciados en cadenas de tías. Todos tienen una opinión... aunque muy pocos se hayan tomado cinco minutos para leer qué dice la ley.

Hay una frase que de repente pareciera que algunos legisladores olvidan: Iglesia y Estado son asuntos separados. Así de sencillo. México es un Estado laico, y eso significa que las leyes no se hacen con base en creencias religiosas ni en prejuicios personales, sino en la Constitución y en los derechos humanos.

Y hago esta aclaración porque cada vez que se habla de infancias trans aparecen comentarios como: "es que ahora es una moda", "es que van a confundir a los niños", "es que después todos van a querer ser trans".

Respiremos tantito... ¿de verdad creen eso? Hace unos días tuve la oportunidad de platicar con algunas mamás que me expresaban exactamente ese miedo: "¿Y si mi hijo o mi hija se vuelve trans por moda?"

La respuesta es muy sencilla: no. Así no funciona.

Nadie se despierta un martes diciendo: "Hoy amanecí trans porque está en tendencia". Si eso fuera cierto, cuando ser LGBT en la gran mayoría de los casos significaba vivir un verdadero holocausto gay nadie habría querido pasar por eso y la historia nos muestra lo contrario.

Creo que la pregunta que realmente vale la pena hacerse es otra: ¿por qué te da miedo que tu hija o tu hijo sea trans?

Porque desde ahí empieza el verdadero problema.

Si la sola posibilidad genera angustia, quizá lo que hay que revisar no es a tu hijo o hija, sino los prejuicios que todavía cargamos como sociedad. Ser una persona trans no hace a nadie menos valioso, ni menos digno, ni menos merecedor de derechos. Al contrario. Todas las personas somos iguales ante la ley.

Y justamente por eso los derechos humanos no se consultan, como un personaje que se mueve en helicóptero mencionaba.

Las mayorías no votan si las minorías deben merecer los derechos o no. Los derechos simplemente se garantizan y ya.

Por eso la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) volvió a ponerle un alto al Congreso de Puebla. El cual desde 2021, la Corte ordenó reformar el artículo 875 Ter del Código Civil para crear un procedimiento que permita reconocer legalmente la identidad de género de niñas, niños y adolescentes. Han pasado años y el Congreso sigue sin cumplir.

La Corte fue muy clara: el cumplimiento de una sentencia no está sujeto a parlamentos improvisados ni a presiones de organizaciones externas. Incluso rechazó la intervención de CitizenGo México y reiteró que el Congreso debe cumplir porque se trata de proteger derechos humanos. Incluso advirtió que el incumplimiento puede generar sanciones, entre ellas multas cercanas a 14 mil pesos, además de otras responsabilidades previstas por la ley, como hasta la separación de su cargo.

No lo dice Majo. Lo dice la Suprema Corte.

Y tampoco están solos en esa postura. La CNDH, la ONU, UNICEF y la CIDH han señalado que los Estados deben garantizar el reconocimiento legal de la identidad de género de niñas, niños y adolescentes, siempre privilegiando el interés superior de la niñez.

Ahora bien, también hace falta aclarar otra enorme mentira que ha circulado.

Esta reforma no trata de cirugías, no trata de hormonizar menores, no trata de bloqueadores hormonales.

Se trata de algo mucho más básico: que una niña, un niño o un adolescente pueda contar con una identidad legal que corresponda con quien es.

Y habrá quien diga: "Ay, ¿pero qué importa un nombre?"

Curioso...

Porque a nadie parece importarle el nombre o los pronombres... hasta que a un hombre le dicen "ella". Ahí sí, de repente, resulta que los pronombres importan y muchísimo o se ponen histéricas.

Claro que importan. Los nombres importan. La identidad importa.

Lo que pasa es que solo algunos no saben, que no saben.

En estos días me ha tocado vivir muy de cerca situaciones que me recuerdan algo doloroso: muchas infancias LGBT siguen siendo expulsadas de sus propios hogares.

Ahí está la historia de Kenya Cuevas, quien ha contado cómo el rechazo familiar la llevó desde muy pequeña a vivir en condiciones extremas de violencia y abandono, al comenzar en el trabajo sexual desde los 9 años al ser corrida de su casa, solo por ser una infancia trans.

Y es que existe una frase que resume perfectamente todo esto: "Cuando la familia abraza, la sociedad no discrimina."

Ojalá nunca olvidáramos esas palabras.

Porque el rechazo familiar no protege a las infancias. Las pone en riesgo.

Por eso también me sorprende profundamente que un Congreso que se presentó como progresista y con una agenda de izquierda siga aplazando un tema tan importante.

No basta con aprobar solo las iniciativas del gobernador. La ciudadanía también cuenta. Y las infancias trans también.

Y si algún diputado/a está convencido de votar en contra, que lo haga de frente. Que el voto sea abierto. Que tenga la convicción de decir: “Sí, yo voté en contra”, y que asuma el costo político de esa decisión.

Porque aquí ya no estamos hablando de opiniones.

Las opiniones, cuando se expresan sin información y terminan deshumanizando a un grupo de personas, se convierten en discursos de odio. La libertad de expresión es un derecho fundamental, pero no puede utilizarse para justificar la discriminación o la violencia.

Y eso importa, porque la violencia tiene consecuencias. México sigue ocupando el segundo lugar en asesinatos contra la población LGBT y el 80% de las víctimas corresponde a personas trans. Detrás de cada cifra hay una vida y una historia que pudo ser distinta.

Por eso las palabras importan. Los prejuicios importan. Y las opiniones irresponsables también pueden hacer daño.

Finalmente, quiero decirles algo a las mamás y papás que tienen miedo.

Yo crecí en una familia unida. Fui bien criada. Y aun así les nací lesbiana.

No, no van a aparecer filas interminables de niñas y niños "haciéndose trans" porque exista un reconocimiento legal de su identidad.

Lo único que va a pasar es que aquellas infancias que ya existen, que ya viven esa realidad y que durante mucho tiempo han permanecido invisibles, podrán ejercer un derecho que nunca debió negárseles.

Porque las infancias trans no son una moda.

Son una realidad.

Y los derechos humanos también.