Viernes 10 de Julio de 2026

Hace unos días participé como ponente en una conferencia sobre sustentabilidad y reciclaje realizada en inglés. Al iniciar mi presentación, hice una pregunta en español: "Hola, mi nombre es Angel Contreras Cruz y quiero que levanten la mano quienes estén entendiendo lo que estoy diciendo". Para mi sorpresa, un buen número de personas levantó la mano.

Aquel experimento, que he utilizado en otras ocasiones, no fue simplemente un saludo, sino una evaluación rápida y en tiempo real de una realidad innegable: la comunidad hispana en Estados Unidos ha crecido, está presente, escucha y quiere participar activamente en la construcción de un futuro más sustentable. Para quienes no entendieron mi mensaje, el ejercicio buscaba transmitir la experiencia que millones de inmigrantes viven cuando reciben información importante en un idioma que no dominan completamente.

Con frecuencia, las conversaciones sobre desperdicio de alimentos, reciclaje y protección ambiental se centran en aspectos técnicos como la infraestructura, los sistemas de recolección o las regulaciones. Sin embargo, existe una barrera menos visible que puede limitar significativamente el éxito de estos esfuerzos: el idioma. Cuando las personas no comprenden completamente la información que reciben, incluso los programas mejor diseñados pueden tener dificultades para alcanzar sus objetivos.

Como migrante en Estados Unidos, he experimentado de primera mano los desafíos de adaptarse a un nuevo entorno cultural y lingüístico. Esa experiencia me ha permitido comprender que el bilingüismo no es únicamente una herramienta de integración social; también es una herramienta de sustentabilidad. Una comunicación clara y culturalmente pertinente facilita que las personas comprendan cómo reducir el desperdicio, separar adecuadamente los residuos y participar en programas ambientales que benefician a toda la comunidad.

La inclusión lingüística genera impactos sociales importantes. Cuando la información pública está disponible en los idiomas que hablan los residentes, se fortalece la participación comunitaria y aumenta la confianza entre las instituciones y la población. Las personas se sienten valoradas escuchadas e incluidas en la toma de decisiones que afectan su calidad de vida. Una comunidad informada es una comunidad más preparada para contribuir a las soluciones ambientales que nuestro tiempo exige.

También existen beneficios económicos significativos. Cada año, las familias desperdician alimentos debido a una combinación de factores que incluyen malas prácticas de almacenamiento, confusión sobre las fechas de vencimiento y desconocimiento de estrategias de aprovechamiento. Cuando la información sobre estos temas no se encuentra disponible en el idioma de quienes la necesitan, aumentan las probabilidades de que ocurran errores involuntarios. Una comunicación accesible ayuda a las familias a ahorrar dinero, aprovechar mejor los recursos y reducir pérdidas innecesarias.

Desde una perspectiva ambiental, la inclusión lingüística puede convertirse en una de las herramientas más efectivas para mejorar los resultados de los programas de reducción de residuos. Cuando los participantes comprenden claramente qué materiales reciclar, cómo separar los restos de alimentos o cómo prevenir el desperdicio, disminuye la contaminación en los contenedores y aumenta la recuperación de recursos. En consecuencia, se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al desperdicio de alimentos y al envío de materiales reciclables a los rellenos sanitarios.

Por esta razón, la traducción de documentos, folletos y campañas no debe verse como un requisito administrativo ni como una cortesía institucional. La verdadera inclusión requiere la participación de personas bilingües y biculturales capaces de adaptar los mensajes a las realidades, necesidades y valores de las comunidades a las que van dirigidos. No se trata únicamente de traducir palabras, sino de transcrear los mensajes.

Al igual que evaluamos la capacidad de los contenedores, la eficiencia de las rutas de recolección o los índices de recuperación de materiales, también deberíamos evaluar qué tan accesible es nuestra información para las diversas comunidades que conforman el país. La sustentabilidad no consiste solamente en gestionar mejor nuestros recursos naturales; también implica garantizar que todas las personas tengan acceso equitativo al conocimiento necesario para protegerlos.

Si queremos construir un futuro verdaderamente sustentable, debemos reconocer que la inclusión lingüística no es un aspecto secundario de las políticas ambientales. Es uno de sus componentes fundamentales. Cuando las personas entienden, participan; cuando participan, actúan; y cuando actúan, la sustentabilidad deja de ser una meta lejana para convertirse en una realidad compartida.