12 de Julio de 2026 |
Durante más de treinta años, el comercio permitió ocultar las diferencias ideológicas entre México y Estados Unidos. Los dos países podían discutir sobre migración, seguridad, energía o política exterior, pero la integración económica avanzaba. El TLCAN primero y el T-MEC después ofrecieron un marco de certidumbre que permitió construir cadenas productivas, atraer inversión y convertir a América del Norte en una región económica profundamente interdependiente. Hoy ocurre lo contrario porque las diferencias ideológicas empiezan a poner en riesgo el comercio. La explicación más sencilla consiste en culpar a Donald Trump. Pero esa lectura se queda corta. El libro Donald Trump y la rebelión en la granja, de Ángel Jaramillo, ayuda a entender que Trump no es tanto la causa como la expresión visible de un cambio más profundo en Estados Unidos. ¿Cuál es la diferencia entre México y Estados Unidos?La nueva derecha norteamericana ya no se define únicamente por impuestos bajos o por el libre mercado. Su eje actual combina la seguridad nacional, la soberanía económica, la competencia con China, la política industrial, el control fronterizo y una creciente desconfianza hacia el Estado administrativo tradicional. México, sin embargo, camina en otra dirección. Morena ha consolidado un proyecto populista, colectivista y nacional-popular que concentra el poder político, debilita los contrapesos institucionales y fortalece la presencia del Estado en ámbitos donde antes prevalecían reglas más estables. No es un proyecto de Estado limitado, sino de Estado centralizado. No privilegia la autonomía institucional, sino la subordinación política al proyecto de gobierno, y ahí comienza la fractura. No se trata solo de que México y Estados Unidos piensen distinto. Eso siempre ocurrió. Lo nuevo es que esas diferencias empiezan a modificar las condiciones económicas que hicieron posible la integración regional. La revisión del T-MEC confirma el cambio. Más allá de la discusión técnica sobre sus cláusulas, el mensaje político es claro: Washington ya no evalúa su relación con México únicamente en términos comerciales. Seguridad, migración, energía, competencia con China, Estado de derecho y crimen organizado forman parte de la misma conversación. Durante años, muchos mexicanos interpretaron las declaraciones estadounidenses sobre los cárteles como retórica excesiva. Hoy esa lectura resulta insuficiente. Te puede interesar: El error estratégico de México ¿Cómo influye el crimen organizado en la relación con Estados Unidos?El aparato de seguridad de Estados Unidos trata al crimen organizado mexicano como una amenaza directa para su seguridad nacional. Al mismo tiempo, el Departamento de Justicia ha intensificado las investigaciones y acciones contra organizaciones criminales mexicanas y presuntas redes de protección política. Cada caso deberá resolverse en tribunales. Así funciona el Estado de derecho. Pero la política internacional no espera a que todos los procesos judiciales concluyan para tomar decisiones estratégicas. Los Estados actúan con información parcial, patrones acumulados, inteligencia, riesgos y percepciones de amenaza. Ahí está el punto central porque la percepción de Washington sobre México cambió y ese cambio tiene consecuencias económicas. El capital no invierte solo donde hay mano de obra competitiva o cercanía geográfica. También exige reglas previsibles, tribunales confiables, contratos exigibles y autoridades capaces de garantizar seguridad física y jurídica. La geografía puede atraer inversión, pero la confianza institucional decide si esa inversión permanece. El problema es el método; Puebla así lo compruebaPuebla permite observar esta tensión a escala local. El debate sobre el Cablebús no se limita a la obra. Como hemos dicho otras veces, el problema es el método. Una infraestructura de alto impacto territorial requiere estudios, permisos, transparencia, diálogo con los municipios y una evaluación clara de su viabilidad urbana, ambiental y financiera. Cuando una obra avanza entre cuestionamientos y parte de la información que debería justificarla queda reservada, el mensaje institucional debilita la confianza. Puebla no es una excepción; es una muestra local del problema nacional. Cuando el poder se concentra, los municipios pierden margen, la obra pública se vuelve menos transparente y la inversión empieza a leer señales de riesgo. La salida de Stanley Black & Decker de Puebla, después de casi seis décadas, tampoco debe interpretarse de forma simplista. Una empresa puede irse por muchas razones. Pero tampoco debe minimizarse. En economía, las señales importan. En un momento en que México debería aprovechar al máximo la relocalización industrial, perder una planta histórica obliga a preguntarse si el entorno local mantiene la competitividad, la certidumbre y la confianza necesarias para retener inversión de largo plazo. Entonces se puede observar una tendencia. Estados Unidos reorganiza su estrategia en torno a la seguridad nacional, la resiliencia industrial y la competencia geopolítica. México profundiza un modelo en el que la concentración política, el debilitamiento institucional y la incertidumbre jurídica generan crecientes dudas sobre la estabilidad de las reglas del juego. No te vayas sin leer: Cablebús de Puebla: ¿resuelve un problema de movilidad o solo es un símbolo de modernidad? Las consecuencias no llegarán de golpe Serán graduales, pero constantes: inversiones pospuestas, empresas que evalúan otros destinos, mayores costos financieros, presión diplomática y una relación bilateral cada vez más condicionada por la seguridad, la migración, la energía y el crimen organizado. Durante décadas, América del Norte funcionó gracias a un activo invisible: la confianza. Pero hoy esa confianza se erosiona y, cuando eso ocurre, el comercio deja de ser garantía de integración y se convierte en un campo de presión. Esa puede ser la verdadera gran ruptura de América del Norte. |