Lunes 13 de Julio de 2026 |
La mayoría de las personas piensa que la inseguridad comienza cuando ocurre un robo, una agresión o cualquier otro delito. La evidencia demuestra que no. La violencia suele empezar mucho antes: cuando una familia enfrenta conflictos sin atención, cuando un espacio público permanece abandonado, cuando una niña deja de sentirse segura para jugar en un parque o cuando un joven pierde oportunidades para construir un proyecto de vida. Comprender ese proceso cambia por completo la forma en que entendemos la seguridad. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI, el 63.2 % de la población de 18 años y más consideró inseguro vivir en su ciudad. Más allá de la cifra, este dato refleja una realidad cotidiana: el miedo modifica la manera en que vivimos. Muchas personas dejan de caminar por determinadas calles, evitan utilizar espacios públicos o cambian sus horarios y actividades por temor a ser víctimas de un delito. Cuando eso ocurre, la seguridad deja de ser únicamente un asunto policial para convertirse también en un desafío social. Por ello, las ciudades enfrentan hoy un reto que va más allá de fortalecer su capacidad de reacción. La experiencia internacional y la investigación en políticas públicas coinciden en que las estrategias más efectivas son aquellas que combinan el trabajo de las instituciones de seguridad con acciones de prevención que atienden las causas de la violencia y fortalecen el tejido social. La prevención no sustituye a la seguridad pública; la hace más sólida. Significa recuperar espacios públicos para que vuelvan a ser lugares de convivencia; impulsar actividades culturales, deportivas y comunitarias; fortalecer a las familias; generar oportunidades para niñas, niños y jóvenes, y promover la participación ciudadana como una herramienta para reconstruir la confianza entre vecinos. En Puebla se realizan esfuerzos importantes para fortalecer la seguridad y mejorar la calidad de vida de las familias. Cada acción institucional representa una oportunidad para seguir consolidando una visión integral, en la que la prevención social de la violencia complemente el trabajo cotidiano de quienes tienen la responsabilidad de proteger a la ciudadanía. La seguridad no puede medirse únicamente por el número de delitos. También debe reflejarse en la posibilidad de que una mujer camine tranquila hacia su trabajo, de que una niña juegue con libertad en un parque, de que un comerciante abra su negocio con confianza o de que una familia vuelva a apropiarse de los espacios públicos de su colonia. Como investigadora en políticas públicas y como regidora, estoy convencida de que los gobiernos locales desempeñan un papel estratégico en este desafío. Son el nivel de gobierno más cercano a la ciudadanía y, por ello, el espacio donde la prevención puede traducirse en acciones concretas que fortalezcan la comunidad y generen resultados sostenibles. La seguridad del siglo XXI no dependerá únicamente de nuestra capacidad para responder al delito. Dependerá, sobre todo, de nuestra capacidad para prevenirlo. Porque las ciudades más seguras no son aquellas que tienen más patrullas.
Son aquellas que logran que cada vez sean menos necesarias. |