Lunes 13 de Julio de 2026

La discusión sobre el futuro del capitalismo ya no gira únicamente en torno al crecimiento económico, sino sobre quiénes se benefician de él. Tras una semana de estudios en ESAN University, en Lima, Perú, el autor comparte una reflexión sobre la desigualdad, la ética y la necesidad de construir una economía que coloque a las personas en el centro.

Regreso de Lima con la maleta llena de libros, apuntes y nuevos amigos. Durante una semana compartí el aula de ESAN University con compañeros de distintos países para estudiar un tema tan complejo como apasionante: la desigualdad económica y el futuro del capitalismo.

Pensé que encontraría respuestas. Encontré mejores preguntas.

Durante décadas hemos discutido cuál sistema económico produce más riqueza: capitalismo, socialismo, libre mercado o intervención del Estado. Sin embargo, después de leer a pensadores como HausmanPikettyScanlon y Milanovic, comprendí que el verdadero debate ya no es cuánto crece una economía, sino para quién crece.

Los datos impresionan. Nunca en la historia la humanidad había generado tanta riqueza. Millones de personas salieron de la pobreza, especialmente en Asia, gracias a la globalización. Sin embargo, también observamos una creciente concentración de la riqueza, clases medias estancadas y oportunidades profundamente desiguales, dependiendo simplemente del lugar donde uno nace.

Branko Milanovic lo resume con una idea provocadora: una parte importante de nuestro destino económico depende del pasaporte con el que llegamos al mundo. No del talento. No del esfuerzo. Del lugar de nacimiento.

Thomas Piketty demuestra que la desigualdad no es una ley natural del capitalismo. Cambia cuando cambian las instituciones, los impuestos, las políticas públicas y las decisiones colectivas. La historia nos recuerda que los mercados no funcionan en el vacío; siempre operan dentro de reglas creadas por las personas.

Pero quizá la reflexión que más me marcó vino desde la filosofía.

Hausman sostiene que la economía puede decirnos qué consecuencias tendrá una decisión, pero no puede decirnos si esa decisión es justa. Esa respuesta pertenece a la ética.

Scanlon va todavía más lejos: el problema de la desigualdad no es únicamente que algunos tengan más dinero que otros. Nos preocupa porque puede destruir la dignidad, reducir las oportunidades, concentrar el poder político y debilitar la confianza que mantiene unida a una sociedad.

Entonces comprendí que la gran crisis del siglo XXI no es solamente económica.

Es una crisis de propósito.

Tenemos algoritmos capaces de predecir el consumo de millones de personas, pero aún somos incapaces de garantizar igualdad de oportunidades para millones de niños. Creamos inteligencia artificial mientras seguimos luchando por construir inteligencia moral.

En una de las clases compartí una frase que resume mi forma de entender el liderazgo:

Las personas fueron creadas para ser amadas y las cosas para ser usadas. El problema de nuestro tiempo es que cada vez amamos más las cosas y usamos más a las personas.

Ese no es un problema técnico.

No se resolverá únicamente con más crecimiento económico, más tecnología o mejores indicadores macroeconómicos.

Es un problema ético, cultural y profundamente humano.

Desde México solemos discutir cuánto crecerá el PIB, cuánto aumentará la inversión o qué tan fuerte será el peso frente al dólar. Son conversaciones necesarias. Pero quizá estamos dejando de lado la pregunta más importante.

¿Para qué queremos crecer?

Si el crecimiento económico no se traduce en mayor dignidad, mejores oportunidades, instituciones más justas y líderes más responsables, entonces estaremos confundiendo el éxito con el progreso.

Regreso convencido de algo que en LIVH hemos sostenido desde hace años: la crisis de valores no se resolverá sin resolver la crisis de liderazgo.

No necesitamos abandonar el capitalismo. Necesitamos humanizarlo.

Porque la economía puede ayudarnos a crear riqueza.

Pero solo los valores pueden enseñarnos para qué vale la pena crearla.