Jueves 16 de Julio de 2026 |
Cada cuatro años pasa algo que me encanta observar. Durante el Mundial de Futbol, millones de personas nos emocionamos con una jugada extraordinaria, un gol imposible o una atajada que parece desafiar las leyes de la física. En las conversaciones aparecen los nombres de las grandes figuras, esas que terminan en las portadas y cuyos videos hoy recorren el mundo en cuestión de minutos. Pero siempre hay algo que me llama la atención. Detrás de cada gol que recordamos hubo una recuperación del balón, un pase preciso, alguien que abrió el espacio, otra persona que distrajo a la defensa, una estrategia diseñada por todo un cuerpo técnico y un grupo completo que entrenó durante meses para que ese instante fuera posible. Pienso que, de alguna manera, olvidamos esa verdad cuando salimos del estadio y volvemos a la vida cotidiana. Desde muy pequeñas y pequeños aprendemos a competir. En la escuela aparecen los primeros lugares, los cuadros de honor, las comparaciones entre quienes obtienen mejores calificaciones, los concursos donde solo una persona gana. Sin darnos cuenta, muchas veces vamos creciendo con la idea de que destacar significa hacerlo por encima de alguien más. No creo que reconocer el esfuerzo individual sea un problema. Lo es cuando terminamos creyendo que solo vale quien llega primero. Tal vez por eso, conforme crecemos, pedir ayuda nos cuesta tanto. Compartir conocimientos parece un riesgo. Delegar nos hace sentir que perdemos control. Incluso celebrar el éxito de alguien más puede convertirse en un ejercicio complicado cuando hemos aprendido que el reconocimiento es un recurso escaso. Y, sin embargo, basta mirar un poco hacia atrás para descubrir que nuestra historia también está llena de otra forma de vivir. Los pueblos originarios de México han sostenido durante siglos prácticas comunitarias que entienden el trabajo como una responsabilidad compartida. El tequio, la faena y muchas otras formas de organizaciones nos recuerdan que hay tareas que solo tienen sentido cuando se realizan entre todas y todos. Construir un camino, limpiar un río, levantar una casa u organizar la fiesta del pueblo nunca dependiendo de una sola persona. Nadie pregunta quién va a recibir el aplauso. Importaba que la comunidad esté mejor. Me gusta pensar que esa memoria colectiva sigue viva. La encuentro cuando las vecinas o amigas se organizan para cuidar a las infancias, cuando alguien organiza un huerto comunitario, cuando un grupo se reúne para limpiar un parque o cuando, después de una emergencia, aparecen manos desconocidas ofreciendo ayuda antes incluso de que alguien la pida. También veo señales esperanzadoras en el modelo de la Nueva Escuela Mexicana, que busca fortalecer el aprendizaje colaborativo, los proyectos comunitarios y la idea de que aprender no consiste únicamente en acumular conocimientos de manera individual, sino en construirlos con otras personas, dialogando, resolviendo problemas comunes y participando activamente en la vida de la comunidad. Quizá estamos empezando a recordar algo que nunca debimos olvidar. Desde la perspectiva feminista, además, el trabajo en equipo adquiere otro significado. Durante mucho tiempo, las mujeres han sostenido redes de cuidado que pocas veces fueron reconocidas como trabajo. Cocinar para muchas personas, cuidar a las infancias, acompañar enfermedades, organizar cooperativas, hacer colecta para quien lo necesita y construir espacios seguros son tareas fundamentalmente colectivas. El feminismo ha insistido en poner los ciudadanos en el centro porque nos recuerda una verdad sencilla: todas las personas, en algún momento de la vida, necesitamos de alguien más. La autonomía no significa aislamiento. La fortaleza tampoco. Quizá por eso me emociona tanto la idea de hacer equipo. No solo en un estadio, sino en la mesa de la casa. Con nuestra familia, repartiendo las tareas para que nadie cargue con todo. Con las amistades, aprendiendo a pedir apoyo sin sentir vergüenza. Con las vecinas y vecinos, descubriendo que la confianza también se construye saludándonos cada mañana. En nuestros trabajos, reconociendo que compartir el mérito no nos hace más pequeños o pequeñas. Vivimos tiempos que parecen invitarnos a resolverlo todo en solitario. Pero cada vez estoy más convencida de que la verdadera innovación, la paz y la esperanza nacen cuando dejamos de preguntarnos quién será la persona protagonista y empezamos a preguntarnos qué podemos construir juntas y juntos. Porque, al final, el gol que más vale nunca es el que anota una sola persona. Es el que todo el equipo hace posible. |