Lunes 20 de Julio de 2026 |
"Toda ética necesita preguntarse primero quién merece ser protegido cuando es más vulnerable y dónde aprende el ser humano a convertirse en persona". Vivimos en una época curiosa. Nunca se había hablado tanto de inclusión y, sin embargo, pocas veces había sido tan difícil disentir. Hoy pareciera que la tolerancia tiene una condición: estar de acuerdo. Y entonces me pregunto: ¿En qué momento dejamos de debatir ideas para comenzar a cancelar personas? ¿Por qué expresar una convicción distinta parece suficiente para ser etiquetado? ¿Por qué una sociedad que presume diversidad parece aceptar únicamente determinadas formas de pensar? La verdadera tolerancia nunca consistió en aplaudir aquello con lo que coincidimos. Eso es sencillo. La prueba de la tolerancia comienza precisamente cuando escuchamos aquello que contradice nuestras convicciones. Porque tolerar no significa renunciar a pensar. Tampoco significa guardar silencio, mucho menos dejar de defender aquello que uno considera verdadero. Significa reconocer la dignidad del otro sin renunciar a la propia. Vivimos atrapados entre péndulos. El machismo hizo daño. Muchísimo. Pero también cualquier ideología que sustituya el diálogo por el dogma termina haciendo daño. Los extremos siempre terminan pareciéndose. Unos buscan imponer desde la tradición. Otros buscan imponer desde el progreso. Ambos olvidan algo esencial: ninguna sociedad sana puede construirse sobre el silencio de quien piensa diferente. Aristóteles llamaba virtud al justo medio. Hoy parece que ese justo medio ha desaparecido. Todo se volvió blanco o negro. Si defiendes la vida desde la concepción, para algunos eres un retrógrado. Si defiendes el derecho de una mujer a decidir, para otros eres un enemigo de la humanidad. Si cuestionas y criticas determinadas políticas sobre identidad de género o educación sexual para menores, eres catalogado por algunos como intolerante. ¿Dónde quedó el espacio para hacer preguntas? ¿Dónde quedó el lugar para la duda razonable? ¿Dónde quedó el derecho a pensar antes de elegir un bando? Me preocupa especialmente una palabra que hemos convertido en arma: amor. Todos hablan de amor. Todos dicen defender derechos. Pero... ¿quién habla también de responsabilidades? ¿Quién habla del deber? ¿Quién habla de los límites? ¿Quién habla de las consecuencias? Los derechos sin responsabilidades terminan debilitando la vida en comunidad. Las responsabilidades sin derechos terminan convirtiéndose en autoritarismo. Necesitamos ambas. La ciencia tampoco debería convertirse en un nuevo dogma. La religión tampoco. La ideología tampoco. La política tampoco. Toda verdad necesita humildad y toda convicción necesita estar abierta a la evidencia, al razonamiento y al diálogo. Quizá el único puente posible entre las creencias y la ciencia sea el conocimiento. No un conocimiento fragmentado. Sino uno capaz de integrar la biología con la antropología; la psicología con la filosofía; la neurociencia con la ética. Porque el ser humano nunca ha sido únicamente un cuerpo, ni únicamente emociones, ni únicamente cultura. Somos mucho más complejos que cualquier etiqueta. También me pregunto qué significa formar hijos en medio de tanta polarización. ¿Cómo educar a un niño para que sea fuerte sin enseñarle a despreciar a las mujeres? ¿Cómo educar a una niña para que sea libre sin convencerla de que la maternidad o la feminidad son formas de debilidad? ¿Cómo formar hombres capaces de proteger sin dominar? ¿Cómo formar mujeres capaces de liderar sin renunciar a aquello que ellas libremente decidan ser? Quizá el verdadero desafío no sea criar hombres o mujeres perfectos, sino personas virtuosas. Europa enfrenta hoy desafíos demográficos que abren preguntas profundas sobre el futuro de sus sociedades, mientras muchos países latinoamericanos atraviesan transiciones similares, aunque a ritmos distintos. Más allá de las causas o de las respuestas políticas, conviene preguntarnos:
No son preguntas ideológicas. Son preguntas demográficas, económicas y humanas. No pretendo tener todas las respuestas. Desconfío profundamente de quienes dicen tenerlas. Creo más en Sócrates que en los fanáticos. Creo más en las preguntas que en los eslóganes. Creo más en la conversación que en el insulto. Y creo que la mayor amenaza para una democracia no es que existan personas que piensen distinto. Es que dejemos de escucharnos. Porque una sociedad no muere cuando aparecen las diferencias. Muere cuando desaparece el diálogo. Y quizá la verdadera tolerancia no consista en callar nuestras convicciones. Consista en defenderlas con firmeza, expresarlas con respeto y escuchar con humildad la posibilidad de estar equivocados. Sólo así la libertad deja de ser un privilegio de quienes piensan como nosotros y se convierte en un derecho para todos. Si tuviera que tomar partido por una sola causa ética, sería por dos principios que considero fundacionales para cualquier civilización: la defensa de la vida humana desde su inicio y la protección de la familia como el primer espacio donde aprendemos a amar, confiar, cooperar y construir comunidad. No porque lo diga una religión. No porque lo ordene una tradición. Sino porque creo que toda ética necesita preguntarse primero quién merece ser protegido cuando es más vulnerable y dónde aprende el ser humano a convertirse en persona. La defensa de la vida no puede descansar únicamente sobre argumentos teológicos. Si pretende dialogar en una sociedad plural, debe sostenerse también sobre la filosofía, la biología, la antropología, la psicología y el derecho. Las convicciones religiosas pueden inspirar a muchos, pero los argumentos que aspiran a ser universales deben poder sostenerse también ante quien no comparte esa fe. Lo mismo ocurre con la familia. Defenderla no significa idealizarla ni ignorar sus fracturas. Existen familias que han sido escenario de violencia, abandono o abuso. Pero, precisamente porque sabemos el daño que produce su ausencia o su deterioro, vale la pena preguntarnos cómo fortalecerla como comunidad de afecto, responsabilidad y solidaridad. Ninguna política pública puede sustituir por completo aquello que un hogar sano es capaz de sembrar en el corazón de una persona. Quizá uno de nuestros mayores errores ha sido creer que la verdad necesita ser defendida a gritos. No. La verdad no necesita ser impuesta. Necesita ser presentada con inteligencia, con evidencia, con belleza y, sobre todo, con humildad. Existe una antigua parábola que siempre vuelve a mi memoria. Dicen que un día la verdad y la mentira se encontraron. Juntas llegaron a un río y decidieron nadar. Mientras la verdad permanecía en el agua, la mentira salió primero, tomó las ropas de la verdad y comenzó a recorrer el mundo disfrazada de ella. La verdad, incapaz de ponerse las vestiduras de la mentira, prefirió salir desnuda. Y desde entonces ocurre algo curioso. La mentira, elegantemente vestida de verdad, resulta cómoda, atractiva y fácil de consumir. La verdad, desnuda, suele incomodar. Exige pensar. Obliga a cuestionarnos. Nos confronta con aquello que preferimos evitar. Quizá por eso tantas veces elegimos el disfraz antes que la realidad. El desafío de nuestra generación no consiste únicamente en distinguir la verdad de la mentira. Consiste en aprender a presentar aquello que creemos verdadero de una manera capaz de convencer sin humillar, de dialogar sin imponer y de persuadir sin descalificar. Porque cuando una verdad necesita recurrir al miedo o al insulto para sostenerse, deja de parecer verdad y comienza a comportarse como cualquier otra ideología. La verdad no teme al diálogo. Es la mentira la que necesita censurar a la verdad. |