Viernes 24 de Julio de 2026 |
Cada cierto tiempo, las democracias vuelven a hacerse la misma pregunta: ¿deberían votar todos? Curiosamente, casi nunca se preguntan lo contrario: ¿cómo evitar que quienes ya fueron elegidos hagan exactamente lo contrario de lo que prometieron? En los últimos días, este debate volvió a encender las redes sociales. Influencers, comentaristas y algunos movimientos políticos han reabierto una de las discusiones más antiguas de la teoría política: si el sufragio universal realmente fortalece a la democracia o, por el contrario, la debilita.
La discusión está lejos de ser nueva.
Hace más de dos mil años, Platón desconfiaba profundamente de la democracia ateniense y sostenía que el gobierno debía recaer en los más preparados. Siglos después, Alexis de Tocqueville advertía sobre los riesgos de la llamada "tiranía de las mayorías", esa posibilidad de que la voluntad popular terminara imponiéndose incluso por encima de los derechos de las minorías. La historia de la democracia puede leerse, en buena medida, como la historia de quiénes fueron considerados incapaces de participar. Primero fueron quienes no tenían propiedades. Después, quienes no sabían leer ni escribir. Durante décadas fueron las mujeres. En distintos momentos también lo fueron minorías raciales, pueblos indígenas, jóvenes y otros sectores de la población. Cada época encontró una razón distinta para excluir a alguien del voto. Hoy, las redes sociales parecen haber encontrado una nueva. Con frecuencia aparece el argumento de que el voto de un campesino, un obrero o una persona con baja escolaridad no debería valer lo mismo que el de un profesionista o un científico. La idea suele presentarse como una defensa de la razón, cuando en realidad revela una vieja tentación de nuestras sociedades: creer que algunas personas nacieron con mayor autoridad para decidir el destino de las demás.
En redes abundan quienes están convencidos de que solo deberían votar las personas informadas.
Curiosamente, cuando les preguntas quiénes son esas personas, casi siempre terminan describiéndose a sí mismos. El problema es que esa discusión parte de una premisa equivocada. Suponemos que existen ciudadanos perfectamente racionales y otros completamente emocionales.
La evidencia dice exactamente lo contrario.
La ciencia política y la psicología electoral llevan décadas demostrando que los ciudadanos no votan como calculadoras. Votan como seres humanos. La identidad, la confianza, el miedo, la esperanza, el enojo o la simpatía influyen tanto en quien apenas terminó la primaria como en quien posee un doctorado. Nadie llega a la urna completamente libre de emociones. Pensar lo contrario sería suponer que el conocimiento académico inmuniza contra la naturaleza humana.
Y no funciona así.
Reducir los problemas de la democracia a una supuesta ignorancia ciudadana resulta una explicación demasiado cómoda. Si el problema siempre son los votantes, nunca tenemos que revisar el funcionamiento de las instituciones. Hagamos un ejercicio. Supongamos que mañana únicamente pudieran votar las personas con estudios universitarios. ¿Eso garantizaría gobiernos honestos? ¿Eliminaría la corrupción? ¿Obligaría a los gobernantes a cumplir sus promesas de campaña? La respuesta es evidente. No.
Por eso creo que estamos discutiendo la pregunta equivocada. El verdadero problema de nuestras democracias no es quién deposita la boleta en la urna. El verdadero problema comienza cuando esa boleta desaparece durante años y el ciudadano pierde la capacidad de exigir resultados. Seguimos hablando de quién merece votar cuando deberíamos estar discutiendo cómo fortalecer los mecanismos de rendición de cuentas, cómo evaluar el desempeño de los gobiernos, cómo sancionar el incumplimiento de compromisos y cómo acercar la vida pública a millones de personas que bastante tienen con resolver lo urgente: llevar comida a su mesa, cuidar a su familia y salir adelante todos los días. Es fácil exigir ciudadanos mejor informados. Es mucho más difícil construir instituciones que obliguen a los gobiernos a responder por sus decisiones. Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. Quizá el verdadero riesgo para la democracia nunca fue que demasiadas personas votaran. Quizá el riesgo ha sido creer que la democracia termina cuando se cuentan los votos, cuando en realidad es ahí donde apenas debería comenzar. No permitamos caer en estas trampas, porque al sistema le servimos ignorantes, pero le servimos mucho más estando divididos. |