Lunes 27 de Julio de 2026

La verdad es que no sé mucho de teatro y soy un ignorante de la dramaturgia. Pero algo he leído y mucho he visto porque —eso sí— me encanta el teatro. Me gusta verlo. Me llena escuchar y entender los mensajes que escribieron los genios de la literatura y que se dicen en las puestas en escena. Me apasiona ver las actuaciones de niños que están aprendiendo a actuar, de los colonos o campesinos en el escenario (con todo lo que implica para un trabajador hacerse un espacio en las noches y madrugadas para montar una obra), de los jóvenes que se van desarrollando en el arte dramático o de los actores profesionales. Qué belleza y qué grandeza. Me gusta ver las escenografías, algunas sencillas, pero creativas, y otras impactantes y colosales. Pero, sobre todo, me llena de satisfacción ver la reacción del público ante las puestas en escena: sus risas, sus llantos, sus emociones y la forma en que va razonando los diálogos durante la presentación.

Todo eso y más me apasiona del teatro y de las artes. Cuántas veces podemos escuchar y deleitarnos con una buena pieza de música de cámara o con las cancioncitas que nos cantaba nuestra santa madre, y siempre traernos a la cabeza que hay algo salvable en este mundo de explotación y pobreza. Cuántas veces podemos mirar una gran escultura, descubriendo cada vez la destreza de las manos que la cincelaron, o ver una pintura un millón de veces y saborear los colores y los trazos que realizó un genio de otra época. Cuántas veces podemos escuchar una poesía y sublimarnos con los versos y los pensamientos de los vates. Cuántas veces podemos leer y releer el mismo párrafo de una gran novela y sentir que estamos volviendo a nacer. El arte nos da vida.

Creo, sinceramente, que el arte debe ser para todos, como el pan. Hace unos días leí el comentario de Gustavo Dudamel, un director de orquesta de origen venezolano: “Cuando le das un instrumento a un niño, le estás dando belleza; le estás dando la oportunidad de crear su propio mundo”. En efecto, en un mundo que se nos está destruyendo por las invasiones del imperio contra los países pobres y por el sistema de explotación laboral de los trabajadores del mundo entero, el arte es un buen método para que los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos puedan también educarse políticamente y entender que podemos revertir el quebranto del mundo, siempre y cuando nos organicemos y luchemos contra la dictadura que nos ha impuesto la burguesía bajo el sistema de producción capitalista.

Eso hace Antorcha. Ese tipo de educación lo promueve nuestra organización, a través de su Comisión Nacional Cultural. Este 21 de julio se cumplieron 19 años de la muerte de un genio de la dramaturgia mexicana, excepcional director de teatro e impulsor del arte de masas, del querido y respetado Víctor Manuel Torres Jiménez, mejor conocido en el medio artístico como “El Divo de Puebla”. Fue antorchista de primera línea en el terreno artístico, un obrero del teatro —como le gustaba llamarse—, escritor de artículos periodísticos en la revista buzos (aún nos acordamos de la sin par Torchita Luchona), de obras de teatro (hace nueve años se publicó su Antología); escribió poesías, fue el creador de la Compañía Nacional de Teatro de Antorcha con jóvenes humildes, misma que logró convertir en una de las mejores compañías de teatro del país, y un ferviente impulsor del teatro de masas: hecho por la gente humilde y presentado ante la gente humilde, como una forma de educar al pueblo trabajador con las ideas de los genios de la dramaturgia como Schiller, Molière, Shakespeare, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Cervantes, Brecht, Fo y otros muchos autores a los que el pueblo pudo conocer gracias a las puestas en escena dirigidas por Víctor Puebla.

En una de sus últimas cartas a sus hijos —como llamó a sus actores, con los que recorrió el país—, les dijo: “A todos les envío un fraternal abrazo y la seguridad de mi inmenso cariño. Pórtense bien y no se les olvide que lo que están haciendo no lo hace nadie en el país. ¡Por Antorcha, la organización de los pobres! Los saluda otro pobre en vitaminas y rico en anemia, Víctor Puebla. El Divo”.

 

Sus hijos no le fallaron. Y los nuevos integrantes de la Compañía Nacional de Teatro, impulsados por la Comisión Nacional Cultural del Movimiento Antorchista, realizaron el IX Festival de Teatro “Víctor Puebla” en el Teatro de la Ciudad, con la presentación de una jornada artística que incluyó cuatro puestas en escena de obras escritas por El Divo y su gran amigo Marko Castillo: “Divertimento poblano”, presentado por la Compañía “Juan Manuel Celis Ponce”; “La poblanía de los ángeles”, por la Compañía Nacional de Teatro; “Cri-Cri para inconformes”, por la Compañía “Humberto Vidal Mendoza”, y “Mexicanerías”, por la Compañía de Teatro de la Casa de Cultura “Aquiles Córdova Morán”. Se trató de un evento muy exitoso.

Desde luego, no ha sido el único. Sus hijos hoy promueven el teatro a lo largo y ancho del país: montan obras en las escuelas humildes, les llevan obras a los niños; montan obras con los colonos, campesinos o comerciantes y los llevan a presentarse a los grandes teatros de las ciudades; impulsan el Encuentro Nacional de Teatro, con más de 30 puestas en escena participantes, y andan por los pueblos y colonias del país —como les enseñó Víctor Puebla— llevando el teatro para que lo vea la gente pobre y se eduque. Así que, gracias a sus hijos, el genio de la dramaturgia antorchista sigue vivo, andando con su trocotina, buscando actores entre los desposeídos, buscando muebles usados para sus escenografías, buscando textos entre los libros para montar, escribiendo adecuaciones a las obras clásicas y educando a miles y miles de mexicanos pobres. ¡Gracias, querido Víctor Puebla! Los antorchistas no te olvidamos porque, gracias a tu trabajo, te ganaste el derecho a la inmortalidad. Nosotros seguimos luchando por los pobres de este país.