Lunes 27 de Julio de 2026 |
Cada vez que el INEGI publica la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), el debate político parece seguir el mismo guion. La oposición utiliza los resultados para demostrar el fracaso del gobierno en turno; quienes gobiernan responden explicando que las cifras no reflejan toda la realidad. En medio de esa discusión suele perderse lo más importante: comprender qué nos dice realmente la encuesta y, sobre todo, qué no nos dice. La reciente medición colocó nuevamente a Puebla capital entre las ciudades con mayor percepción de inseguridad del país. Es un dato que no debe minimizarse. Cuando ocho de cada diez personas afirman sentirse inseguras, existe un problema que las instituciones tienen la obligación de atender. Pero también sería un error utilizar esa cifra como si fuera un veredicto definitivo sobre el desempeño de un gobierno. La propia metodología del INEGI lo establece con claridad: la ENSU mide la percepción ciudadana sobre la seguridad, las experiencias relacionadas con el delito y la confianza en las instituciones. No fue diseñada para evaluar administraciones públicas ni para sustituir otros indicadores, como la incidencia delictiva o la efectividad de las políticas de seguridad. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la forma de interpretar los resultados. La percepción importa porque el miedo también transforma la vida de una ciudad. Quien siente que vive en un entorno inseguro cambia sus hábitos, evita ciertos lugares, modifica sus horarios y limita su convivencia. Poco a poco, el espacio público deja de ser un lugar de encuentro para convertirse en un espacio que se evita. Por eso resulta tan equivocado afirmar que "es solo percepción", como utilizar una encuesta para concluir que todo un gobierno ha fracasado. La seguridad pública no puede explicarse mediante un solo indicador. De hecho, una ciudad puede comenzar a reducir algunos delitos y mantener una percepción elevada durante varios años. La confianza ciudadana no cambia de la noche a la mañana. Se construye lentamente, a partir de resultados consistentes, instituciones confiables y espacios públicos donde las personas vuelven a sentirse seguras. En el caso de Puebla, existe un dato que merece observarse con objetividad. Aunque la percepción de inseguridad sigue siendo alta, la medición más reciente muestra una ligera disminución respecto al mismo periodo del año anterior. No es una reducción suficiente para afirmar que el problema está resuelto, pero tampoco permite sostener que la ciudad vive un deterioro permanente. Los datos merecen leerse completos, no solo en la parte que conviene al discurso político de cada quien. La evidencia internacional coincide en que la seguridad ciudadana es mucho más que la reacción frente al delito. ONU-Hábitat ha señalado que recuperar el espacio público, mejorar el entorno urbano y fortalecer la convivencia comunitaria son factores que influyen directamente en la percepción de seguridad. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), por su parte, sostiene que la prevención social, la coordinación institucional y la participación ciudadana son componentes indispensables de una política de seguridad eficaz. Esto significa que una ciudad también se vuelve más segura cuando ilumina sus calles, recupera un parque abandonado, fortalece la organización vecinal o genera oportunidades para niñas, niños y jóvenes. La seguridad no comienza con una patrulla; comienza mucho antes. Desde esa perspectiva, el reto de los gobiernos municipales va más allá de responder cuando ocurre un delito. Consiste en crear las condiciones para que las personas recuperen la confianza en sus barrios, vuelvan a ocupar los espacios públicos y ejerzan plenamente su derecho a vivir la ciudad. Por supuesto que la crítica es necesaria. En democracia siempre lo será. Pero la crítica también debe estar acompañada de rigor. Reducir un problema tan complejo a un ranking puede producir buenos titulares, pero difícilmente ayuda a construir mejores políticas públicas. La ciudadanía necesita menos discursos construidos desde la coyuntura y más decisiones sustentadas en evidencia. La seguridad pública merece un debate de mayor nivel. Porque las encuestas son herramientas para comprender la realidad, no para simplificarla. Y porque las ciudades no se vuelven más seguras cuando cambia un indicador. Se vuelven más seguras cuando cambia la vida cotidiana de quienes las habitan. |