Lunes 27 de Julio de 2026

El debate sobre la construcción del Cablebús en Puebla ha dejado ver dos posturas claramente diferenciadas. Por un lado, quienes consideran que se trata de una obra innecesaria para la ciudad; por el otro, quienes la observan como una alternativa para mejorar la movilidad de miles de personas que diariamente enfrentan largos tiempos de traslado. Sin embargo, quizá la discusión más importante no sea si el Cablebús debe construirse o no, sino bajo qué criterios se toman las decisiones que transforman una ciudad.

Las ciudades no se construyen con proyectos aislados. Se construyen a partir de una visión de largo plazo donde la movilidad, el medio ambiente, el desarrollo urbano y la calidad de vida forman parte de una misma estrategia. Cuando estos elementos se analizan de manera independiente, las decisiones públicas corren el riesgo de convertirse en respuestas parciales para problemas estructurales.

Uno de los argumentos más recurrentes alrededor del proyecto ha sido la posible remoción de aproximadamente 97 árboles. Sin duda, cualquier pérdida de cobertura vegetal debe analizarse con seriedad, pero reducir la conversación únicamente a esa cifra también puede limitar el verdadero debate. Puebla enfrenta un desafío ambiental mucho más profundo que el impacto de una sola obra.

La verdadera discusión debería centrarse en la necesidad de construir un Programa Integral de Arborización Urbana, con objetivos permanentes, indicadores de seguimiento, metas medibles y presupuesto para su mantenimiento. La pregunta no debería ser únicamente cuántos árboles se retiran por una obra específica, sino cuántos necesita realmente Puebla para recuperar su equilibrio ambiental.

El Plan de reforestación que anunció el gobierno estatal como medida de mitigación se comprometió a sembrar 10,000 nuevos árboles en la zona urbana y realizar un programa de saneamiento para atender especímenes con plagas u hongos.

Hoy la ciudad cuenta con 1.2 m2 de áreas verdes por habitante, cuando diversos organismos internacionales recomiendan 9 a 10 metros cuadrados de áreas verdes por habitante. Alcanzar ese objetivo requiere una política pública sostenida durante años, no únicamente medidas de compensación asociadas a proyectos de infraestructura. Arborizar una ciudad implica seleccionar especies adecuadas, garantizar su supervivencia, recuperar espacios públicos y entender que cada árbol representa una inversión en salud, calidad del aire, regulación térmica y bienestar colectivo.

La movilidad también merece una discusión basada en evidencia. Un sistema de transporte masivo sólo alcanza su máximo potencial cuando responde a los patrones reales de desplazamiento de la población. Si hoy fuera posible observar un mapa de calor elaborado con sensores de movilidad, telefonía móvil o estudios origen-destino, probablemente aparecerían con claridad los corredores donde diariamente se concentra el mayor flujo de personas. Es justamente ahí donde debe evaluarse la pertinencia de cualquier proyecto de transporte público.

Más que preguntar si el Cablebús es una buena o una mala idea, conviene preguntarse si su trazo conecta las zonas donde realmente se genera la mayor demanda de viajes, si reduce tiempos de traslado, si integra a las comunidades periféricas con los principales centros de empleo, educación y servicios, y si forma parte de una estrategia integral de movilidad que dialogue con el resto del transporte público.

Las mejores ciudades del mundo no eligieron entre movilidad o medio ambiente. Entendieron que ambos objetivos podían avanzar de manera simultánea mediante una adecuada planeación urbana. Infraestructura eficiente y ciudades más verdes no son conceptos opuestos; son condiciones complementarias para construir un entorno más habitable.

Puebla tiene la oportunidad de elevar el nivel de la conversación pública. No se trata de discutir únicamente una obra, sino el modelo de ciudad que queremos construir para las próximas décadas. Una ciudad que tome decisiones con base en evidencia, indicadores y planeación de largo plazo será siempre más fuerte que aquella que responda únicamente a las coyunturas del momento.

Como afirmaba el urbanista Jaime Lerner: “La ciudad no es el problema; la ciudad es la solución.” Pero sólo lo será cuando cada proyecto forme parte de una visión integral donde movilidad, sostenibilidad y desarrollo urbano avancen en la misma dirección.

Porque, al final, las grandes ciudades no se distinguen por la cantidad de obras que construyen, sino por la calidad de las decisiones con las que planean su futuro.