Lunes 03 de Agosto de 2026

Hace apenas unos años, México conmemoraba siete décadas del derecho al voto de las mujeres. Desde el entonces Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) se organizó un gran evento en el Complejo Cultural Los Pinos que reunió a un amplio grupo de mujeres políticas, funcionarias y feministas con una trayectoria dedicada a la defensa de los derechos de las mujeres. A lo largo y ancho del país hubo ceremonias, conversatorios y homenajes para recordar a quienes dedicaron su vida a conquistar un derecho que hoy parece tan cotidiano que resulta fácil olvidar lo extraordinario que fue. Setenta años parecían suficientes para creer que esa discusión había quedado atrás. Ni en mi peor pesadilla imaginé que, en pleno siglo XXI y en 2026, alguien se atreviera a sostener con fuerza que las mujeres no deberíamos votar.

En las últimas semanas comenzaron a circular ideas muy polémicas al respecto. En Estados Unidos, Erika Kirk, directora ejecutiva de la organización juvenil conservadora Turning Point USA, defendió públicamente la instauración de un "voto por hogar": una sola persona —el jefe de familia— emitiría el voto en representación de quienes viven bajo el mismo techo. La propuesta fue celebrada por algunas voces del movimiento tradwife, que reivindica el regreso a los roles tradicionales de género.

La conversación cruzó la frontera con rapidez. En México escuchamos primero que "no todas las personas deberían votar", sino únicamente quienes realmente tuvieran conocimientos sobre el Estado de derecho. Después apareció otra propuesta: un solo voto por familia. Quizá lo más inquietante no sea la viabilidad política de estas ocurrencias, sino la facilidad con la que empiezan a sonar razonables para algunas personas.

Las regresiones rara vez llegan con uniforme. Casi siempre se presentan envueltas en palabras amables: tradición, familia, orden, naturaleza. Antes de convertirse en una propuesta política, suelen instalarse como una conversación cultural. Primero se manifiestan desde la estética; después crean tendencia y, más tarde, se convierten en una nostalgia cuidadosamente editada.

Eso explica, en parte, el enorme éxito del fenómeno tradwife.

Millones de personas consumen diariamente videos donde mujeres jóvenes preparan pan artesanal, acomodan flores frescas, cuidan a sus hijos y reciben a un esposo que vuelve del trabajo. Todo ocurre bajo una luz cálida, vestidos impecables, colores pastel y cocinas perfectas, sin rastro del cansancio que caracteriza la vida cotidiana de la mayoría de las familias.

Sería un error reducir ese fenómeno a una simple moda de internet. Si esas imágenes conectan con tantas mujeres es porque ofrecen algo profundamente deseado: tiempo, descanso y la posibilidad de vivir sin la sensación permanente de estar llegando tarde a todo.

La pregunta de fondo es por qué tantas mujeres sienten que la única forma imaginable de descansar consiste en abandonar todo lo demás.

Los datos ayudan a entenderlo. En México, las mujeres dedicamos, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado; los hombres, 18.2 horas. Ese trabajo sostiene buena parte de la economía nacional y representa billones de pesos cada año, aunque siga siendo invisible.

No sorprende, entonces, que una vida aparentemente más sencilla resulte seductora.

El problema nunca ha sido que una mujer decida dedicarse al hogar. Esa posibilidad debe existir y ser respetada. La libertad también consiste en poder elegir el proyecto de vida que haga feliz a cada persona.

La preocupación comienza cuando una elección deja de presentarse como una posibilidad para convertirse en una expectativa social.

Porque las expectativas terminan moldeando las instituciones y configurando sociedades.

Por eso vale la pena mirar con atención la coincidencia histórica. Mientras millones de reproducciones romantizan un modelo único de feminidad, vuelven a aparecer voces que cuestionan quién merece participar en la vida pública. El paso parece pequeño: del algoritmo al micrófono; del micrófono a la tribuna. Pero la historia demuestra que las democracias no suelen perder derechos de golpe. Los van cediendo poco a poco, hasta que un día aquello que parecía imposible termina pareciendo normal.

La memoria democrática es más frágil de lo que imaginamos.

Hay quienes creen que el feminismo exagera cuando habla de regresiones. Sin embargo, ningún derecho permanece intacto únicamente porque exista una ley que lo reconozca. Los derechos sobreviven mientras exista una sociedad dispuesta a defenderlos.

Hoy escribo esta columna no para demonizar a las tradwives ni para juzgar las decisiones personales de ninguna mujer. Cada una debería poder construir la vida que desee: quedarse en casa, dirigir una empresa, investigar, cuidar, escribir, ser madre, no serlo o cambiar de rumbo cuantas veces sea necesario. Escribo para afirmar que el feminismo nunca prometió un único destino para las mujeres. Prometió algo mucho más difícil: que el destino pudiera elegirse.