Viernes 07 de Agosto de 2026 |
Sí, otra vez pasó. Otra vez la legisladora morenista Nayeli Salvatori Bojalil quedó en el centro de una polémica. Acompañada por su hermana Hilda, la conductora Nadia de la Rosa y su compañera diputada Grace Palomares, protagonizó una conversación que derivó en una serie de comentarios ofensivos sobre hombres de edad madura. Lo más sorprendente no fue que los hicieran, sino que alguien considerara una buena idea grabarlos y publicarlos en internet. Más allá de si las declaraciones fueron descontextualizadas, si el fragmento estaba recortado o si, como posteriormente argumentaron, pretendían hacer una crítica social, hay un hecho imposible de ignorar: las palabras fueron dichas, fueron publicadas y produjeron exactamente el efecto que cualquiera con un mínimo de prudencia podía anticipar. No pretendo detenerme en las frases que ya todos conocen. Me interesa, más bien, analizar el fenómeno que hay detrás de este episodio. La primera lección es sencilla: internet tiene muy mala memoria para perdonar y una excelente memoria para recordar. Lo que se publica una vez difícilmente desaparece. Aunque el contenido sea eliminado minutos después, basta con que una persona lo descargue para que quede disponible indefinidamente. La segunda tiene que ver con el peso de las palabras. No todas las voces tienen la misma responsabilidad pública. Si un comediante hace un comentario desafortunado, podrá defenderlo como parte de un personaje. Si lo hace un influencer, quizá alegue que forma parte de su estilo para generar interacción. Pero cuando quien habla es un representante popular, la discusión cambia por completo. Porque un legislador no deja de representar a la ciudadanía cuando termina la sesión del Congreso. Tampoco cuando enciende una cámara. Ni cuando publica un video en redes sociales. La representación política no tiene horario de oficina. Y eso es exactamente lo que muchas figuras públicas parecen olvidar en la era del algoritmo. La política ha comenzado a copiar las reglas de las redes sociales: privilegiar la viralidad sobre la prudencia, la ocurrencia sobre el argumento y el impacto inmediato sobre la reflexión. El problema es que el algoritmo premia la exageración, mientras que la representación democrática exige responsabilidad. Por eso el humor nunca puede convertirse en un salvoconducto. No porque el humor deba desaparecer de la vida pública, sino porque tampoco está exento de responsabilidad. Los chistes, como cualquier forma de comunicación, transmiten valores, reproducen prejuicios o cuestionan estereotipos. Todo depende de cómo se construyan y de quién los pronuncie. Ninguna sociedad está completamente libre de prejuicios. Precisamente por eso resulta indispensable que quienes ejercen un cargo público sean especialmente cuidadosos con el uso de su palabra. No vivimos en el mundo de lo "políticamente correcto". Vivimos en un mundo donde las acciones tienen consecuencias. Y eso aplica para todos. El partido al que pertenecen las legisladoras anunció investigaciones internas y tomó distancia del caso. Es una reacción previsible, aunque difícilmente suficiente. La política mexicana ha demostrado, una y otra vez, que las sanciones partidistas suelen ser temporales y que las puertas de otro partido casi siempre permanecen abiertas para quien busca continuar su carrera. Pero hay un último elemento que también merece ser discutido. Sin que esto represente una defensa de las diputadas ni minimice la gravedad de sus declaraciones, sigue siendo cierto que a las mujeres en política se les exige el doble y se les perdona la mitad. La afirmación resulta incómoda porque es verdadera. Basta revisar la historia reciente para encontrar hombres que han protagonizado escándalos igualmente ofensivos, incluso más graves, sin recibir un escrutinio equivalente. Reconocer esa desigualdad no significa justificar lo ocurrido. Significa aceptar que la vara con la que solemos medir a las mujeres en la vida pública continúa siendo distinta. Y precisamente por eso la responsabilidad también es mayor. Quien conoce ese contexto debería ser todavía más cuidadoso con sus palabras. Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. El humor jamás puede convertirse en la excusa para disfrazar prejuicios, normalizar la discriminación o minimizar el impacto de nuestras palabras. Mucho menos cuando provienen de quienes fueron electos para representar a la ciudadanía. Porque, como escribió Carol Hanisch, "lo personal es político". Y cuando se ocupa un cargo público, también lo son las bromas, las publicaciones y hasta los silencios. Aunque, a juzgar por los acontecimientos de los últimos días, todavía hay quienes no terminan de comprenderlo. |