Martes 11 de Agosto de 2026

Me tardé en escribir esta columna. Y no, no fue porque no tuviera qué decir. Fue porque esta historia parecía serie de Netflix: cuando una pensaba que ya había terminado, ¡pum!, otra temporada. Y me dije: “Espérate, Majo, todavía no escribas, porque aquí falta temporada, episodio especial y seguramente hasta película”. Y efectivamente.

Lo que comenzó en un podcast llamado Descasadas terminó convertido en una polémica nacional, pasó por redes sociales, llegó hasta Palacio Nacional, tuvo consecuencias, provocó una enorme discusión política y finalmente terminó con la suspensión temporal de derechos partidistas de Nay Salvatori y Grace Palomares en MORENA. Así que vamos por partes, porque aquí hay mucho que decir.

Primero quiero dejar algo muy claro: los comentarios que hicieron fueron desafortunados. En el podcast se hicieron referencias a hombres mayores diciendo que “ya huelen diferente”, comparando su piel y aroma con un “baúl”, hablando de los cambios físicos de la edad y rematando incluso con que “ya se están pudriendo”. Sí, eso puede ser considerado edadismo o viejismo, y no porque yo tenga una relación muy buena con Nay voy a decir que estuvo bien.

Yo tengo con Nay una relación de respeto mutuo. Reconozco su talento como conductora y también he tenido la oportunidad de convivir con ella desde una relación cordial. Pero una cosa es reconocer a una persona y otra muy diferente justificar todo lo que hace. Yo no soy de las que piensa que porque alguien me cae bien, automáticamente todo lo que haga está bien. Eso no es amistad, eso es fanatismo. Y tampoco creo que señalar un error signifique que tengamos que destruir a una persona. Porque ahí es donde empieza mi pregunta: ¿dónde termina la responsabilidad y dónde comienza el linchamiento?

Nay reaccionó. Anunció que dejaría temporalmente las redes sociales y efectivamente se retiró durante un periodo (muy corto) pues ya regreso. También retiró el podcast Descasadas después de la polémica y se disculpó públicamente. Es decir, hubo una respuesta ante lo ocurrido, y me parece importante reconocerlo.

Pero también hay que entender algo: Nay hoy no es solamente una conductora de podcast, radio o una figura pública del entretenimiento. Es diputada local. Y ahí cambia la responsabilidad. Porque una cosa es tener un micrófono para hablar de farándula, hacer bromas y otra muy diferente tener una curul desde la cual representas a miles de personas. Ahí ya no basta con ser popular. Hay que ser responsable.

Y esto me lleva a una frase que para mí debería estar pegada en la puerta de todos los congresos: la popularidad no es liderazgo. Que una persona tenga seguidores, sea conocida, tenga carisma, salga en televisión o sea famosa no significa automáticamente que esté preparada para legislar. Y tampoco significa que no pueda hacerlo. ¡Claro que puede! Pero si llega a un espacio de poder, entonces tiene la responsabilidad de prepararse, y más cuando hablamos de derechos humanos.

Porque el sueldo de una diputada no es precisamente pequeño. Es un sueldo que proviene de recursos públicos, osea de nosotros. Y por eso creo que sí podemos exigirles que conozcan, estudien y entiendan los temas sobre los que van a legislar. No para exigirles que sean perfectas, eso sería absurdo, pero sí para exigirles responsabilidad.

Ahora viene la parte que verdaderamente me hace ruido: ¿por qué a ellas sí?

Porque mientras veía todo este escándalo, no podía dejar de pensar en todos los hombres que también han hecho declaraciones desafortunadas o han enfrentado señalamientos gravísimos desde la política y que, sin embargo, no necesariamente han recibido una respuesta partidista y social comparable.

Y aquí es donde aparece la famosa doble vara.

Porque nadie me diga que los políticos hombres nunca se equivocan. ¡Por favor! Ahí está, por ejemplo, Cuauhtémoc Blanco, quien ha enfrentado un señalamiento público por una presunta agresión sexual contra su media hermana. La acusación es eso: una acusación que debe investigarse y resolverse conforme a derecho. Pero mientras observamos la contundencia con la que se actuó contra Nay y Grace, cabe preguntar: ¿dónde está la misma exigencia de investigación y rendición de cuentas cuando se trata de hombres poderosos?

Y no es el único nombre que genera preguntas. Ahí está Adán Augusto López, quien ha sido objeto de señalamientos y cuestionamientos públicos relacionados con su presunta vinculación o conocimiento de estructuras asociadas con La Barredora. Y nuevamente: una cosa son los señalamientos y otra una responsabilidad jurídicamente real. Pero entonces pregunto: ¿se abrió una investigación partidista con la misma velocidad?, ¿se suspendieron sus derechos partidistas?, ¿se les colocó bajo la misma lupa? Porque si la respuesta es diferente, entonces necesitamos saber por qué.

También está el caso de Rubén Rocha Moya, exgobernador de Sinaloa, quien ha enfrentado fuertes señalamientos y cuestionamientos públicos relacionados con la situación de seguridad y con presuntos vínculos entre integrantes de su entorno y grupos del crimen organizado. Y nuevamente quiero ser muy clara: no estoy diciendo que esos señalamientos sean una condena. Estoy diciendo algo mucho más sencillo: investiguense. Porque precisamente de eso se trata.

Si un partido tiene mecanismos internos para investigar y sancionar conductas que considera contrarias a sus principios, esos mecanismos deberían funcionar independientemente de si la persona es mujer, hombre, famosa, poderosa o políticamente conveniente. Porque si para unas hay sanción inmediata y para otros ni siquiera hay investigación, entonces tenemos un problema.

Y aquí viene otro dato que me parece brutalmente revelador. De acuerdo con el análisis de la conversación en redes sociales que estamos tomando como referencia para esta columna, alrededor del 70 por ciento de la conversación negativa generada alrededor de esta polémica provino de hombres, mientras que aproximadamente 20 por ciento correspondió a mujeres.

Y aquí hago una pausa. Porque el dato nos permite observar algo muy interesante sobre cómo funciona el patriarcado. Cuando una mujer se equivoca públicamente, muchas veces somos las primeras en lanzarnos encima de ella. La desmenuzamos, la insultamos, la cuestionamos, le buscamos el pasado, le buscamos a la familia, le buscamos hasta el acta de nacimiento de la abuela. Pero cuando se trata de hombres, ¿cuántas veces vemos a otros hombres haciendo el mismo nivel de linchamiento contra ellos? Muy pocas.

Y ahí está una de las grandes contradicciones. El patriarcado no solamente lo sostienen los hombres. A veces las propias mujeres terminamos ayudándole a cargar la leña.

Y esto no significa que debamos proteger a Nay o a Grace por ser mujeres. ¡No! Significa que debemos preguntarnos si las reglas son realmente iguales. Porque yo no estoy diciendo que Nay y Grace no deban asumir responsabilidad. Claro que deben. Tampoco estoy diciendo que lo que dijeron deba justificarse. No. Estoy preguntando si la respuesta institucional y partidista está siendo proporcional y consistente.

Porque si Morena considera que determinadas expresiones son incompatibles con sus principios, perfecto. Que haya reglas. Que haya consecuencias. Pero que las reglas sean iguales. Para mujeres, para hombres, para figuras populares, para políticos tradicionales, para todos. Porque si no, entonces ya no estamos hablando solamente de justicia. Estamos hablando de una justicia que parece tener género.

Y aquí entra algo que me parece todavía más delicado. Después del escándalo también comenzaron a revisarse públicamente las declaraciones patrimoniales de familiares de Nay. José Jaime Salvatori Bojalil, trabajador del IMSS en el área de rayos X desde 2005, reportó ingresos anuales netos de 865 mil 208 pesos. Hilda Salvatori Bojalil, nutrióloga del ISSSTEP, reportó 997 mil 631 pesos anuales.

Y sí: quienes ejercen cargos públicos deben transparentar sus ingresos. Por supuesto. Pero también hay que preguntarnos: ¿qué hicieron ellos? Porque una cosa es exigir rendición de cuentas a una funcionaria pública y otra convertir a sus familiares en parte del escarnio por algo que ellos no dijeron. Ahí sí creo que tenemos que detenernos tantito. Porque la rendición de cuentas es necesaria. El linchamiento familiar, no.

Y entonces regresamos al principio. ¿Quién tiene la responsabilidad de que personas populares lleguen a los congresos? Pues no solamente ellas. También los partidos. Y también nosotros.

Porque los partidos descubrieron hace mucho tiempo que una persona conocida puede significar votos. Y entonces, en lugar de preguntarse primero: “¿Está preparada para legislar?”, muchas veces la pregunta parece ser: “¿Cuántos votos nos puede traer?”

Y ahí está el verdadero problema. Porque cuando llega la elección, el partido pone a una persona famosa en la boleta. La gente vota y el famoso gana. Y después todos nos sorprendemos de que no necesariamente tenga la preparación política que requiere el cargo. Pues... ¿qué esperábamos?

Aún que si alguien acepta una candidatura, gana una elección y recibe una remuneración pública, también acepta una responsabilidad. Y ahí sí: a estudiar, a prepararse y a entender que ya no solamente tiene seguidores; tiene representados.

Y aquí vuelvo a Nay. Yo puedo reconocer su trayectoria en el entretenimiento. Puedo reconocer que tiene talento. Puedo tener una relación muy buena y de agradecimiento con ella. Puedo señalar que se equivocó. Puedo pedirle mayor preparación. Y puedo, al mismo tiempo, cuestionar que la respuesta hacia ella sea diferente a la que reciben otros personajes políticos. Todo eso puede estar en mi columna.

Porque criticar no significa odiar. Y reconocer no significa justificar.

Quizá eso es lo que nos está haciendo falta en la política mexicana: dejar de pensar que si cuestionamos a alguien tenemos que destruirlo, y dejar también de pensar que si simpatizamos con alguien tenemos que defenderlo hasta cuando claramente se equivoca.

Ahora bien, yo sí creo que esta historia nos deja una pregunta pendiente: ¿estamos sancionando de la misma manera a hombres y mujeres?

Porque si la respuesta es sí, entonces apliquemos las mismas reglas. Pero si la respuesta es no, entonces tenemos que preguntarnos por qué.

Porque el patriarcado no siempre aparece con bigote, sombrero y un discurso de macho alfa. A veces aparece disfrazado de indignación colectiva. Y hasta las propias mujeres terminamos ayudándole a cargar la leña.

Así que sí, Nay y Grace cometieron un error. Sí, debieron asumirlo con mayor seriedad. Sí, una diputada tiene una responsabilidad mayor. Pero también creo que debemos ser capaces de preguntarnos si estamos buscando justicia... o simplemente una nueva persona a quien sacrificar públicamente.

Porque si queremos una política verdaderamente progresista, necesitamos reglas claras, consecuencias proporcionales y, sobre todo, la misma vara para todos.

No una para ellas.

Y otra para ellos.

Porque al final, la pregunta sigue ahí:

¿Por qué cuando el error tiene nombre de mujer, el castigo parece llegar mucho más rápido?