Lunes 10 de Agosto de 2026

Puebla vuelve a estar en el ojo del huracán por las lamentables declaraciones de las diputadas Grace Palomares y Nay Salvatori, quienes, junto con otras dos conductoras, protagonizaron un podcast que vino a demostrarles a todxs quiénes son ellas.

Un espacio que pretendía ser de “entretenimiento” trasciende la anécdota frívola: es una radiografía brutal del estado en el que se encuentra la representación política en nuestro estado.

¿De verdad no había otras candidatas? Es algo que me preguntan mis amistades fuera del ámbito poblano sobre las dos diputadas y la respuesta es, por supuesto, que sí. El problema principal es justamente el establishment que llevó a que ellas dos fueran candidatas y después diputadas.

Y es que la configuración política de Puebla ha premiado el pragmatismo político y tener un pasado espurio antes que tener la capacidad y las convicciones para representar al partido de izquierda que hoy gobierna México.

Lo peor de todo es que no es la primera vez. De hecho, estoy sorprendida de que nunca antes la dirigencia de Morena tomara con seriedad las lamentables declaraciones que ambas han dado sobre diversos temas, especialmente Nay Salvatori a través de TikTok, que incluso ha llevado propuestas legislativas revictimizantes, retrógradas y violatorias de derechos humanos que son un peligro para las mujeres de Puebla.

El contenido de su podcast es el vivo reflejo de lo que representan: frivolidad, inmadurez, privilegio y clasismo. Sus declaraciones son un agravio a las personas adultas mayores, para la militancia, para Puebla, pero, sobre todo, son una falta de respeto irreparable para las mujeres de a pie, aquellas compañeras que durante décadas, desde la periferia, el campo, la maquila o la academia, caminaron las calles, pegaron propaganda bajo el sol y resistieron la represión para construir la izquierda en Puebla.

Aquellas mujeres lucharon sin presupuesto ni reflectores para abrir un camino de dignidad. Ver que hoy esos espacios, conquistados con el sudor de la militancia histórica, están ocupados por figuras que ignoran la historia de las luchas populares y que confunden la política con la farándula es, francamente, una vergüenza para el movimiento.

Ni Salvatori ni Palomares entienden, respetan o encarnan los valores de la izquierda. Nunca lo han hecho.

Pero la pregunta incómoda que debemos hacernos no es por qué ellas actúan así —al final, la frivolidad es su estado natural—, sino: ¿por qué llegaron ahí?

Aquí es donde la mirada debe dirigirse hacia la dirigencia de Morena en Puebla. Las pésimas decisiones tomadas durante el proceso electoral de 2024 abrieron las puertas de par en par al pragmatismo más burdo. Desplazaron así a los cuadros formados, a la base comprometida y a los perfiles con trabajo territorial para privilegiar el oportunismo, los números inflados de seguidores en redes y los acuerdos de cúpula.

Se prefirió el empaque vistoso sobre la consistencia ideológica.

El resultado está a la vista.

Nos vendieron la idea de que la Transformación había llegado a Puebla, pero la realidad nos demuestra que la Cuarta Transformación, en su dimensión ética e ideológica, sigue siendo una asignatura pendiente en el estado.

En su lugar, lo que vemos es una estructura plagada de personajes que brinquetearon de partido en partido cuando vieron que el barco del viejo régimen se hundía, conservando intactos sus vicios, sus prejuicios de clase y su ambición desmedida.

Nay Salvatori y Grace Palomares no son un caso aislado; son únicamente la punta del iceberg de una crisis política mucho más profunda que atraviesa Puebla. Son el síntoma visible de un sistema interno que prefirió la mercadotecnia electoral sobre la formación política y la ética pública; por lo tanto, la purga del movimiento-partido no debe solo caer en ellas dos, sino tener más ambición y perspectiva.

Si el movimiento no es capaz de rectificar, de escuchar a sus bases, de sancionar con firmeza a través de la CNHJ y de asumir que la formación ideológica no es un trámite formal, sino una urgencia vital, el costo no solo será partidista: será social.

El pueblo de Puebla no luchó por un cambio de siglas para terminar administrado por la misma casta de siempre, solo que vestida de otro color.

Es momento de poner un hasta aquí y exigir que la política en Puebla se sacuda y se limpie.