Sábado 15 de Agosto de 2026 |
Hace justamente un año regresaba de España junto con mi amigo Jorge Zárate Montaño. Habíamos participado en la Universidad de Salamanca en un Congreso Iberoamericano de Liderazgo Responsable y Sostenibilidad. Fueron días para hablar de liderazgo, ética, responsabilidad social y del papel que quienes ejercen poder tienen frente a la sociedad. Antes de regresar a México pasamos por Madrid. Y ahí tuve uno de esos encuentros que, sin saberlo, terminan convirtiéndose en una reflexión que te acompaña durante mucho tiempo. Entré al Museo del Prado. Había visto muchas veces en libros una de las pinturas más inquietantes de Francisco de Goya: Saturno devorando a su hijo. Pero contemplarla a unos cuantos centímetros es otra cosa. No es una pintura que simplemente se observa. Incomoda. Un Saturno monstruoso, envejecido y desesperado, sostiene entre sus manos el cuerpo mutilado de uno de sus hijos. Sus ojos parecen desorbitados por el miedo. No hay serenidad en el poder. Hay terror. Según el mito, Saturno —Cronos para los griegos— había recibido la profecía de que uno de sus hijos terminaría destronándolo. Y encontró una solución brutal para conservar el poder: Devorarlos uno por uno. Goya convirtió aquel mito en una imagen aterradora. Pero mientras observaba el cuadro pensé que quizá Saturno nunca desapareció. Solamente aprendió a vestirse mejor. Hoy quiero compartir con una audiencia más amplia una reflexión que, a mi regreso de aquel viaje, tuve oportunidad de presentar ante líderes de CANACINTRA Puebla: ¿Quiénes son nuestros modernos Saturnos? Porque Saturno sigue entre nosotros. El Saturno políticoExiste cuando quien recibe el poder de los ciudadanos termina utilizando ese mismo poder para debilitarlos. El gobernante debería fortalecer instituciones, formar ciudadanía, construir capacidades y preparar a quienes algún día habrán de sustituirlo. Pero el Saturno político hace exactamente lo contrario. Necesita ciudadanos dependientes, desconfía de las instituciones autónomas, teme a quien piensa diferente, divide a la sociedad entre buenos y malos, aliados y enemigos, leales y traidores. Y cuando descubre que alguien puede cuestionar su autoridad, intenta desacreditarlo, someterlo o expulsarlo. O lo pone en las listas de enemigos del régimen y del Pueblo. No gobierna para construir una sociedad capaz de vivir sin él. Gobierna para hacer creer que sin él la sociedad no puede sobrevivir. Ese es quizá uno de los síntomas más peligrosos del poder: cuando el líder comienza a confundir su permanencia con el bien común. Saturno vuelve entonces a tener hambre. El Saturno religiosoTambién las instituciones religiosas pueden producir sus propios Saturnos. Aparecen cuando la autoridad espiritual deja de estar al servicio de la conciencia de las personas y comienza a utilizar la conciencia para conservar su propia autoridad. Cuando se sustituye la libertad por obediencia ciega. Cuando las preguntas incomodan. Cuando la crítica se interpreta como deslealtad. Cuando la institución importa más que las personas que debería servir. La religión debería ayudar al ser humano a trascender. Nunca debería reducirlo. La autoridad espiritual alcanza su mayor legitimidad cuando forma personas libres, responsables y capaces de discernir incluso frente a quien ejerce autoridad sobre ellas. Porque una institución que necesita personas permanentemente dependientes para conservar su poder no está formando conciencias. Está fabricando súbditos. Y también ahí Saturno devora a sus hijos. El Saturno empresarialPero sería demasiado cómodo señalar únicamente a políticos y líderes religiosos. Saturno también entra todos los días a nuestras empresas. Viste traje. Preside consejos. Dirige organizaciones. Habla de talento, innovación y transformación. Preside organismos empresariales… Y, paradójicamente, puede pasar años destruyendo exactamente aquello que dice querer desarrollar. Es el director que contrata personas extraordinarias pero se siente amenazado cuando comienzan a brillar. Es el jefe que dice querer colaboradores con iniciativa, pero castiga al primero que piensa diferente. Es quien habla de trabajo en equipo mientras concentra todas las decisiones. Es quien exige innovación pero penaliza el error. Es quien presume una cultura de confianza mientras gobierna mediante el miedo. Es quien desarrolla sucesores siempre y cuando ninguno pueda realmente sucederlo. La paradoja es brutal: Contratamos talento y después construimos organizaciones para domesticarlo. Entonces aparecen empresas llenas de personas inteligentes que han aprendido algo muy peligroso: A callarse y no cuestionar; a no proponer demasiado y esperar instrucciones. A sobrevivir. Y una organización donde las personas aprenden a sobrevivir antes que a crear comienza lentamente a morir. El miedo detrás de SaturnoDurante mucho tiempo pensé que el problema fundamental del poder era la ambición. Hoy creo que muchas veces hay algo todavía más profundo: Es el miedo. Saturno no devora a sus hijos porque sea poderoso. Los devora porque tiene miedo. Miedo a perder el control, a ser sustituido, a descubrir que alguien más puede hacerlo mejor. Miedo a dejar de ser indispensable. Y esa puede ser una de las grandes paradojas del liderazgo contemporáneo: mientras más inseguro se siente quien tiene poder, más necesita demostrar que lo posee. Por eso controla, centraliza, silencia, descalifica, expulsa y finalmente devora. La inseguridad personal termina convertida en estructura institucional. El verdadero liderazgo hace exactamente lo contrarioUn verdadero líder no debería preguntarse: ¿Cómo hago para que me necesiten? Debería preguntarse: ¿Cómo hago para que puedan crecer incluso sin mí? Porque el liderazgo no consiste en fabricar seguidores. Consiste en desarrollar personas capaces de convertirse también en líderes. El maestro extraordinario desea que algún día el alumno lo supere. El empresario extraordinario construye una organización capaz de sobrevivirlo. El gobernante extraordinario fortalece instituciones que no dependerán de su presencia. El líder religioso extraordinario forma conciencias capaces de actuar libremente conforme al bien. Quizá por eso la verdadera prueba del liderazgo no ocurre mientras estamos en el poder. Ocurre cuando comenzamos a dejarlo. Ahí descubrimos si construimos una institución o simplemente construimos alrededor de nosotros mismos. Un espejo frente a nosotrosUn año después de encontrarme frente al Saturno de Goya, aquella pintura continúa provocándome. Porque sería muy fácil utilizarla únicamente para señalar a los demás. Al político, al empresario, al sacerdote, al director y al jefe. Pero los grandes símbolos también sirven como espejos. Todos podemos convertirnos en pequeños Saturnos cada vez que apagamos una voz porque nos incomoda; cada vez que preferimos obediencia a inteligencia; cada vez que castigamos una crítica que podría ayudarnos; cada vez que impedimos que alguien crezca porque tememos que algún día pueda superarnos y cada vez que utilizamos nuestra posición para proteger nuestro ego en lugar de desarrollar a las personas que dependen de nuestras decisiones. Saturno vuelve a aparecer. Por eso, quizá, después de tantos siglos el cuadro de Goya continúa siendo profundamente contemporáneo. Cambian los palacios. Cambian los gobiernos. Cambian las empresas. Cambian las instituciones. Pero el miedo humano a perder el poder permanece. La pregunta para quienes hoy tenemos alguna responsabilidad sobre otras personas —en una empresa, una institución, una familia, una comunidad o un país— es incómoda, pero necesaria: ¿Estamos formando personas capaces de crecer, cuestionarnos y eventualmente superarnos, o estamos construyendo estructuras para asegurarnos de que nadie pueda hacerlo? Porque existen dos maneras profundamente distintas de ejercer el poder. Una consiste en alimentar nuestro liderazgo desarrollando a nuestros hijos, ciudadanos, fieles, alumnos y colaboradores. La otra consiste en alimentar nuestro ego devorándolos. Y quizá la tragedia de nuestro tiempo sea descubrir que Saturno nunca murió. Simplemente cambió de traje. |