Miércoles 19 de Agosto de 2026

El último territorio que no podemos entregar

En los últimos años, los malos liderazgos se han apropiado de demasiadas cosas.

Se han apropiado de recursos naturales, financieros y humanos. Han hipotecado instituciones, deteriorado empresas, dividido comunidades y convertido la confianza en una mercancía cada vez más escasa.

En otras entregas he reflexionado sobre lo caros que resultan los malos líderes; sobre la lengua como timón del alma; sobre el hoyo de la desigualdad; sobre esa sustancia de vanidad que poco a poco nos carcome como un cáncer. He escrito sobre el poder, el narcisismo, la pobreza, la demagogia y la enorme factura que paga una sociedad cuando coloca su destino en manos de personas que confunden liderazgo con protagonismo.

Pero últimamente algo me preocupa todavía más.

Que nos roben el alma.

Durante los últimos años decidí participar, desde mi trinchera, en eso que podríamos llamar política empresarial. Acompañé y apoyé a personas que consideraba —y a algunas sigo considerando— valientes, exitosas, capaces y éticamente comprometidas.

Muchas de ellas me dijeron alguna vez:

Para cambiar las cosas hay que llegar.

Y tenían razón.

El problema es que algunos llegaron para cambiar las cosas… y las cosas terminaron cambiándolos a ellos.

Descubrieron que el poder tiene sus propias reglas, sus silencios, sus complicidades, sus pequeños privilegios y sus grandes tentaciones. Poco a poco, casi imperceptiblemente, aquello contra lo que alguna vez lucharon comenzó a parecerles normal.

No necesariamente se volvieron malas personas.

Tal vez ocurrió algo más peligroso: se acostumbraron.

Y el ser humano puede acostumbrarse prácticamente a todo.

A la injusticia, la mentira, la mediocridad, el abuso, la corrupción; incluso a aquello que alguna vez juró combatir.

Lo lamento, naturalmente. Pero no quiero que ese desencanto me quite del foco.

Porque si quiero un país mejor, la respuesta no puede consistir únicamente en quejarme de los líderes que tenemos.

Tenemos que formar los líderes que todavía no tenemos.

Hace unos días, conversando con un gran amigo en el estacionamiento del Club de Empresarios, comprendí algo que desde entonces no he podido sacarme de la cabeza.

Podrán quitarnos muchas cosas.

Podrán quitarnos dinero.

Oportunidades.

Espacios.

Proyectos.

Reconocimientos.

Incluso algunas batallas.

Pero existe algo que no podemos entregarles: el ánimo.

No es casual que palabras como ánimo, anima y alma evoquen aquello que da vida, movimiento y aliento al ser humano.

Desanimar a alguien es algo mucho más profundo que ponerlo triste.

Es quitarle el impulso interior.

Es convencerlo de que ya no vale la pena.

De que todos son iguales.

De que nada cambiará.

De que luchar es inútil.

De que servir es ingenuo.

De que tener principios es de tontos.

Y quizá ésa sea una de las victorias más grandes de los malos liderazgos: conseguir que las personas buenas abandonen el terreno.

Porque cuando los buenos se cansan, los mediocres avanzan.

Cuando los preparados se retiran, los improvisados ocupan el espacio.

Cuando los ciudadanos conscientes se refugian en su comodidad, los demagogos descubren que el camino está libre.

Por eso creo que una de las grandes batallas de nuestro tiempo no se está librando solamente en los gobiernos, las empresas, las universidades o las redes sociales.

Se está librando dentro de nosotros mismos.

Es la batalla por conservar el ánimo.

La paz.

El criterio.

La esperanza.

Y la capacidad de seguir creyendo que vale la pena construir.

Hay una frase que suele repetirse de muchas maneras y que describe un ciclo humano profundamente reconocible:

  • Los tiempos difíciles forman hombres y mujeres fuertes.
  • Los hombres y mujeres fuertes construyen tiempos mejores.
  • Los tiempos mejores pueden producir generaciones que olvidan cuánto costó construirlos.
  • Y cuando una sociedad pierde carácter, regresan los tiempos difíciles.

Quizá estemos atravesando uno de esos umbrales. Vivimos una época llena de contradicciones:

  • Presumimos la juventud y escondemos la vejez.
  • Hemos conseguido aumentar extraordinariamente la esperanza de vida y, sin embargo, no siempre hemos conseguido dar más vida a esos años.
  • Cuidamos obsesivamente la imagen mientras abandonamos lentamente el carácter.
  • Hemos cambiado muchas veces el ser por el parecer.
  • El valor por el precio.
  • La reputación por la popularidad.
  • La verdad por la narrativa.
  • La profundidad por el impacto de quince segundos.
  • Globalizamos la economía, pero no globalizamos la ética.
  • Construimos redes capaces de conectar continentes y, paradójicamente, encontramos cada vez más personas solas.
  • Tenemos miles de seguidores y pocos amigos.
  • Millones de datos y poca sabiduría.
  • Una enorme capacidad para comunicar y una creciente incapacidad para conversar.
  • Discutimos apasionadamente sobre nuevas ideologías, identidades y derechos, mientras palabras antiguas como civismo, deber, responsabilidad, virtud, prudencia, respeto y bien común parecen haber perdido espacio en la educación y en la conversación pública.

El problema no consiste en negarnos a discutir los cambios culturales de nuestro tiempo. Una sociedad libre tiene que hacerlo. El problema aparece cuando cualquier ideología —progresista o conservadora, política o económica— pretende sustituir el pensamiento crítico.

Cuando dejamos de preguntarnos: ¿Esto es verdadero? ¿Es bueno? ¿Es justo? ¿Construye? ¿Dignifica a la persona?

Porque cuando desaparecen esas preguntas, aparece el relativismo más peligroso: si todo depende, entonces cualquier cosa puede terminar justificándose.

Y de ahí nace buena parte de nuestra angustia.

Vivimos rodeados de información y hambrientos de sentido.

Pero, a pesar de todo, no soy pesimista.

Algo dentro de mí —desde las entrañas de mi ser, desde el espíritu de mi espíritu— me dice que una generación está comenzando a despertar.

Veo jóvenes cansados de que alguien les diga permanentemente qué deben pensar.

Jóvenes hartos de los extremos ideológicos, del discurso prefabricado, de la cultura de la cancelación, de los demagogos, de los líderes narcisistas y de quienes predican austeridad desde el privilegio.

Están hartos de quienes hablan de inclusión mientras excluyen al que piensa distinto; de quienes hablan de valores mientras sus decisiones contradicen cada una de sus palabras.

Porque hoy, quizá más que nunca, tiene que coincidir el audio con el video.

Lo que dices con lo que haces, lo que predicas con lo que vives, lo que prometes con lo que decides cuando nadie te está mirando.

Ésa es la verdadera prueba del liderazgo.

Y también de la vida.

Tal vez por eso últimamente regreso tanto a la idea de La Odisea.

Ulises tarda diez años en regresar a Ítaca y en el camino encuentra monstruos, gigantes, hechiceras, tormentas, remolinos, sirenas y dioses que parecen empeñados en impedirle volver a casa.

Pero quizá sus enemigos más peligrosos no sean Polifemo, Escila o Caribdis; quizá sean aquellos lugares donde podría olvidar quién es.

Los lotófagos ofrecen el loto del olvido y Calipso le ofrece algo todavía más seductor: permanecer para siempre en una isla donde puede escapar del dolor, del tiempo y de la responsabilidad. Incluso le ofrece la inmortalidad.

Y, sin embargo, Ulises decide regresar, porque existe algo peor que morir: vivir eternamente habiendo olvidado quién eres y a dónde perteneces.

Por eso creo que necesitamos emprender nuestro propio regreso a Ítaca.

  • Un back to basics.
  • Un regreso no hacia el pasado, sino hacia los fundamentos.
  • A los principios.
  • A la palabra dada.
  • Al respeto.
  • Al esfuerzo.
  • Al mérito.
  • A la responsabilidad.
  • A la familia entendida como escuela de humanidad.
  • A la comunidad.
  • Al servicio.
  • Al trabajo bien hecho.
  • A la capacidad de distinguir entre lo conveniente y lo correcto.

Regresar no significa retroceder. A veces regresar a los principios es la única manera de volver a avanzar.

Todos cargamos nuestras pequeñas Troyas y todos hemos peleado alguna vez contra nuestros Polifemos. Hemos escuchado sirenas prometiéndonos caminos más fáciles y todos hemos estado alguna vez atrapados entre Escila y Caribdis, teniendo que elegir sin disponer de una solución perfecta.

Y todos hemos probado, en algún momento, el loto.

El verdadero problema comienza cuando decidimos quedarnos allí.

Porque quizá el monstruo más peligroso de nuestro tiempo no sea económico, tecnológico, político ni siquiera ideológico.

Es el desánimo.

El desánimo nos convence de que ya no vale la pena educar, ni participar, ni construir empresas éticas; de que ya no vale la pena formar jóvenes, ni decir la verdad. Nos convence de que ya no vale la pena creer en México.

Y cuando una sociedad pierde el ánimo, empieza a perder su alma.

Por eso escribo hoy para quienes todavía están conscientes.

Para quienes están cansados, pero no vencidos.

Para quienes han sufrido decepciones sin convertirse en cínicos.

Para quienes han perdido batallas sin renunciar a sus principios.

Para quienes saben que cambiar un país puede tomar generaciones, pero entienden también que alguien tiene que comenzar.

No sé cuánto duren estos tiempos difíciles.

Tampoco sé quiénes ocuparán mañana los cargos, las presidencias, los consejos, los congresos o las direcciones generales.

Pero sí sé algo: ¡NO PODEMOS ENTREGARLES NUESTRA PAZ!

No podemos permitir que la mediocridad de algunos determine la grandeza que todavía podemos construir.

No podemos permitir que la decepción nos convierta precisamente en aquello que criticamos.

No podemos permitir que el ruido exterior apague nuestra voz interior.

Podrán quitarnos recursos.

Podrán cerrarnos puertas.

Podrán decepcionarnos personas en quienes confiamos.

Podremos incluso perder algunas Troyas.

Pero mientras conservemos el ánimo, todavía podremos construir barcos.

Mientras conservemos principios, todavía podremos encontrar una brújula.

Mientras sepamos quiénes somos, todavía podremos regresar a casa.

Porque Ítaca no es simplemente un lugar.

Ítaca es el lugar interior al que regresamos cuando recordamos quiénes somos.

Tal vez éste sea precisamente el liderazgo que necesitan los tiempos difíciles.

No hombres y mujeres invulnerables.

No héroes perfectos.

No salvadores.

Sino personas capaces de atravesar la tormenta sin entregar el alma.

Personas que después de enfrentarse a sus monstruos puedan volver a casa más humanas, más conscientes y más libres.

Tal vez nuestra generación no alcance a ver terminado todo aquello que hoy comienza a construir.

No importa.

Hay árboles que se plantan sabiendo que otros disfrutarán su sombra.

Eso también es liderazgo.

Eso también es esperanza.

Y por eso, cuando todo parezca decirnos que abandonemos, quizá tengamos que recordar simplemente esto: no les entreguemos el ánimo.

Porque podrán arrebatarnos muchas cosas; pero mientras no consigamos olvidar quiénes somos, qué creemos y para qué estamos aquí, todavía no nos habrán robado el alma.