Viernes 21 de Agosto de 2026 |
Estimado lector, ¿a usted le suena el nombre de Andrés Manuel López Beltrán? ¿No lo conoce? Es el nuevo héroe nacional, el nuevo símbolo del patriotismo: aquel al que le retiraron la visa estadounidense y que decidió escribirle una carta al presidente Donald Trump. Una carta larga, muy larga; más larga que esta columna, y eso ya es decir bastante. Bueno, bueno, vayamos por partes. Andy, pa’ los cuates, es hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador y fue secretario de Organización de Morena. Ahora, además, emprende una nueva cruzada política: perfilarse para competir por una diputación federal en 2027. Hace algunos días, el propio López Beltrán informó que Estados Unidos había cancelado su visa y dirigió una extensa carta al presidente Trump, en la que calificó la decisión como política y acusó a funcionarios estadounidenses de intervenir en los asuntos internos de México. La reacción del oficialismo no tardó en llegar. Morena denunció que el retiro de visas constituye un mecanismo de injerencia política, mientras que la presidenta Claudia Sheinbaum también cuestionó la medida y la consideró esencialmente política. Y aquí es donde comienza lo verdaderamente interesante. Porque una cosa es que la decisión tenga un mensaje político —que, por supuesto, puede tenerlo— y otra muy distinta es afirmar que retirar una visa constituye, por sí mismo, una violación a la soberanía mexicana. No, estimado lector. Estados Unidos puede decidir quién entra y quién no entra a su territorio. Una visa no es un derecho adquirido ni una garantía de entrada; es un permiso que permite solicitar el ingreso. Las autoridades estadounidenses tienen facultades para revocarla, y la propia Embajada ha reiterado que las visas pueden ser canceladas cuando existan razones para hacerlo. ¿Nos gusta? Probablemente no. ¿Podemos cuestionar políticamente la decisión? Por supuesto. ¿Significa automáticamente que Estados Unidos está interviniendo en la soberanía mexicana? Ahí ya estamos hablando de otra cosa. Desde la izquierda existe una frase que suele invocarse cuando la situación internacional se complica: “respetamos la autodeterminación de los pueblos”. Básicamente, significa que en su casa cada quien toma sus decisiones. Pues bien, si creemos en la autodeterminación de los pueblos, también tendríamos que aceptar que Estados Unidos tiene derecho a decidir quién puede entrar a su territorio, de la misma manera que México establece sus propios requisitos migratorios. No tener una visa estadounidense no convierte a nadie en delincuente. Tampoco demuestra que alguien haya cometido un delito. Simplemente significa que, bajo las reglas migratorias de aquel país, esa persona no cuenta con autorización para viajar a Estados Unidos. Y quizá aquí aparece la parte más curiosa de todo el asunto. Porque si se trata de defender la soberanía, entonces tendríamos que reconocer que los mexicanos también vivimos bajo esa misma lógica cuando nuestro país decide quién necesita visa para ingresar a México y quién no. La soberanía funciona en ambos sentidos. No podemos exigirla cuando nos conviene y olvidarla cuando la ejerce el vecino. Ahora bien, sería ingenuo pensar que una decisión de esta naturaleza carece de significado político. Claro que lo tiene. Estados Unidos ha revocado visas a diversos políticos y funcionarios mexicanos en las últimas semanas, y el caso de López Beltrán se convirtió en uno de los más visibles precisamente por su peso político y familiar. La medida se inscribe, además, en un contexto de creciente presión de Washington sobre México por asuntos de seguridad, corrupción y presuntos vínculos con el crimen organizado. Pero aquí es donde la política hace lo que mejor sabe hacer: convertir un trámite migratorio en una batalla narrativa. Y Morena ha encontrado una historia bastante conveniente. Un gobierno extranjero nos ataca. No es una estrategia nueva. Es una de las herramientas más antiguas de la política: cuando el escenario interno se complica, siempre resulta útil encontrar una amenaza externa. Y funciona especialmente bien cuando la amenaza viene de Estados Unidos. Porque el nacionalismo tiene una ventaja enorme: no necesita demasiadas explicaciones. Basta con señalar al extranjero. En política, además, el conflicto externo puede ser extraordinariamente útil para reorganizar al propio grupo. Quienes antes discutían entre sí pueden encontrar una causa común. Los problemas internos pasan a segundo plano y la conversación cambia de dirección. Y entonces aparece nuestro nuevo héroe nacional. No por haber ganado una elección. No por haber presentado una gran reforma. No por haber resuelto un problema público. Sino porque le quitaron una visa. Ironías de la política mexicana. El problema no es que López Beltrán cuestione la decisión estadounidense. Está en todo su derecho de hacerlo. El problema aparece cuando pretendemos convertir una facultad migratoria de otro país en una afrenta contra la soberanía nacional. Eso sería como decir que un restaurante extranjero viola nuestra soberanía porque decidió que no podemos entrar sin reservación. Bueno, quizá algunos políticos sí necesitarían reservación. Pero esa ya es otra discusión. Lo verdaderamente preocupante es que la política mexicana continúe dependiendo de símbolos, enemigos y narrativas cada vez más simplificadas. Porque mientras discutimos si una visa representa injerencia, dejamos de discutir asuntos mucho más importantes: seguridad, corrupción, economía, instituciones y la responsabilidad de nuestros propios gobiernos. Y aquí vale la pena recordar algo. El retiro de una visa puede tener consecuencias políticas. Puede ser una señal diplomática. Puede ser una medida de presión. Puede incluso ser una decisión cuestionable. Pero ninguna de esas posibilidades convierte automáticamente una facultad migratoria en un acto de intervención sobre la soberanía mexicana. Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. Que le retiren una visa no significa que usted sea culpable de un delito. Pero tampoco significa que el mundo tenga la obligación de explicarle por qué no quiere recibirlo. Y si alguien decide convertir una visa cancelada en una cruzada nacionalista, quizá lo más prudente sea preguntarnos qué está intentando defender realmente. Porque, al final, el que a-visa no es traidor. Pero tampoco todo el que pierde la visa se convierte automáticamente en héroe nacional. |