Viernes 21 de Agosto de 2026

El doctor Ardánjelo Dorojowsky es el protagonista de Hombrecitos, la novela más reciente de Luis Panini (Monterrey, 1978). Escrita en tono fársico, nos provoca risas, incomodidades y sorpresas, pues el mentado doctor se convierte en una especie de gurú para los hombres que tienen el pene muy cortito. La fonética de su nombre inmediatamente nos conduce a otro gurú de las redes sociales que busca curar con métodos alternativos.

La desgracia de los personajes, como lo señalé, es que tienen el pene muy pequeño. Prefiero no usar eufemismos para que los lectores y lectoras de Hombrecitos tengan una idea de a lo que se van a enfrentar: una serie de representaciones escénicas —la teatralidad impera en esta novela— que el doctor Dorojowsky conducirá para engañar a quienes han caído en su trampa. Les ha prometido a siete hombres que el pene les crecerá después de tomar su curso, pero este solo sirve para estereotiparlos, vilipendiarlos y burlarse de ellos. Estos personajes, a su vez, representan la borregada en la que suelen convertirse quienes creen en curas milagrosas.

Las sesiones de Ardánjelo Dorojowsky son una forma de charlatanería y embaucamiento. Están matizadas por la exageración y hacen énfasis en el tamaño del aparato masculino durante toda la novela; aquí sí caben los eufemismos que el doctor emplea.

La exageración, por irónico que parezca, no va en grado superlativo, sino que radica en lo microscópico del falo de quienes asisten al sótano de una charcutería, lugar donde las sesiones de Dorojowsky se llevan a cabo. ¿Quién podría asistir a una charcutería a pedir que el salami le crezca?

La forma de actuar del personaje protagonista —que en ocasiones parece un merolico y que odia que lo interrumpan— es como la de un dictador que se escabulle de los temas meramente sexuales y trivializa la desventura física de sus clientes, al grado de señalar que el tamaño del pene no importa, sino la levedad con la que tomen la vida.

Ardánjelo Dorojowsky goza con humillar a los siete hombres —¿siete enanos, acaso?— y los desnuda —literalmente— para poder realizar sus sesiones. Posteriormente, habrá de invitar a actores porno para medírsela —de nuevo, literalmente— y generar mayor tristeza en el grupo.

Además, Ardánjelo Dorojowsky no tendrá ningún empacho en cometer un asesinato y tampoco tendrá el menor reparo moral en mascullarlo para sí mismo y autojustificarse: el fin justifica los medios. Es decir, asesinará a un hombre, llevará a la cárcel a un inocente y él, como la fresca mañana.

Luis Panini elige el tono fársico —no cabe duda de que proviene de la farsa, el género dramático que se mofa de sus protagonistas y los caricaturiza para potenciar sus vicios o sus virtudes—, mediante el cual nos presenta el “Método Histriónico-Pánico”, otra franca alusión al creador de las crónicas pánicas de los años setenta.

Hombrecitos no derrumba estereotipos de la masculinidad; por el contrario, encuentra una forma burlesca de arremeter contra ellos: los caricaturiza hasta hacernos sentir lástima por cada uno de los integrantes del grupo que busca una solución en las puestas en escena de Ardánjelo Dorojowsky.

Al final del día, cada uno de estos miserables tendrá que arrastrar su propia piedra atada al cuello y, quizá, jamás logre separarse de ella.

 

 

Hombrecitos de Luis Panini. Editorial Gato Blanco, 2026. 189 páginas