Lunes 24 de Agosto de 2026

Puebla es diversa, contradictoria y está en disputa. Y quizá en esa contradicción habita su verdadera historia.

Aquí, el 5 de mayo de 1862, la fuerza de pueblos llegados desde los lugares más recónditos derrotó al ejército más poderoso del mundo. Puebla tampoco es solamente la ciudad de las iglesias: es la ciudad donde estalló la Revolución. El 18 de noviembre de 1910, Carmen Serdán tomó las armas y convirtió una casa en territorio de insurrección. Entre iglesias y campanas también se conspiró contra una dictadura. Carmen no fue acompañante ni testigo: organizó, trasladó armas, distribuyó propaganda y resistió.

Durante el México posrevolucionario, Puebla fue uno de los grandes centros de la industria textil. Ahí, frente a un mundo laboral y sindical construido alrededor de los hombres, las obreras poblanas crearon redes de solidaridad y formas propias de organización. Como documenta Susan M. Gauss en Género, poder y política en el México posrevolucionario, las mujeres no fueron una nota al pie de la industrialización poblana: también disputaron desde las fábricas el significado del trabajo y de la organización obrera.

La rebeldía tampoco terminó con los Serdán ni con las obreras. En 1961, el movimiento de Reforma Universitaria enfrentó a sectores conservadores y anticomunistas para defender una universidad laica, autónoma y con libertad de cátedra. Después vendrían el 68 y las luchas universitarias de los setenta, vinculadas cada vez más con movimientos obreros, campesinos y populares.

En esa misma universidad comenzó a gestarse otra transformación. A finales de los setenta y principios de los ochenta, el Colegio de Antropología de la Universidad Autónoma de Puebla abrió espacios pioneros para estudiar la condición de las mujeres. Ahí Marcela Lagarde impartió el Taller de Antropología de la Mujer, formando investigadoras y colocando la perspectiva feminista dentro de la discusión académica poblana.

Pero las ideas salieron de las aulas. El movimiento feminista poblano se organizó y comenzó a transformar instituciones. En 1997, mujeres de distintos partidos y de la sociedad civil crearon el Grupo Plural de Mujeres Poblanas. De ese proceso surgieron el Programa Estatal de la Mujer y, en 1999, el Instituto Poblano de la Mujer, una experiencia pionera en la institucionalización de la perspectiva de género.

Mientras tanto, desde otra Puebla se construía una revolución menos estridente pero igualmente profunda. En 1977, cerca de 700 campesinos de la Sierra Nororiental se organizaron contra la carestía y el intermediarismo. Así nació, en Cuetzalan, Tosepan Titataniske: “Unidos venceremos”.

Lo que comenzó buscando productos básicos a precios justos se convirtió en uno de los modelos de cooperativismo indígena más importantes del país. Hoy agrupa a más de 48 mil personas socias, alrededor de 80 por ciento pertenecientes a pueblos originarios y 65 por ciento mujeres. Producción, ahorro, vivienda, salud, educación, telecomunicaciones y defensa del territorio forman parte de una misma idea: el poder de una comunidad capaz de organizarse a sí misma. Y nuevamente, las mujeres están en el centro.

Y desde la magnífica Sierra Norte, décadas después, Olimpia Coral Melo nació en Huauchinango. Convirtió una experiencia personal de violencia en una causa colectiva. Desde Puebla comenzó una batalla para nombrar algo que el derecho todavía no sabía reconocer: la violencia digital. En 2014 llevó su propuesta al Congreso poblano; en 2018 Puebla reformó su legislación y aquella lucha terminaría recorriendo México, América Latina y otras partes del mundo bajo un nombre que hoy conocen millones: Ley Olimpia.

Al mismo tiempo, Cecilia Monzón, abogada y activista feminista, consiguió en 2018 una resolución por violencia política en razón de género reconocida como la primera sanción de este tipo obtenida por una mujer en México. Este precedente jurídico resultó fundamental para visibilizar las múltiples formas de violencia que enfrentan las mujeres al participar en la vida pública y ejercer cargos de representación popular.

Su feminicidio en 2022 estremeció al país también por la dimensión política del acusado de ordenar su asesinato: Javier López Zavala había sido secretario de Gobernación, diputado y candidato del PRI a la gubernatura. El caso confrontó de manera brutal dos historias que conviven en Puebla: la del poder concentrado y la de las mujeres que se atreven a desafiarlo.

Helena Monzón defendió con todo la búsqueda de justicia por su hermana y colocó sobre la mesa una pregunta hasta entonces casi invisible: ¿qué ocurre con las niñas y los niños que quedan en orfandad por feminicidio cuando el responsable es su propio padre?

Así nació la Ley Monzón. En 2023, Puebla se convirtió en la primera entidad del país en aprobar una legislación para retirar la patria potestad a feminicidas y proteger a las infancias víctimas indirectas de este delito, garantizando así sus derechos, su bienestar emocional y su desarrollo integral frente a las consecuencias de la violencia feminicida.

De Carmen Serdán a Olimpia Coral; de las obreras textiles a Cecilia y Helena Monzón, hay un hilo que atraviesa más de un siglo de historia poblana: mujeres que disputaron el poder desde las armas, las fábricas, la academia, las instituciones, las leyes y las calles. Y muchas veces, lo que comenzó aquí terminó cambiando la conversación nacional.

Las calles, por supuesto, también guardan otras memorias de organización. En 2020, los asesinatos de los estudiantes de medicina Ximena Quijano, José Antonio Parada y Francisco Javier Tirado, junto con el conductor Josué Emmanuel Vital, en Huejotzingo, provocaron una movilización universitaria como pocas generaciones habían visto. BUAP, UPAEP y decenas de instituciones públicas y privadas marcharon juntas. Más de 80 contingentes ocuparon las calles y algunas estimaciones de los organizadores hablaron de hasta 170 mil participantes. Quienes salimos a marchar no olvidamos aquella toma inaudita de la ciudad.

Por unas horas dejaron de importar las etiquetas de universidad pública o privada. Puebla volvió a reconocerse como una comunidad organizada alrededor de una exigencia elemental: poder vivir con seguridad.

Por eso es difícil sostener que Puebla pertenece enteramente a una sola tradición política.

Más allá de la Puebla conservadora existe otra Puebla. La de las mujeres que deciden alzar la voz, organizarse y luchar con todo en contra. Está en Carmen Serdán y en las obreras textiles; en los universitarios del 61; en las feministas que comenzaron a estudiar a las mujeres cuando hacerlo significaba desafiar a la propia academia; en las comunidades masewal y tutunakú de la Tosepan; en Olimpia Coral; en Cecilia y Helena Monzón; en las estudiantes, artesanas, campesinas, productoras, colectivas, cooperativistas y defensoras del territorio.

Puebla también es tierra de caciques. Lo ha sido durante buena parte de su historia. Ha tenido élites capaces de concentrar poder económico, político y simbólico, y muchos de los liderazgos que hoy ocupan posiciones estratégicas tampoco cancelan esa tensión histórica.

Pero justamente por eso Puebla está en disputa. Porque frente al poder concentrado siempre ha existido otra tradición: la del pueblo organizado y, de manera extraordinaria, la de sus mujeres.

Mujeres que han abierto caminos que después recorrió el resto del país.

Por eso vale la pena cambiar la pregunta. ¿Puebla es conservadora? O, mejor dicho: ¿a quién le conviene que pensemos que lo es?

Presentar a Puebla como inevitablemente conservadora convierte una correlación de fuerzas en una identidad permanente. Empantana la posibilidad de transformación, hace parecer natural lo que siempre ha sido producto de una disputa, borra a quienes han desafiado al poder y convierte a las élites en representantes del todo.

Puebla nunca ha pertenecido por completo a los conservadores, a los caciques ni a sus élites.

Puebla vive en la contradicción de la disputa. Y quizá sea precisamente ahí, entre el poder que intenta conservarse y un pueblo que insiste en organizarse para transformarlo, donde radica su verdadera identidad.

Fragmentos de este ensayo se pronunciaron por la autora en un discurso inaugural del “Encuentro Nacional Mujeres construyendo igualdad y justicia social”, celebrado en San Roque el 15 de agosto de 2026 como décimo aniversario del MMR.