Jueves 27 de Agosto de 2026 |
Hay animales que apenas aparecen y ya tienen una sentencia encima. Una polilla revolotea cerca de una lámpara. Una araña se asoma detrás de un mueble. Un escarabajo entra por accidente a la casa. Un ciempiés atraviesa el patio. Entonces sucede algo muy humano: sentimos miedo, asco, desconfianza. Y muchas veces, antes siquiera de saber quién llegó a visitarnos, buscamos cómo matarlo. No hizo nada. No atacó. Quizá ni siquiera representa un peligro. Simplemente tuvo la mala fortuna de parecernos “desagradable”. Pienso mucho en esos pequeños animales. En los que no protagonizan campañas de conservación ni aparecen en calendarios con frases coquetas. Los que no tienen ojos enormes, pelaje suave o colores que nos resulten encantadores. Pienso en la polilla de alas pardas que descansa en una pared, en la araña paciente que teje en un rincón, en los murciélagos, los tlacuaches, los reptiles, los anfibios. En tantas vidas extraordinarias a las que rara vez concedemos el privilegio de llamar “bellas”. Y, sin embargo, basta mirarlas un poco más. Hay algo fascinante en las patas diminutas de un insecto, en la arquitectura imposible de una telaraña, en las alas de una polilla que, de cerca, parecen hechas de terciopelo y polvo. Hay cuerpos extraños, sí, pero también millones de años de evolución contenidos en ellxs. A nuestra tendencia a valorar de manera diferente a los animales según su apariencia se le suele llamar sesgo estético hacia los animales y también se habla de especismo estético. Es una expresión del especismo que vale la pena observar porque revela algo muy cotidiano: nuestra empatía no siempre se distribuye de la misma manera. Nos resulta más sencillo preocuparnos por aquello que reconocemos como hermoso. Una mariposa entra en casa y abrimos la ventana. Una polilla entra y buscamos el insecticida. ¿Por qué? No planteo la pregunta como reproche. Yo también he aprendido miedos y rechazos. Algunos vienen de muy lejos: de historias familiares (al abuelo que lo picó la serpiente), películas (¿Les suena Tiburón?), creencias populares (los gatos negros) o experiencias desagradables (un piquete de abeja). El miedo es una emoción legítima y hay especies frente a las cuales debemos mantener distancia. Cuidar la biodiversidad tampoco significa exponernos o arriesgarnos. Lo que sí podemos hacer es regalarnos unos segundos antes de reaccionar. Mirar. Averiguar. Preguntarnos si ese animal realmente supone una amenaza o simplemente nos produce una sensación incómoda. Descubrir si podemos acompañarlo hacia una ventana, cubrirlo cuidadosamente con un recipiente o simplemente dejarlo continuar su camino. Desde la cultura de paz, ese instante parece precioso. Porque la paz también tiene que ver con nuestra capacidad de contener una reacción y elegir una respuesta menos violenta cuando existe esa posibilidad. Y porque esos seres pequeños, raros, peludos, viscosos, oscuros o incomprendidos también sostienen el mundo que habitamos. Los insectos polinizan, descomponen materia orgánica, dispersan semillas, controlan poblaciones y alimentan a innumerables especies. Murciélagos, reptiles, anfibios, arácnidos y otros animales que suelen despertar rechazo participan en complejas redes ecológicas. No están aquí para gustarnos. Están aquí porque pertenecen. Tal vez ahí esté una de las ideas que más me conmueven. Una vida no necesita parecernos bonita para tener valor. Ni siquiera necesitamos aprender a amar a todos los animales. Sería una exigencia poco realista. Podemos seguir sintiendo miedo frente a una araña o estremecernos cuando algo con demasiadas patas corre inesperadamente por el piso. Pero entre amar y matar existe un territorio enorme. Podemos respetar. Podemos conocer. Podemos permitir vivir. Y quizá, de tanto mirar con otros ojos, ocurra algo todavía más bonito: que aquello que antes nos parecía horrible comience a resultarnos interesante. Que descubramos el brillo en el caparazón de un escarabajo, la delicadeza de una polilla o la admirable obstinación de una araña reconstruyendo su tela. Yo quiero pensar que ampliar nuestra idea de belleza también es ampliar nuestra capacidad de cuidado. Porque la naturaleza nunca prometió ser bonita para nosotrxs. Fue mucho más generosa: nos regaló un mundo diverso, extraño, diminuto, enorme, áspero, suave, inquietante y maravilloso. Y todxs, incluso lxs que no salimos en las fotos “bonitas”, tenemos un lugar en él.
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