Viernes 04 de Septiembre de 2026 |
Hay violencias que hacen ruido y otras que apenas crujen. Una rama que cae. Un árbol podado hasta quedar convertido en un tronco con muñones. Una jardinera cubierta de cemento. Otro árbol que desaparece porque estorbaba un anuncio, una cochera, unos cables o una banqueta nueva. Nada parece demasiado grave cuando ocurre de uno en uno. Quizá por eso nos hemos acostumbrado a ciertos pequeños ecocidios cotidianos. La palabra ecocidio suena enorme. Nos lleva a imaginar selvas incendiadas, mares contaminados o montañas destruidas. Pero una ciudad también puede ir perdiendo la vida poco a poco. Un árbol hoy. Un jardín mañana. Un terreno verde que se vuelve estacionamiento. Una calle entera sin sombra alguna. Hasta que un día llega abril, caminamos bajo el sol y nos preguntamos por qué hace tanto calor. Los árboles estaban tratando de explicárnoslo desde antes. Durante mucho tiempo los hemos considerado parte del decorado urbano. Algo bonito que se coloca entre el pavimento, los edificios, los coches y los anuncios. Si crecen demasiado, se podan. Si levantan la banqueta, se talan. Si sus hojas caen, ensucian y molestan. Si interfieren con una construcción, a veces parece más sencillo quitarlos. Pero un árbol no es mobiliario urbano. Está vivo. Y además trabaja muchísimo. Da sombra, captura carbono, retiene partículas contaminantes, ayuda a regular la temperatura, permite que el agua se infiltre en el suelo, amortigua ruido y ofrece alimento y refugio a aves, insectos y otros pequeños habitantes con quienes compartimos las ciudades. También hace algo más difícil de medir: vuelve amable un lugar. Pensemos en dos calles idénticas. Una tiene árboles y la otra no. ¿Por cuál preferiríamos caminar? No es solamente una cuestión de belleza. En ciudades cada vez más calientes, las áreas verdes son parte de nuestra infraestructura para enfrentar el cambio climático y el efecto de isla de calor. Necesitamos árboles de la misma manera en que necesitamos drenaje, transporte, banquetas o alumbrado. Y, sin embargo, seguimos perdiéndolos con una facilidad sorprendente. También los dañamos intentando cuidarlos. Una poda no es cortar todo lo que sobresale. Las podas excesivas pueden debilitar al árbol, favorecer enfermedades y reducir justamente los beneficios que esperamos de él. Plantar tampoco consiste únicamente en abrir un hoyo y colocar cualquier especie: importa cuál, dónde, cuánto espacio tendrá para crecer y quién cuidará de él durante los siguientes años. Porque plantar árboles es relativamente sencillo. Lograr que lleguen sanos a viejos es otra historia. Quizá ahí necesitamos cambiar nuestra manera de mirar el arbolado urbano. No pensar solamente en cuántos árboles sembraremos, sino en cuántos conseguiremos conservar. No celebrar únicamente las jornadas de reforestación, sino aprender a cuidar los árboles adultos que ya nos regalan décadas de crecimiento. Y también permitirnos preguntar: ¿por qué van a podar ese árbol? ¿Realmente necesita ser derribado? ¿Quién cuida los árboles de nuestra calle? ¿Podemos tener más? No hace falta convertirse en especialista para interesarse por el pedacito de naturaleza que comienza afuera de nuestra puerta. Eso también es participación ciudadana. Y también es Cultura de Paz. Porque la paz tiene mucho que ver con aprender a convivir y cuidar aquello que compartimos, incluso cuando no tiene voz para pedirnos que lo cuidemos. Una ciudad necesita edificios, calles, viviendas, comercio, transporte y desarrollo. Pero también necesita sombra. Necesita suelo que todavía pueda beber agua. Necesita pájaros. Necesita insectos. Necesita lugares donde sentarse debajo de algo vivo. Necesita árboles grandes, viejos, jóvenes y recién plantados. Muchos. Quizá deberíamos dejar de preguntarnos cuánto espacio podemos concederles dentro de nuestras ciudades y comenzar a preguntarnos cuánto espacio necesitamos devolverles. Mañana, cuando salgamos de casa, podríamos mirar el árbol más cercano. No hace falta abrazarlo. Solo mirarlo. Tal vez lleva veinte, treinta o cincuenta años ahí, haciendo silenciosamente su parte para que nuestra calle sea un poquito más habitable. Y entonces aparece una de esas preguntas sencillas que suelen guardar asuntos bastante grandes: si los árboles llevan tantos años cuidando nuestras ciudades, ¿cuándo vamos a empezar a construir ciudades que también sepan cuidar de ellos? Y para cuidar, primero hay que conocer. En la entidad, Árboles Patrimoniales de Puebla lleva años trabajando para conocer, reconocer y proteger a esos habitantes silenciosos de nuestra ciudad. Acércate a su trabajo, aprende y pregunta cómo puedes ayudar. Aquí puedes consultar su perfil en Facebook. Porque quizá una ciudad más verde comienza por algo muy sencillo: mirar un árbol y decidir que importa.
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