Viernes 04 de Septiembre de 2026

Ocho años después, Morena ya no puede seguir hablando del pasado para justificar el presente. Llegaron prometiendo una transformación profunda. Dijeron que acabarían con la desigualdad, que pondrían primero a quienes menos tenían y que las nuevas generaciones tendrían oportunidades que antes les habían sido negadas.

Pero hoy, ocho años después, millones de jóvenes siguen enfrentando las mismas preguntas: ¿dónde voy a estudiar?, ¿dónde voy a trabajar?, ¿cómo voy a independizarme?, ¿cómo voy a construir un futuro sin tener que irme de mi ciudad o incluso de mi país?

Y ese es el problema: durante años se ha confundido apoyar con transformar.

Nadie puede estar en contra de una beca, de un programa de capacitación o de un apoyo económico para quien lo necesita. Sería absurdo. Los programas sociales son necesarios y deben existir. Pero un gobierno que realmente busca cambiar al país no puede conformarse con depositar dinero mientras las causas de fondo permanecen intactas.

Una beca no sirve de mucho si un joven termina sus estudios y no encuentra un empleo digno. Un programa de capacitación pierde sentido si, después de concluirlo, la única opción sigue siendo la informalidad. Un apoyo económico no transforma una vida si la persona sigue sin acceso a salud mental, vivienda, oportunidades de emprendimiento o condiciones para construir un proyecto de vida.

El problema nunca ha sido ayudar. El problema es convertir la ayuda en el destino.

Las juventudes no necesitan que el gobierno administre permanentemente sus carencias. Necesitan que construya las condiciones para superarlas.

Porque mientras se presume una transformación, México sigue teniendo millones de jóvenes atrapados entre salarios bajos, empleos precarios, informalidad y falta de oportunidades. Jóvenes que estudian una carrera y terminan trabajando en algo completamente distinto. Jóvenes que quieren emprender, pero no tienen acceso a financiamiento ni acompañamiento. Jóvenes que enfrentan ansiedad, depresión y adicciones en un país donde la atención a la salud mental sigue siendo insuficiente.

Y entonces vale la pena preguntar: ¿dónde está la transformación de raíz?

¿En cuántos jóvenes que recibieron un apoyo y lograron después acceder a un empleo formal? ¿En cuántos pudieron independizarse? ¿En cuántos lograron iniciar un negocio? ¿En cuántos encontraron oportunidades sin tener que abandonar su comunidad?

Porque repartir recursos puede ser una política social. Pero crear movilidad social es una política de futuro.

Ocho años después, México necesita dejar de medir el éxito de un gobierno por el número de tarjetas entregadas y comenzar a medirlo por las oportunidades que realmente genera.

Una beca debería ser el inicio de una carrera profesional, no el único vínculo de un joven con el Estado. Un programa de capacitación debería terminar en un empleo digno. Un apoyo económico debería convertirse en autonomía.

La política social debe ser un puente, no una cadena.

El verdadero éxito de un gobierno no debería ser que una persona necesite un programa durante toda su vida. El éxito debería ser que, gracias a las oportunidades generadas, algún día ya no tenga que depender de él.

Esa es la diferencia entre combatir la pobreza y administrar la pobreza.

Y México necesita discutirlo con seriedad.

Porque las juventudes no queremos vivir esperando el siguiente depósito. Queremos estudiar, trabajar, emprender, viajar, innovar, comprar una casa, formar una familia, si así lo decidimos, y construir nuestra propia historia.

Queremos oportunidades, no dependencia. Queremos futuro, no discursos.

Queremos gobiernos que entiendan que invertir en los jóvenes no es solamente entregarles un recurso económico, sino garantizarles herramientas para competir, crecer y decidir sobre su propia vida.

Ocho años después, ya no basta con culpar al pasado. Después de ocho años, las causas que afectan a las juventudes deberían estar siendo atendidas de raíz.

Y si seguimos teniendo jóvenes sin empleo digno, sin acceso a vivienda, sin atención suficiente a su salud mental y sin oportunidades reales para salir adelante, entonces la pregunta es inevitable:

¿Dónde está la transformación?

Porque una generación no puede vivir eternamente de promesas.

Y porque la verdadera justicia social no consiste en que los jóvenes dependan del gobierno.

La verdadera transformación será el día en que los jóvenes ya no necesiten que el gobierno les prometa un futuro, porque tendrán las herramientas para construirlo por sí mismos.

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