Lunes 07 de Septiembre de 2026

Este complejo arquitectónico del siglo XVI fue hospital, fue hospicio y, finalmente, fue espacio de reclusión psiquiátrica exclusivo para mujeres. Los documentos históricos que sobreviven clasifican a sus internas con palabras que hoy resultan brutales: ‘distinguidas’, ‘asiladas’, ‘epilépticas’, ‘degeneradas’, ‘locas’: cuatro categorías administrativas y una sentencia. En Puebla, durante mucho tiempo bastó con llamar ‘loca’ a una mujer para anularla por completo.

Es difícil saber, a más de un siglo de distancia, cuántas de esas mujeres fueron correctamente diagnosticadas y cuántas fueron interpretadas desde los prejuicios médicos y sociales de su época. Lo que sí sabemos es que la locura, tal como se documentó en San Roque, no era solo una condición clínica: era una frontera. Una línea que dividía a las mujeres ‘aceptables’ de las que no lo eran, trazada casi siempre por hombres —médicos, jueces, esposos, padres— que decidían qué comportamiento merecía un diagnóstico y cuál merecía, simplemente, obediencia.

¿Cuántas mujeres fueron consideradas enfermas porque una sociedad profundamente patriarcal carecía de palabras para nombrar su rebeldía: su inteligencia, su deseo, su tristeza, su sexualidad, o simplemente su negativa a obedecer?

Tal vez alguna habló demasiado. Tal vez otra se negó a casarse. Tal vez una más quiso estudiar, o amó a quien no debía, o simplemente dejó de sonreír cuando se esperaba que sonriera. Tal vez alguna, en efecto, estaba profundamente enferma y necesitaba cuidados que su época no sabía ofrecer. Y tal vez, alguna, simplemente, dijo que no.

No conocemos todos sus nombres. Y es precisamente por eso que importa recordarlas.

La memoria feminista o —genealogías feministas— no consiste en hablar por quienes ya no pueden hacerlo. Consiste, sobre todo, en reconocer los silencios que dejaron las instituciones, y en preguntarnos quién tuvo históricamente el poder de decidir qué mujer era cuerda, qué mujer era decente y qué mujer debía ser anulada. Ese poder de nombrar —y de encerrar en el nombre— nunca fue neutral. Fue, y sigue siendo, político.

Por eso hay una cuestión extraordinariamente poderosa en que las puertas de San Roque se abran hoy para recibir a mujeres que vienen, precisamente, a hablar. Militantes, fundadoras, dirigentes, artesanas, cooperativistas, trabajadoras, jóvenes: mujeres que llegan con historias distintas pero con una certeza compartida —ninguna transformación profunda puede construirse sin nosotras.

Donde hubo clasificación, habrá diversidad. Donde hubo aislamiento, habrá encuentro. Donde hubo silencio, habrá palabra.

Donde durante tantos años la sociedad encerró aquello que decidió llamar locura, hoy cientos de mujeres podemos reivindicar otra forma de nombrar esa antigua desobediencia. No la ignoramos. La reconocemos, mirando sus muros, recorriendo sus patios, hablando sobre quienes estuvieron aquí antes que nosotras.

Y hacemos, además, algo radicalmente distinto: organizarnos juntas.

San Roque fue, durante generaciones, el lugar donde las voces de muchas mujeres quedaron detrás de una puerta. Hoy es, por fin, un lugar para escucharlas.

La autora pronunció una primera versión de este texto como discurso inaugural del “Encuentro Nacional Mujeres construyendo igualdad y justicia social” celebrado en San Roque el 15 de agosto de 2026 como décimo aniversario del MMR.