Martes 08 de Septiembre de 2026

El problema de nuestro tiempo no es solamente económico, político o tecnológico. Es, sobre todo, un problema de liderazgo.

Hemos venido diciendo consistentemente, en este espacio, que tenemos organizaciones extraordinariamente sofisticadas y dirigidas, muchas veces, por personas que no han aprendido a dirigirse a sí mismas.

Tenemos sociedades hiperconectadas incapaces de encontrarse. Tenemos acceso inmediato al conocimiento y, al mismo tiempo, una enorme dificultad para distinguir entre información, opinión, propaganda y verdad.

Por eso considero que el liderazgo del siglo XXI enfrenta cuatro grandes retos.

PRIMER RETO

El primero es liderar organizaciones.

Durante demasiado tiempo confundimos dirigir con administrar, liderazgo con jerarquía y autoridad con posición. Pero ocupar una oficina, recibir un nombramiento o tener personas a cargo no convierte automáticamente a nadie en líder. Tampoco tener un MBA, un doctorado o muchos diplomados…

Las organizaciones contemporáneas necesitan resultados, por supuesto, pero también confianza, propósito, cultura, innovación, comunicación y sentido de pertenencia.

Una empresa puede tener excelentes indicadores financieros y estar destruyéndose por dentro; puede vender más y perder a su mejor talento; puede crecer mientras deteriora la salud de sus colaboradores y puede presumir valores en las paredes mientras recompensa exactamente las conductas contrarias.

El liderazgo comienza cuando entendemos que las organizaciones no son organigramas: son comunidades humanas.

SEGUNDO RETO

El segundo desafío es liderar el cambio.

Heráclito de Éfeso lo comprendió hace siglos: lo único constante es el cambio.

Pero probablemente ninguna generación haya experimentado tantos cambios simultáneos como la nuestra.

Estamos viviendo una transformación generacional, tecnológica, geopolítica, económica, cultural y jurídica.

La inteligencia artificial modifica profesiones enteras. Las nuevas generaciones cuestionan formas tradicionales de trabajar. El equilibrio internacional se transforma. Cambian las regulaciones, las relaciones laborales, las formas de consumir, de aprender, de relacionarnos y hasta de comprender nuestra propia identidad.

El problema no es que las cosas estén cambiando.

El problema es pretender conducir el futuro con mapas que fueron diseñados para otro mundo.

Liderar el cambio exige aprender permanentemente, cuestionar nuestras certezas y tener la humildad suficiente para reconocer que aquello que nos trajo hasta aquí no necesariamente nos llevará hacia adelante.

Pero adaptarse no significa renunciar a los principios.

Podemos cambiar las herramientas sin perder la brújula.

Y ahí aparece el tercer desafío…

TERCER RETO

Liderar el contexto. En el “argot” le llamamos VICA, es decir, un contexto que es al mismo tiempo volátil, además incierto, complejo y ambiguo.

Zygmunt Bauman utilizó la expresión modernidad líquida para describir sociedades en las que las estructuras que antes ofrecían estabilidad parecen desvanecerse.

A esa liquidez se suma una profunda crisis de referentes.

Ya que hoy todo parece discutible, todo depende y todo puede reinterpretarse a según de ideologías e intereses.

La opinión personal amenaza con ocupar el lugar de los hechos y la conveniencia intenta sustituir a los principios.

En medio de esa niebla cultural, el líder tiene una responsabilidad fundamental: ser referencia.

No porque posea todas las respuestas, sino porque conserva una brújula.

Necesitamos volver a llamar a las cosas por su nombre.

  • Honrar la ciencia cuando habla la ciencia.
  • Honrar la biología cuando habla la biología.
  • Honrar la filosofía cuando nos obliga a formular las preguntas profundas.
  • Y honrar la ética cuando nuestras decisiones afectan la dignidad y la vida de otras personas.

El verdadero liderazgo no consiste en acomodar nuestras convicciones a cada audiencia. Consiste en aprender a dialogar sin convertir la verdad en mercancía.

CUARTO RETO

El cuarto desafío posiblemente sea el más difícil: liderarse a uno mismo.

Antes de pretender cambiar una empresa, una institución o un país, existe un territorio mucho más cercano que debemos aprender a gobernar: nosotros mismos.

  • Nuestras emociones.
  • Nuestros hábitos.
  • Nuestros deseos.
  • Nuestro ego.
  • Nuestros miedos.
  • Nuestra ambición.
  • Nuestra lengua.
  • Nuestras decisiones cuando nadie nos observa.

Conócete a ti mismo, decía aquella antigua inscripción en Delfos.

Milenios después continúa siendo uno de los programas de liderazgo más exigentes que existen.

Porque dirigir personas sin conocerse a uno mismo puede convertirse fácilmente en manipulación y tener poder sin carácter es peligroso.

Porque toda inteligencia sin ética puede ser devastadora y el conocimiento sin prudencia nunca garantiza sabiduría.

Ulises tuvo que pedir que lo amarraran al mástil para resistir el canto de las sirenas.

Quizá una de las imágenes más poderosas para comprender la ética sea precisamente esa.

Hay momentos en los que no basta saber qué es correcto. Tenemos que construir hábitos, instituciones, compromisos y límites que nos ayuden a permanecer fieles a aquello que alguna vez decidimos que era importante.

Todos tenemos sirenas.

  • El dinero.
  • El poder.
  • El reconocimiento.
  • La vanidad.
  • El placer.
  • La comodidad.
  • La pertenencia.
  • El miedo a quedarnos solos.

La pregunta del liderazgo no es si alguna vez escucharemos su canto; la pregunta es a qué nos hemos amarrado antes de escucharlo.

¿Y entonces qué hacemos?

La respuesta que yo tengo es formar nuevos cuadros de liderazgo.

No podemos continuar lamentándonos por la ausencia de buenos líderes mientras dejamos de formar a quienes deberán sustituirlos.

Necesitamos hacer atractivo nuevamente el mensaje del esfuerzo, del conocimiento, de la responsabilidad, del servicio, de la verdad y de la ciudadanía.

Tenemos que volver a hacer deseable aquello que construye.

Y quizá también tengamos que volver a Ítaca, porque Ítaca representa el regreso a casa, al hogar. Ítaca es el lugar donde recordamos quiénes somos.

Durante miles de años la humanidad se reunió alrededor del fuego. Allí transmitimos historias, experiencias, advertencias y conocimientos. Aquella conversación alrededor de la hoguera fue también parte de nuestra revolución cognitiva.

Mucho antes de nuestros teléfonos inteligentes, hubo seres humanos capaces de observar el cielo, contar historias, cooperar, imaginar el futuro y construir comunidades.

Tenemos que volver a honrar al Sapiens que existe dentro del Homo.

  • Pensar.
  • Discernir.
  • Preguntar.
  • Escuchar.
  • Aprender.
  • Y también participar.

Porque una democracia no puede sobrevivir solamente con espectadores.

La ciudadanía organizada sigue siendo uno de los mejores contrapesos frente al abuso del poder. Hay que participar en asociaciones, universidades, empresas, comunidades, organismos intermedios y organizaciones civiles.

Hay que salir a votar, a informarse y a cuestionar.

Hay que aprender a reconocer las medias verdades, las promesas imposibles y las patrañas de quienes descubren que gobernar emociones resulta más sencillo que argumentar razones.

Pero no podemos responder a los malos políticos con apatía.

Ni al populismo con ingenuidad.

Ni a la corrupción con resignación.

También necesitamos resignificar nuestra historia.

México no puede continuar explicándose solamente desde la narrativa de la víctima, del conquistado o del condenado por su pasado.

Conocer nuestras heridas es indispensable.

Vivir permanentemente dentro de ellas es otra cosa.

Una sociedad madura reconoce su historia, aprende de ella y decide qué hacer con lo que recibió.

Resignificar no significa negar el pasado, significa impedir que el pasado determine nuestro futuro.

Finalmente, necesitamos recuperar algunas palabras que parecen sencillas, pero contienen una extraordinaria fuerza revolucionaria:

  • Escuchar.
  • Ser humildes.
  • Servir.

La humildad intelectual para aceptar que podemos estar equivocados, la capacidad de escuchar antes de responder y el servicio como criterio último del liderazgo.

Porque liderar nunca debería significar utilizar a las personas para alcanzar nuestros objetivos. Debería significar utilizar nuestros talentos para ayudar a que las personas y las comunidades puedan alcanzar los suyos.

Vivimos tiempos difíciles.

Habrá razones para indignarnos.

Habrá momentos de incertidumbre.

Habrá decepciones políticas, empresariales y sociales.

Pero existe algo que no debemos permitir, como ya lo dijimos en la columna anterior, que nos arrebaten: el ánimo.

Perder el ánimo es comenzar a entregar el alma.

Y quizá esa sea una de las grandes batallas de nuestro tiempo.

No podemos permitir que la corrupción nos vuelva corruptos, que la mentira nos vuelva mentirosos, que la polarización nos vuelva intolerantes, que el cinismo nos vuelva indiferentes y que los “pseudoliderazgos” nos convenzan de que ya no vale la pena intentar el cambio.

No.

Precisamente porque el tiempo es difícil necesitamos mejores líderes, porque existe oscuridad necesitamos personas capaces de encender pequeñas hogueras.

Precisamente porque vivimos rodeados de ruido necesitamos personas capaces de pensar.

El futuro no está escrito y nunca lo estuvo.

Será construido por quienes tengan el valor de participar en él.

Tal vez no podamos cambiar todo.

Pero podemos comenzar gobernando aquello que sí está en nuestras manos: nuestras decisiones, nuestras palabras, nuestras organizaciones, nuestras familias y nuestra manera de participar en la sociedad.

Y desde ahí comenzar nuevamente el viaje.

  • Con inteligencia.
  • Con ciencia.
  • Con filosofía.
  • Con ética.
  • Con valentía.
  • Sin perder el ánimo.

Y siempre recordando dónde está Ítaca.