Miércoles 09 de Septiembre de 2026 |
México tiene una relación, por decir, curiosa con sus migrantes: los queremos para mandar dólares, los buscamos para votar, los llamamos héroes cuando sostienen a millones de familias y presumimos que nuestra nación trasciende las fronteras. Sin embargo, ahora queremos decirles que tener dos nacionalidades puede significar tener dos lealtades. Esa contradicción está en el corazón de la iniciativa presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum para que quien aspire a la Presidencia de la República o a una gubernatura tenga solamente la nacionalidad mexicana al momento de registrarse como candidata o candidato. La propuesta parte de una premisa aparentemente irrebatible y/o inocente: que quien gobierne el país o un estado de la federación debe tener como interés superior a México. Hasta ahí, todos de acuerdo. El problema comienza cuando se presume que un segundo pasaporte pone ese compromiso bajo sospecha o en tela de juicio, como si un documento pudiera, por sí mismo, dar constancia de lealtad y patriotismo. La nación mexicana no termina en la frontera del río Bravo. En Estados Unidos viven alrededor de 10.9 millones de personas nacidas en México y, si ampliamos la mirada hacia quienes tienen origen mexicano, hablamos de aproximadamente 37.4 millones de personas. Es una comunidad gigantesca formada por migrantes, hijos y nietos que mantienen vínculos familiares, culturales, económicos y, en muchos casos, jurídicos con nuestro país. Esa comunidad-nación extraterritorial no es sólo una construcción romántica; tiene una arista económica brutal. De acuerdo con el Banco de México, durante 2025 ingresaron al país 62 mil 472 millones de dólares en remesas, recursos generados por el trabajo de mexicanos fuera de nuestras fronteras y que terminan pagando alimentos, vivienda, educación, salud y consumo en miles de comunidades de nuestro territorio. Para recibir sus dólares nunca preguntamos cuántas nacionalidades tienen, ni tampoco lo hacemos cuando queremos sus votos. México lleva años construyendo instituciones para acercar electoralmente a quienes viven fuera del territorio nacional. El INE ha desarrollado campañas de credencialización, difusión y promoción del voto desde el extranjero y creó mecanismos para sufragar por internet, correo y de manera presencial en los consulados. En la elección presidencial de 2024 participaron 184 mil 326 mexicanos desde el exterior, casi el doble que seis años antes. Para los procesos locales de 2027, el propio Instituto continúa trabajando para que los mexicanos residentes fuera del país puedan participar en elecciones de gubernaturas y diputaciones migrantes. Aquí es donde nuevamente el discurso entra en una doble moral. Les decimos por todas las vías de comunicación posibles: México también es suyo, participen, voten, manden su dinero, mantengan vivas sus comunidades, defiendan nuestra cultura, bla, bla, bla. Pero, si alguno pretende alcanzar la máxima responsabilidad política, su segunda nacionalidad se convierte repentinamente en una duda sobre su lealtad. La presidenta ha argumentado que una persona con doble nacionalidad se identifica con dos naciones y que quien gobierna debe tener un solo interés: México. Su tesis se vende como defensa de la soberanía; aunque, en el razonamiento, tiene un preocupante aroma chovinista al convertir una condición jurídica en una prueba moral. Tener exclusivamente la nacionalidad mexicana jamás ha garantizado honestidad, patriotismo, capacidad o lealtad. Nuestra historia política ofrece suficientes, constantes, abundantes, presentes y cotidianos ejemplos de mexicanos con un solo pasaporte que saquearon al país, traicionaron la confianza pública o pusieron intereses personales por encima del interés nacional. Y frente a ellos también existen millones de mexicanas y mexicanos fuera del territorio que, teniendo otra ciudadanía, conservan un compromiso extraordinario con México. La iniciativa tiene una precisión importante: no excluye definitivamente a quien posee doble nacionalidad, sino que establece que deberá renunciar a la otra antes de registrar su candidatura. Eso disminuye relativamente el carácter restrictivo de la propuesta, pero no resuelve la pregunta de fondo: ¿por qué asumimos que dos nacionalidades significan dos lealtades? La nación mexicana del siglo XXI ya no puede definirse exclusivamente mediante fronteras, así como ser mexicano no debería medirse contando pasaportes. Porque servir a México no depende de tener nacionalidad doble, triple o única. Depende de algo bastante más difícil de legislar: educación cívica, honestidad, empatía, responsabilidad, respeto a la ley y amor por el país. Si realmente queremos proteger a México, quizá deberíamos preocuparnos menos por la cantidad de nacionalidades de nuestros gobernantes y bastante más por la calidad de sus lealtades. |