Miércoles 09 de Septiembre de 2026 |
Hay ciudades que nos enseñan a habitarlas. Lo hacen desde sus bibliotecas y museos, pero también desde una función de teatro en un barrio, un concierto en una plaza, un taller para niñas y niños, una compañía independiente, un cineclub o un pequeño foro que consigue mantenerse abierto contra todas las dificultades. La vida cultural de una ciudad o de una comunidad no es solamente aquello que hacemos durante nuestro tiempo libre. También es una forma de educación, una herramienta de desarrollo social y una manera de aprender a vivir juntxs. La UNESCO ha insistido en la relación entre cultura, educación, desarrollo sostenible y construcción de paz. Acceder a las artes y participar de la vida cultural favorece la creatividad y el pensamiento crítico, pero también permite conocer otras maneras de entender el mundo, fortalecer identidades, preservar memoria y generar espacios de diálogo. Participar en la cultura, además, es un derecho. Esto cambia bastante la conversación sobre para qué sirve la cultura. Un museo no es solamente un edificio que recibe visitantes. Una biblioteca no es un almacén de libros. Un festival no debería reducirse a una sucesión de espectáculos. Y una política cultural no puede medirse únicamente contando eventos, fotografías, asistentes o likes en redes sociales. Estamos hablando de las oportunidades que una persona tiene para ampliar su mundo. Una niña que descubre el teatro, un adolescente que encuentra un espacio donde hacer música o una comunidad que recupera una plaza para crear y encontrarse están viviendo procesos capaces de modificar su relación con los demás y con el territorio. En un México atravesado por distintas formas de violencia, esta dimensión adquiere todavía mayor importancia. El actual Gobierno de México ha colocado la atención a las causas de la violencia dentro de su estrategia de seguridad y ha incorporado actividades culturales, recuperación del espacio público y acciones comunitarias entre las herramientas para fortalecer el tejido social y construir paz. La idea merece atención: frente a una emergencia de violencia, la cultura también puede formar parte de la respuesta del Estado. No porque una obra de teatro vaya a detener la delincuencia ni porque un taller artístico sustituya las responsabilidades de seguridad, justicia, educación o combate a la desigualdad. Su potencial está en otro lugar. Está en generar pertenencia. En recuperar espacios para la comunidad. En permitir que niñas, niños y jóvenes descubran capacidades y futuros que quizá su entorno inmediato no les estaba ofreciendo. Está en aprender cooperación, diálogo, creación colectiva y maneras no violentas de relacionarnos. La cultura de paz también se construye así: mucho antes de que aparezca un conflicto. Y esta conversación resulta particularmente importante cuando miramos a México más allá de sus grandes capitales. Nuestro país posee una enorme riqueza cultural en sus estados, municipios, pueblos y comunidades. Sin embargo, las oportunidades de acceder a una oferta cultural diversa, permanente y con un nivel de producción y contenido significativos siguen distribuyéndose de manera desigual. Hay lugares donde asistir regularmente al teatro, visitar una exposición, acceder a formación artística, encontrar una biblioteca activa o participar en actividades culturales continúa siendo excepcional. Ese también es un rezago. Las desigualdades entre territorios no se expresan únicamente en ingreso, infraestructura, salud o educación. También existen desigualdades en las posibilidades de imaginar, crear, aprender, expresarse y participar de la vida cultural. Y cerrar esa brecha requiere mucho más que llevar ocasionalmente un espectáculo a una comunidad. Requiere formar públicos, fortalecer artistas locales, descentralizar recursos, mantener espacios dignos, trabajar con escuelas y comunidades, generar programas permanentes y construir proyectos capaces de sobrevivir a los cambios de administración. En otras palabras: requiere gestión cultural profesional y política cultural de largo plazo. Y aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿quiénes están tomando esas decisiones? Si aceptamos que la cultura puede contribuir al desarrollo educativo, la prevención de las violencias, la recuperación del espacio público, la cohesión comunitaria y la reducción de desigualdades, entonces las instituciones encargadas de ella no pueden considerarse áreas menores de gobierno. Mucho menos podemos asumir que cualquier perfil puede dirigirlas. No significa que quien encabece una institución cultural deba necesariamente ser artista. Significa que debe conocer el sector, entender el territorio y contar con experiencia y capacidades para diseñar políticas públicas culturales. Porque una mala política cultural también profundiza desigualdades. Una gestión basada solamente en eventos puede producir muchas fotografías, escenarios llenos y cifras de asistencia. Una política cultural bien diseñada puede dejar algo mucho más importante: niñas y niños formándose durante años, nuevos públicos, artistas locales fortalecidos, espacios recuperados, comunidades organizadas y proyectos que permanecen. Y fuera de las grandes capitales esta diferencia puede ser enorme. En muchos estados y ciudades de México, buena parte de la vida cultural continúa sosteniéndose gracias a artistas, compañías, gestoras y gestores, colectivos, talleristas, promotores y espacios independientes que trabajan con recursos limitados y aun así generan propuestas valiosas para sus comunidades. Su trabajo merece reconocimiento. Pero la capacidad de resistencia de la comunidad artística no debería convertirse en una excusa para la debilidad de las instituciones culturales. Si queremos que la cultura ayude a superar rezagos y ofrecer alternativas frente a la violencia, necesitamos instituciones capaces y personas preparadas para conducirlas. Una sociedad necesita seguridad y justicia cuando la violencia ocurre, pero necesita educación, comunidad, oportunidades y cultura mucho antes. Necesita lugares donde encontrarse antes que aprender a temernos. Necesita ofrecer futuros posibles antes de preguntarse por qué algunas personas sienten que no tienen uno. Por eso deberíamos dejar de preguntar solamente cuántos festivales, conciertos o exposiciones organiza una ciudad y comenzar a formular una pregunta más exigente: ¿Qué oportunidades y futuros estamos construyendo a través de nuestra política cultural? Porque cuando la cultura se toma en serio deja de ser el adorno y merengue de la administración pública. Se convierte en una herramienta que hace posible la paz.
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