Viernes 11 de Septiembre de 2026

Durante mucho tiempo, una parte de la derecha mexicana encontró una forma sencilla de relacionarse con los influencers de izquierda: ignorarlos o ridiculizarlos como personajes de internet cuya influencia estaba limitada a una burbuja de jóvenes y usuarios de redes sociales. Parecía que, frente a partidos, medios de comunicación y políticos profesionales, estos personajes tenían poca relevancia. Pero algo cambió.

Hoy, algunos de ellos tienen comunidades propias, audiencias masivas y, sobre todo, capacidad para colocar temas en la conversación pública. El caso de Diego Ruzzarín es un buen ejemplo: su presencia en un evento y la discusión sobre un contrato fueron suficientes para provocar una reacción considerable.

Y aquí aparece una primera paradoja: ¿Es para la derecha atacar a Diego Ruzzarín realmente necesario? ¿Por qué buscar en esas figuras tanta reacción? El punto no es defenderlo de cualquier crítica. Si existe alguna irregularidad en un contrato, un conflicto de interés o un uso indebido de recursos públicos, debe investigarse y documentarse. Pero otra cosa es convertir en argumento político el simple hecho de que alguien cobre por su trabajo. Si realizó una actividad profesional y recibió una remuneración por ella, cobrar no constituye, por sí mismo, una contradicción ideológica.

De hecho, resulta curiosa la obsesión por cuánto cobra. Incluso Carlos Muñoz ha utilizado ese argumento para cuestionarlo. Parecería que cuando alguien de izquierda tiene éxito económico, algunos sectores descubren una contradicción moral que no necesariamente aplican a quienes están en la derecha.

Pero la discusión debería ser otra: no importa únicamente cuánto gana alguien, sino cómo lo gana. La izquierda marxista nunca planteó simplemente que una persona que recibe dinero por su trabajo deja de ser de izquierda; su crítica está dirigida a las relaciones de producción, la apropiación de la riqueza y las estructuras de poder económico. Defender una posición de izquierda no obliga a nadie a trabajar gratis.

Lo verdaderamente interesante, entonces, no es Ruzzarín como persona, sino el fenómeno que representa. Los influencers políticos están ocupando un espacio que durante décadas perteneció casi exclusivamente a partidos, periódicos, televisión y organizaciones políticas. Construyen comunidades, hablan directamente con sus audiencias y pueden instalar temas sin pasar por los intermediarios tradicionales. No significa que todo influencer tenga capacidad electoral, ni que una audiencia digital se traduzca automáticamente en votos; significa que la formación de opinión política ya no está concentrada en los mismos actores de antes.

Y aquí la reacción de la derecha resulta particularmente reveladora. Aquellos que durante años presentaron a estos personajes como irrelevantes ahora les dedican videos, columnas, críticas y tiempo. Paradójicamente, al intentar demostrar que no tienen influencia, terminan reconociendo que sí la tienen. Esto no es exclusivo de la izquierda: también existen influencers y comunicadores digitales de derecha con capacidad para movilizar comunidades. La transformación es política y tecnológica al mismo tiempo. El poder ya no necesariamente necesita un cargo, una curul o una pantalla de televisión; en ocasiones basta con tener una audiencia propia capaz de escuchar, compartir y reproducir un mensaje.

Por eso quizá la discusión más importante no sea cuánto cobra Diego Ruzzarín, sino por qué su influencia comienza a incomodar tanto. Los influencers no deberían estar por encima de la crítica: sus ideas, contratos y fuentes de financiamiento deben someterse al mismo escrutinio que los de cualquier otro actor público. Pero tampoco deberían ser juzgados bajo el supuesto de que alguien de izquierda debe ser pobre para ser coherente.

La verdadera prueba para todos debería ser la misma: que las ideas soporten el debate, que los contratos soporten el escrutinio y que la influencia soporte la crítica. Porque quizá la noticia no sea que los influencers de izquierda se volvieron poderosos; la noticia es que quienes decían que eran irrelevantes ahora están haciendo todo lo posible por demostrar cuánto les importan.

Es gracioso porque es cierto: los critican quienes los hicieron famosos.