Lunes 14 de Septiembre de 2026

No quiero convertirme en el Grinch de las fiestas patrias.

Me gusta México. Me emociona nuestra bandera, me conmueve escuchar el Himno Nacional y me enorgullecen muchas cosas de este país. Precisamente por eso, mañana no quiero limitarme a gritar.

Tengo una pregunta incómoda:

¿De qué sirve gritar “¡Viva México!” una noche si permanecemos callados los otros 364 días del año?

Quizá uno de nuestros problemas es que aprendimos a celebrar la historia mucho mejor que a comprenderla.

Durante décadas nos enseñaron un relato poblado de héroes y villanos: conquistadores contra indígenas, liberales contra conservadores, revolucionarios contra reaccionarios, pueblo contra poderosos. Cada generación política acomodó el pasado para justificar su presente.

La historia oficial también fue una poderosa herramienta de construcción del Estado. El muralismo de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco llevó a los muros públicos una interpretación en la que revolución, desigualdad, explotación, pueblo y lucha social ocupaban el centro.

No digo que esa visión sea falsa. Digo que es una interpretación.

Una nación madura debe ser capaz de escuchar otras. Leer a Enrique Krauze, por ejemplo, permite observar el peso de los liderazgos personalistas en nuestra cultura política. Conocer distintas versiones de la Conquista, la Independencia o la Revolución obliga a cuestionar la costumbre de dividir la historia entre buenos y malos.

Tal vez el problema más peligroso no sean los villanos que nos enseñaron a odiar, sino nuestra necesidad permanente de encontrar uno.

  • España.
  • Los conservadores.
  • Los ricos.
  • Los pobres.
  • Los empresarios.
  • Los gringos.
  • El PRI.
  • El PAN.

     

Siempre alguien más.

Del régimen hegemónico a la alternancia

Después de la Revolución construimos un régimen que logró ordenar la sucesión presidencial tras décadas de levantamientos, guerras y conflictos armados. Pero aquella estabilidad tuvo un precio.

El PRI gobernó durante más de siete décadas mediante un sistema hegemónico que conservaba elecciones e instituciones formales, aunque durante buena parte del siglo XX la competencia política estuvo profundamente desequilibrada.

1988 permanece como una de las grandes heridas de nuestra historia electoral. La llamada “caída del sistema”, las irregularidades y las acusaciones en torno a aquella elección deterioraron la legitimidad del régimen.

1994 volvió a exhibir la fragilidad del país. El levantamiento zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y posteriormente el de José Francisco Ruiz Massieu marcaron uno de los años más convulsos del México contemporáneo.

Luego llegó el año 2000.

La victoria de Vicente Fox significó mucho más que el triunfo del PAN: por primera vez en la historia moderna de México, la Presidencia pasó pacíficamente del partido que había gobernado durante siete décadas a la oposición.

Parecía que México había encontrado una ruta hacia una democracia más competitiva.

Pero desperdiciamos buena parte de aquella oportunidad.

Los doce años de gobiernos panistas no transformaron de fondo muchas estructuras de corrupción, impunidad, corporativismo y desigualdad heredadas del viejo régimen.

El PRI regresó.

Después llegó Andrés Manuel López Obrador.

Sería deshonesto explicar su triunfo únicamente como resultado de la manipulación. López Obrador no apareció de la nada. Fue consecuencia del hartazgo acumulado: los abusos del PRI, la corrupción, la desigualdad y una democracia que para millones modificó los nombres de quienes gobernaban sin cambiar sustancialmente sus condiciones de vida.

También influyó una oposición que confundió demasiadas veces tener razón con contar con legitimidad social.

AMLO entendió algo que muchos de sus adversarios ignoraron: la política también se construye con emoción, identidad y relato.

Durante décadas articuló una narrativa poderosa: pueblo contra élites, buenos contra malos, transformación contra corrupción. Millones de mexicanos la hicieron suya, no necesariamente por ignorancia, sino por cansancio.

El riesgo aparece cuando un proyecto político convierte al líder en la representación exclusiva del pueblo y presenta toda crítica como una amenaza. En ese momento la política deja de ser deliberación y se vuelve obediencia.

No quiero relatos. Quiero datos.

Por eso tampoco quiero responder a la propaganda gubernamental con propaganda opositora.

México no está peor en todos los indicadores.

La pobreza multidimensional pasó de 43.2% de la población en 2016 a 29.6% en 2024: 13.7 millones de personas menos en esa condición. Es un avance que debe reconocerse. (INEGI)

La inversión extranjera directa alcanzó 40,871 millones de dólares en 2025, máximo histórico anual, y durante el primer semestre de 2026 llegó a 34,968 millones, también récord para un primer semestre. (Gobierno de México)

Reconocer esos resultados no obliga a ignorar los problemas pendientes.

El FMI describió la actividad económica mexicana como débil y estimó un crecimiento de apenas 1% para 2025. También advirtió sobre la necesidad de fortalecer el Estado de derecho y contener la trayectoria de la deuda pública. (IMF)

En educación, el panorama debería estremecernos.

En PISA 2022, solo 34% de los estudiantes mexicanos de 15 años alcanzó el nivel básico de competencia matemática, frente a 69% promedio de la OCDE. En lectura lo consiguió 53%, contra 74% de la OCDE; en ciencias, 49%, frente a 76%. (OECD)

¿Queremos competir en inteligencia artificial, innovación, automatización y economía del conocimiento cuando aproximadamente dos de cada tres estudiantes no alcanzan siquiera el nivel básico de matemáticas?

En salud tampoco basta el discurso.

México destina alrededor de 5.9% del PIB a salud, frente a 9.3% promedio de la OCDE. Cuenta con aproximadamente una cama hospitalaria por cada mil habitantes, mientras el promedio de la organización es 4.2. Hay tres enfermeras por cada mil habitantes; la OCDE registra 9.2. 

La impunidad completa este panorama.

Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, que  es un estudio estadístico realizado por el INEGI; en México, en el 2025, se estimó que durante 2024 ocurrieron 33.5 millones de delitos y que 93.2% no fueron denunciados o no derivaron en una carpeta de investigación. Veintitrés millones de adultos fueron víctimas de algún delito. 

En 2025, INEGI registró preliminarmente 27,989 defunciones por presunto homicidio. Cfr. INEGI

Estos datos deberían preocuparnos sin importar quién gobierne.

Los muertos no tienen partido.

El valor de los contrapesos

También debemos examinar qué ocurre con los mecanismos que limitan el poder.

No afirmaría que la división de poderes haya desaparecido: la Constitución la establece y formalmente existen Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Sin embargo, hay razones objetivas para advertir un debilitamiento institucional.

El World Justice Project otorgó a México en 2025 una calificación de 0.40 sobre 1 en Estado de derecho, con una caída anual de 2.8%. El país quedó entre los peor evaluados de América Latina según el ditio de World Justice Project. 

Freedom House redujo en 2026 la evaluación de la independencia judicial mexicana de 2 a 1 punto sobre 4, debido a preocupaciones relacionadas con la elección popular de jueces y magistrados y con el nuevo Tribunal de Disciplina Judicial según el sitio de Freedom House.

Cada quien puede respaldar o rechazar esas reformas. Lo indispensable es entender que una democracia saludable requiere límites efectivos al poder, incluso cuando gobierna el partido que preferimos.

Las reglas deben protegernos también de nuestros aliados.

 

Pero México no muere solamente en Palacio Nacional

Es fácil culpar a los políticos, y motivos sobran. Pero México no se explica únicamente por sus presidentes.

México también somos nosotros.

Nos indignamos por la corrupción pública mientras ofrecemos dinero para evitar una multa. Criticamos al funcionario que usa influencias, pero buscamos un contacto cuando necesitamos resolver un problema.

Exigimos empresarios responsables mientras algunos construyen fortunas mediante el compadrazgo, los contratos gubernamentales o la explotación. Hablamos de democracia, pero muchas veces reducimos nuestra participación a depositar una boleta.

En la elección presidencial de 2024 participó 61.04% de la lista nominal. Casi cuatro de cada diez ciudadanos no acudieron a votar. Cfr, Central Electoral.

El dato resulta especialmente preocupante cuando hablamos del futuro: el INE ha identificado de manera consistente a los jóvenes de 20 a 29 años como el grupo con menor participación electoral. En 2024, los segmentos de 20 a 24 y de 25 a 29 años permanecieron por debajo de 50%.

Queremos que los jóvenes transformen México. Primero debemos lograr que sientan que México también les pertenece.

Esaú sigue vendiendo su primogenitura

La imagen bíblica de Esaú vendiendo su primogenitura por un plato de lentejas conserva una vigencia incómoda.

México lleva demasiado tiempo negociando su futuro: por quinientos pesos, una despensa, una playera, un contrato, una posición política, una concesión, un privilegio o, simplemente, por comodidad.

No importa qué partido entregue las lentejas.

El problema comienza cuando un ciudadano cambia libertad por dependencia.

Las políticas sociales son necesarias en un país desigual; despreciarlas sería irresponsable. Millones de mexicanos necesitan el respaldo del Estado. Pero una política social dignifica cuando genera capacidades y autonomía. Se vuelve peligrosa cuando un gobierno convierte un derecho en una deuda personal con quien gobierna.

Los recursos públicos no pertenecen al presidente ni al partido.

Pertenecen a los mexicanos.

Nos hemos contado una historia de derrotados

También debemos revisar la relación que mantenemos con nuestra propia historia.

Somos, en buena medida, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos. Durante demasiado tiempo hemos repetido un relato en el que alguien siempre viene a conquistarnos, explotarnos, engañarnos o robarnos.

No se trata de negar las injusticias históricas, sino de dejar de utilizarlas como coartada permanente.

Octavio Paz exploró esa identidad herida en El laberinto de la soledad mediante una expresión brutal: los “hijos de la Chingada”. Pero una nación adulta no puede construir eternamente su identidad alrededor de sus heridas.

Algún día tendremos que dejar de preguntar únicamente:

¿quién nos hizo esto?

Y comenzar a preguntarnos:

¿qué vamos a hacer nosotros con México?

Entonces sí: ¡Viva México!

Mañana escucharé nuevamente el grito y sí quiero sumarme:

¡Viva México!

Pero quiero hacerlo por razones que no dependan de un gobierno ni de un partido.

Viva México por el médico que trabaja más allá de sus posibilidades materiales; por el maestro que sigue enseñando; por el científico que investiga; por el empresario que crea riqueza sin comprar conciencias; por el trabajador que se levanta de madrugada; por el joven que estudia; por el deportista que disciplina su cuerpo; por el ciudadano que denuncia.

Viva por quien paga impuestos aunque otros los desperdicien y por quien ayuda durante un terremoto sin preguntar por quién votó el otro.

Viva por los millones de mexicanos que sostienen el país sin aparecer en una mañanera, un mitin o una campaña electoral.

A pesar de nuestros malos gobiernos, empresarios, ciudadanos y errores históricos, México sigue de pie porque es mucho más grande que todos ellos.

No necesitamos una sociedad dividida entre chairos y fifís, ricos y pobres, conservadores y progresistas, sino ciudadanos capaces de disentir sin destruirse.

Necesitamos empresarios conscientes, universidades libres, investigación, ciencia, deporte, cultura, Estado de derecho, conversaciones difíciles y acuerdos.

Una nación termina pareciéndose a sus ciudadanos.

Por eso mañana gritemos. Después, sin embargo, debemos convertir ese entusiasmo en conducta: educar, investigar, emprender, pagar justamente y denunciar la corrupción aunque provenga de nuestro partido.

Dejemos de esperar al próximo salvador de México.

Necesita millones de ciudadanos responsables.

Mañana gritemos con orgullo:

¡Viva México!

Y el 16 de septiembre, el 17, el 18 y cada día posterior, demostremos que verdaderamente queremos que viva.

México es demasiado grande para dejarlo en manos de sus políticos. No lloremos mañana lo que no sepamos defender hoy con las armas más poderosas que tenemos: la palabra, la educación, los valores y la responsabilidad ciudadana.