Miércoles 16 de Septiembre de 2026

Cada septiembre repetimos el Grito sin preguntarnos qué pedía quien lo dio. Los insurgentes no solo querían echar a los españoles: Hidalgo ordenó abolir la esclavitud y el tributo que pagaban los indígenas. Morelos fue aún más lejos: en 1813 pidió que la ley fuera igual para todos y que se moderara la indigencia. Nuestra independencia nació con dos promesas: una política y una social. La primera se cumplió en 1821. La segunda sigue esperando.

El costo fue enorme. Eleven años de guerra en un país de seis millones de habitantes. Cientos de miles de muertos, minas inundadas, campos quemados. Y no terminó ahí: siguieron décadas de inestabilidad, invasiones y la pérdida de más de la mitad del territorio. Ganamos el derecho a decidir por nosotros mismos. Pero No ganamos la Igualdad. Doscientos años después, el balance es mixto. Vivimos más años, casi todos los niños entran a la escuela, las mujeres votan y gobiernan, hay una clase media que nuestros bisabuelos no conocieron. Pero más de la mitad de quienes trabajan lo hacen sin seguridad social, millones carecen de acceso efectivo a la salud, y quien nace en el hogar más pobre casi nunca llega arriba. El origen pesa todavía demasiado sobre el destino.

¿Tenemos entonces patria? La patria no es un pedazo de tierra: nadie llora por un mapa. Es un acuerdo entre quienes ya murieron, quienes estamos vivos y quienes aún no nacen. De los primeros heredamos algo que no pagamos; a los últimos les debemos entregarlo mejor. Y una patria, como una casa, no se juzga por su fachada ni por la bandera del balcón, sino por si adentro todos comen y el más pequeño está protegido.

Por eso nuestros símbolos incomodan cuando se miran de frente. El verde de la esperanza se cumple solo donde hay oportunidad. El blanco de la unidad convive con una desigualdad honda. El rojo recuerda la sangre de quienes defendieron la patria, cuando hoy la que corre es la de las víctimas de la violencia. Y el águila que devora a la serpiente quizá sea nuestra mejor metáfora: un país obligado a devorar sus propias amenazas internas, la corrupción, la impunidad, la simulación.

Los lábaros patrios no son una fotografía de lo que somos; son un espejo y una meta. Sirven para medir la distancia entre lo que cantamos y lo que hacemos. Defender la patria hoy no exige armas: exige maestros que lleguen al aula, empresas que contraten en la formalidad, autoridades que apliquen la ley sin distingos y ciudadanos que no compren el atajo.

Escribo desde Oaxaca, tierra que lo tiene todo menos competitividad y oportunidades suficientes: manos que tejen y cocinan, comunidades que practican el tequio y la guelaguetza, una cultura que el mundo admira. Lo que falta no es talento ni historia: falta convertir la identidad en desarrollo y los sueños en caminos reales. México aún tiene pendiente garantizar la movilidad social y los derechos sociales: por eso es una patria inacabada. Pero inacabada no significa fallida; significa que sigue en nuestras manos.

Que este septiembre el Grito no sea nostalgia, sino encargo. Que se grite en el aula que abre a tiempo, en el contrato que da seguridad social, en la denuncia que no se calla, en el joven que decide quedarse en su tierra porque aquí también se puede soñar. Ahí, y no en el balcón, se defiende la patria.

Hidalgo y Morelos nos dejaron la mitad del trabajo hecho. La otra mitad no la firma un caudillo. La libertad, en cambio, se firma todos los días.