Viernes 18 de Septiembre de 2026

Hay obras públicas que se pueden medir en kilómetros, toneladas de acero o millones de pesos. Pero hay otras cuya verdadera dimensión se mide en algo mucho más sencillo: el tiempo que una persona deja de perder todos los días para llegar a su trabajo, a la escuela o de regreso a casa. Por eso, hablar del Sistema de Transporte por Cable de Puebla no debería reducirse a discutir torres, estaciones o cabinas. La discusión de fondo es qué tipo de ciudad queremos construir para los próximos años.

El Cablebús parte de una idea que parece sencilla, pero que durante décadas hemos complicado: mover personas y no automóviles. En una zona metropolitana que enfrenta crecimiento urbano, mayor número de vehículos y viajes cada vez más largos, seguir pensando que la solución consiste únicamente en ampliar calles resulta insuficiente. El transporte por cable utiliza el espacio aéreo para conectar zonas de la ciudad y puede ofrecer una alternativa de movilidad que no dependa completamente de la superficie ni quede atrapada en el tráfico.

El proyecto contempla cuatro líneas, 14.58 kilómetros y nueve nodos de transferencia. Pero quizá lo más importante no está en las cabinas, sino en la posibilidad de construir un verdadero sistema de movilidad. La propuesta oficial plantea integrar el Cablebús con RUTA, el transporte convencional, ciclovías y bicicletas públicas, incluso bajo una modalidad de pago común. (Gobierno de Puebla) Y aquí aparece una pregunta que pocas veces se plantea con suficiente claridad: ¿el transporte público está pensado para proteger los intereses económicos de quienes lo operan o para garantizar el derecho de los ciudadanos a trasladarse de manera eficiente?

Porque parte del conflicto que hemos visto en las calles merece ser analizado también desde esa perspectiva. Es legítimo que vecinos, ambientalistas y organizaciones sociales cuestionen el proyecto; de hecho, durante los últimos meses se han registrado diversas movilizaciones con argumentos ambientales, urbanos y territoriales. (N+) Pero sería ingenuo pensar que en una transformación de esta magnitud no existen también intereses económicos en juego. Un nuevo sistema de transporte modifica rutas, flujos de pasajeros y, por supuesto, la distribución de los ingresos que genera diariamente la movilidad urbana.

Ahí está uno de los grandes debates que Puebla tendrá que enfrentar. Si una persona puede trasladarse en menos tiempo y a menor costo utilizando una infraestructura pública, ¿debemos mantener un modelo solamente porque existen intereses económicos alrededor de las rutas tradicionales? El transporte público no puede convertirse en un mecanismo para preservar rentas de quienes históricamente han controlado determinados recorridos. Su razón de ser es servir a los usuarios. Y cualquier reordenamiento debe buscar que los trabajadores del transporte también tengan alternativas, pero sin colocar sus intereses económicos por encima del derecho colectivo a una movilidad eficiente.

Además, los beneficios potenciales del Cablebús son importantes. El Gobierno estatal estima que el sistema podría beneficiar a alrededor de 774 mil personas y generar ahorros de hasta una cuarta parte del gasto familiar destinado al transporte. También plantea un costo máximo de 12 pesos y gratuidad para personas con discapacidad, adultos mayores y niñas y niños de educación básica. (Gobierno de Puebla) Si estos objetivos se cumplen, estaremos hablando de una política pública que no solamente mueve personas: libera tiempo e ingreso de las familias.

Por supuesto, defender el Cablebús no significa otorgarle un cheque en blanco al gobierno. Toda obra pública debe someterse al escrutinio ciudadano, ambiental, financiero y técnico. Deben cumplirse los estudios, transparentarse los costos, atenderse las afectaciones y medirse los resultados. Pero una cosa es cuestionar un proyecto y otra muy distinta es defender intereses particulares bajo el argumento de que se está defendiendo el interés público.

Puebla necesita discutir el transporte que tendrá en los próximos 20 o 30 años, no solamente el que ha tenido durante los últimos 40. Y si el Cablebús consigue reducir tiempos, disminuir costos, conectar zonas de la ciudad e integrarse con los demás sistemas, entonces habrá valido la pena dar el paso. Porque las ciudades modernas no se construyen para que algunos sigan ganando lo mismo; se construyen para que millones puedan vivir mejor.

Por eso, que viva el Cablebús. Que viva la innovación, que viva la movilidad y, sobre todo, que viva el derecho de los poblanos a contar con un transporte público que esté diseñado alrededor de sus necesidades. El verdadero debate no debería ser quién pierde pasajeros, sino cuánto tiempo, dinero y calidad de vida podemos devolverle a la gente.