Martes 22 de Septiembre de 2026 |
Algo extraño está pasando en la conversación pública mexicana: últimamente, el escándalo tiene rostro de mujer. La Gobernadora de Tlaxcala Lorena Cuéllar y los cuestionamientos sobre propiedades; la Gobernadora de Veracruz Rocío Nahle y las polémicas alrededor de su patrimonio y sus declaraciones; la Gobernadora de Quintana Roo Mara Lezama y los vuelos privados registrados de ella y su familia; la Gobernadora de Baja California Marina del Pilar y sus controversias por su supuesta colaboración con los Estados Unidos; la Gobernadora de Chihuahua Maria Eugenia Campos y la operación de agentes extranjeros en su territorios; la Alcaldesa de Cuauhtémoc Alessandra Rojo y las constantes críticas a su forma de gobernar; Liz Vilchis y sus antiguos tuits; Nayeli Salvatori y Graciela Palomares por comentarios hechos en un podcast. Ahora, hasta la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido colocada en medio de una versión difundida por la periodista Anabel Hernández que asegura que consume marihuana para enfrentar las presiones del cargo, sin que hasta ahora se hayan presentado públicamente pruebas que permitan acreditarlo. No sostengo que las mujeres deban recibir inmunidad por ser mujeres, sería absurdo y desigual. Si una gobernadora es corrupta, que se investigue, juzgue y sancione; si una diputada discrimina, que responda por ello y si alguna funcionaria miente, que se demuestre. Sin embargo pienso que tenemos un problema de diferenciación cuando el “escándalo” es protagonizado por una mujer. Y aquí en Puebla tenemos un extraordinario ejemplo. Nayeli Salvatori y Graciela Palomares, diputadas poblanas, hicieron comentarios desafortunados sobre hombres mayores en un podcast, a todas luces fue un error y ofrecieron disculpas. Sin embargo la polémica escaló y esa conversación terminó convertida en un asunto nacional, provocó la intervención de su partido y derivó en la suspensión cautelar de sus derechos partidistas mientras se resuelve un procedimiento interno. Comentarios desafortunados convertidos prácticamente en una sentencia política. Y en este momento aparece la comunicadora Liz Vilchis, quién fue una de las voces que cuestionó públicamente y de manera dura, a las diputadas poblanas; a la quien poco después, las redes recuperaron publicaciones que ella misma había escrito años atrás con expresiones ofensivas contra otras mujeres. En ese sentido, Vilchis reconoció que eran suyas y explicó que ya no representaban a la persona que es actualmente. La paradoja es reveladora, ya que pedimos que una mujer sea juzgada por sus palabras mientras solicitamos que otra sea comprendida por las palabras que pronunció en otro momento. Y en este caso no se trata de justificar a ninguna, sino preguntarnos si estamos aplicando la misma vara. Porque mientras esto sucede, México acumula escándalos protagonizados por hombres relacionados con corrupción, crimen organizado, huachicol fiscal, enriquecimiento y abuso de poder que no necesariamente generan el mismo fenómeno de demolición personal. Y aquí aparece la gran contradicción: las propias mujeres parecen no haberse dado cuenta de la trampa. Durante generaciones tuvieron que luchar más para votar, para estudiar, administrar sus bienes, trabajar, competir electoralmente y finalmente gobernar. Hoy México tiene una mujer presidenta y una presencia femenina en el poder que habría sido inimaginable hace apenas algunas décadas. Pero conquistar esos espacios no ha significado necesariamente un cambio en las reglas. La política mexicana fue construida durante siglos alrededor de códigos masculinos: verticalidad, confrontación, imposición, eliminación del adversario, complicidad y ejercicio patrimonial del poder. Y muchas mujeres, para competir y sobrevivir dentro de ese sistema, terminaron reproduciendo exactamente esas prácticas. No porque gobernar con firmeza sea masculino ni porque exista una manera biológica de gobernar como mujer, sin embargo la masculinización de la política consiste precisamente en asumir que ejercer autoridad exige reproducir el modelo de poder que históricamente construyeron los hombres. Y esto se vuelve más crítico cuando las propias mujeres, como la contradicción principal de este texto sostiene, no se han dado cuenta del engaño y participan en la destrucción pública de otras mujeres, desdibujando completamente la sororidad. Y esto no es solamente una percepción, estudios recientes del INE han encontrado que las mujeres en política continúan enfrentando tratamientos diferenciados, críticas más severas y fenómenos de violencia mediática y digital, de manera constante, sistemática y como lo sostengo, planeada. Las y los mexicanos logramos algo histórico: que las mujeres llegaran al poder. Pero ahora falta lo más difícil, que es el cambiar la manera en que ejercemos, juzgamos y disputamos ese poder. Igualdad también se traduce y significa en rendición de cuentas. Una mujer corrupta debe enfrentar exactamente las mismas consecuencias que un hombre corrupto. Pero también exactamente las mismas.
Ni menos. Ni más. |