Martes 22 de Septiembre de 2026 |
Hay conversaciones que llegan a la agenda pública por una declaración, pero que merecen ir mucho más allá de quien las pronunció. La discusión de estos días sobre las mujeres y el ejercicio del gobierno nos coloca frente a una pregunta que, desde la seguridad pública, vale la pena plantear con mayor profundidad: ¿qué condiciones estamos construyendo para que quienes gobiernan puedan hacerlo en territorios donde existen riesgos reales? Porque cuando hablamos de municipios con presencia delictiva, violencia o condiciones sociales complejas, el desafío no debería ser determinar quién puede o no puede gobernarlos. El desafío es construir instituciones capaces de garantizar que gobernar sea posible. Y aquí hay algo que no debemos perder de vista: la seguridad no comienza cuando ocurre un delito. Comienza mucho antes. Comienza cuando conocemos el territorio, identificamos los factores de riesgo, escuchamos a quienes viven ahí y las instituciones son capaces de coordinarse para intervenir antes de que un problema se convierta en una crisis. Durante demasiado tiempo hemos pensado la seguridad principalmente desde la reacción. Ocurre un delito y respondemos. Aparece un problema y desplegamos recursos. Pero gobernar exige algo más. Exige anticiparse. La seguridad pública debe ser también una política de prevención, proximidad y construcción de confianza. Una política que entienda que detrás de cada estadística hay personas, familias y comunidades que necesitan recuperar la tranquilidad y la posibilidad de vivir su vida cotidiana sin miedo. Por eso, cuando hablamos de mujeres en espacios de decisión, la discusión tampoco debería reducirse a cuántas llegan a un cargo. La participación política de las mujeres ha avanzado de manera importante. Pero ocupar un espacio de poder no significa necesariamente contar con todas las condiciones para ejercerlo. Una mujer que gobierna necesita, como cualquier autoridad, instituciones fuertes, información, capacidades, acompañamiento, seguridad y respaldo. No como una concesión, sino como parte de las condiciones indispensables para ejercer una responsabilidad pública. Y esto es particularmente importante cuando hablamos de territorios complejos. Si un municipio representa un riesgo extraordinario para quien lo gobierna, la pregunta no debería ser quién puede asumir esa responsabilidad por razón de su género. La pregunta es otra: ¿qué estamos haciendo para que ese territorio sea gobernable y seguro? Porque el problema no debería ser si gobierna un hombre o una mujer. El problema es que existan territorios donde gobernar implique poner en riesgo la vida o la integridad de quien tiene la responsabilidad de hacerlo. Ahí es donde la política de seguridad adquiere una dimensión profundamente humana. Necesitamos conocer mejor nuestros municipios. Identificar los puntos de riesgo. Fortalecer a nuestras policías. Recuperar espacios públicos. Mejorar la iluminación, la movilidad y las condiciones urbanas. Trabajar con las comunidades. Generar información que permita tomar decisiones. Evaluar lo que funciona y corregir lo que no. Y, sobre todo, dejar de pensar que prevención significa esperar a que ocurra algo para intervenir. La prevención también es gobernar. La proximidad tampoco consiste únicamente en estar físicamente cerca de la gente. Una autoridad puede caminar muchas calles y seguir sin conocer realmente lo que ocurre en su territorio. La verdadera proximidad se construye escuchando, entendiendo y actuando. La proximidad no se mide en metros; se mide en conocimiento, confianza y capacidad de anticipación. Por eso creo que la conversación sobre mujeres y gobierno debe llevarnos a una reflexión más amplia. No basta con abrir las puertas de la participación política. Tenemos que construir las condiciones para que quienes cruzan esas puertas puedan ejercer plenamente sus responsabilidades. Y eso incluye la seguridad. Una democracia que busca mayor participación de las mujeres no puede conformarse con que estén presentes en las instituciones. Tiene que garantizar que puedan decidir, gobernar y transformar sus comunidades con autoridad y sin que su género se convierta en un límite para ejercer sus responsabilidades. Pero tampoco podemos pensar que ocupar un cargo significa estar sola frente a los riesgos. Ninguna autoridad debería estar sola frente a un territorio complejo. La seguridad es una responsabilidad institucional. Requiere coordinación, inteligencia, prevención, policías profesionales, gobiernos locales con capacidades y comunidades involucradas. Gobernar también es cuidar. Cuidar a quienes viven en nuestros municipios. Cuidar los espacios que compartimos. Cuidar a quienes todos los días salen a trabajar, estudiar o regresar a casa. Y también cuidar a quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones públicas. Porque una política de seguridad verdaderamente democrática no debería preguntarse primero quién es capaz de gobernar un territorio peligroso. Debería preguntarse qué necesitamos hacer para que ningún territorio sea tan peligroso que gobernarlo se convierta en una amenaza para quien lo encabeza. Ese es, en mi opinión, el verdadero reto. No se trata de elegir entre seguridad y participación. Se trata de construir instituciones capaces de garantizar ambas. |