Martes 22 de Septiembre de 2026

La temporada de frío está cerca. Momentos para buscar resguardo, pues la tormenta se avecina; cubrirse es una necesidad imperante ante el frío que calcina y estremece los huesos. Sin embargo, no me refiero a una época del año o a una estación en particular, sino a la atmósfera gélida que sufrimos a diario.

Entre grises y colores opacos, las luces blancas dañan nuestro corazón, que la mirada enferma se niega a observar. Los automóviles que esquivamos en el camino suelen no dar testimonio de su conductor, que yace detrás de un volante, como un autómata conforme ante su incapacidad de volar.

Los sonidos a metal de las oficinas y la faz triste de quienes han experimentado por periodos prolongados el frío invaden el entorno. Aquellos afortunados que son dotados con el don de la ignorancia apenas observan su entorno, ya que no aprendieron a mirar el cielo.

El frío se aloja como una marca indeleble en lugares pequeños y desconocidos de nuestro ser. Ante tales temperaturas no queda otra opción que salvarse. Buscar la redención y no solo la supervivencia cotidiana es el camino para evitar marchitarse sin remedio. Los caminos son estrechos, sinuosos, apenas perceptibles y todos pasajeros. Las formas de vida que nos acompañan están cansadas de reclamar su existencia entre la marginalidad y la destrucción que nos ofrece este sistema económico.

Los distractores abundan; nos confunden, normalizan la pesadumbre, el mal humor, el cansancio, la carencia de habilidades para disfrutar la vida, que es más hermosa mientras transcurre. Provocan que creamos que hay valor en el hartazgo vital, siempre y cuando podamos disfrutar de un sitio vedado de vez en cuando.

Hannah Arendt creía que la maldad de los seres humanos no era propia de su naturaleza, sino que provenía como un síntoma de la modernidad: la gente perversa tiene el defecto de ser profundamente normal. La maldad se multiplicó porque el sistema despojó a la sociedad de la cualidad de imaginar mejores formas de habitar el mundo.

Ante las temperaturas cada vez más bajas, valdría la pena no salir a la calle sin un abrigo que nos permita cuidarnos del frío que emanan quienes con orgullo ostentan la maldad de aceptar lo que se nos ofrece, despojados de todo tipo de juicio y reflexión: terriblemente normales.

Espero que un día despierte y la calidez que embarga la imaginación y la sensibilidad agote los atributos de los hombres fríos, así como de los paisajes que esconden a sus espaldas.