Martes 29 de Septiembre de 2026

Al subir las escalinatas del Palacio Municipal de Puebla hay una frase que cualquier persona que aspire a ocupar la oficina principal debería detenerse a leer: “Gobernar a la ciudad es servirla”.

Parece sencilla, pero encierra quizá la mejor definición de lo que significa ser presidenta o presidente municipal. Gobernar Puebla debe ser uno de los más altos honores para una poblana o un poblano, precisamente porque significa servir a quienes son iguales a ti: tus vecinos.

Y quizá sea momento de recordarlo.

La carrera por 2027 comenzó temprano. Mujeres y hombres levantan la mano, aparecen espectaculares, bardas, entrevistas, fotografías y declaraciones.

Todas y todos tienen legítimo derecho a aspirar, pero entre tanto destape, empiezo a escuchar demasiados nombres y muy pocas soluciones. Porque Puebla necesita mucho más que propaganda.

Estamos hablando de un municipio de más de millón y medio de habitantes, con 17 juntas auxiliares y 30 inspectorías. Una ciudad en la que, de acuerdo con la última medición municipal disponible de CONEVAL, 41.4% de la población se encontraba en situación de pobreza multidimensional; 32% presentaba carencia de acceso a servicios de salud y 10.7% rezago educativo.

Y hablemos del agua potable, donde las cifras generales muestran una cobertura elevada, pero esconden desigualdades enormes: mientras el promedio municipal de viviendas con acceso alcanzaba 97.7%, en San Pedro Zacachimalpa era apenas 77.6%. Y está por demás decir, porque todos lo vivimos, que tener tubería tampoco significa tener agua todos los días y mejor no hablemos de la calidad.

¿Dónde están entonces las propuestas sobre agua, transporte público, movilidad, seguridad ciudadana, medio ambiente, servicios públicos, crecimiento urbano o recuperación del espacio público? Inexistentes en una narrativa que solo privilegia los lugares comunes y el aplauso fácil.

El 16 de abril de 2031, Puebla cumplirá 500 años. Nuestra ciudad fue concebida y desarrollada con una traza urbana excepcionalmente ordenada y envidiable, una característica que forma parte de su valor histórico. Valor que se ha materializado en títulos como ciudad patrimonio de la humanidad, ciudad de diseño; una vocación y vida universitaria vibrante, además de la mejor gastronomía del país. Y surgen las preguntas. ¿Cómo llegaremos a ese aniversario? ¿Qué ciudad queremos dejar para los siguientes cien años?

Puebla tiene ubicación, patrimonio, gastronomía, universidades, industria, clima, talento y una escala urbana que todavía permite corregir muchas cosas. Pero también carga décadas de decisiones equivocadas, crecimiento desordenado e inequitativo, así como planeación insuficiente e ignorada.

Por eso, más que preguntarnos quién quiere gobernar Puebla, deberíamos comenzar preguntando para qué quiere gobernarla y qué sabe de ella.

La presidencia municipal tampoco debería ser un concurso de popularidad ni un botín. Es administrar la calle donde vivimos, el parque donde juegan nuestros hijos, el agua que llega a nuestras casas y el tiempo que perdemos trasladándonos.

Al final, quizá el perfil de una buena alcaldesa o un buen alcalde pueda resumirse de una manera mucho más sencilla: antes de aspirar a gobernar una ciudad, hay que aprender a ser un buen vecino. No nos equivoquemos.