Miércoles 30 de Septiembre de 2026 |
La vida siempre es un encuentro. Aunque muchas veces nos empeñemos en vivirla como si todo dependiera del “yo”: mis decisiones, mis convicciones, mis heridas, mis sueños, mis triunfos. Pero Ortega y Gasset nos recordó algo esencial: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” No somos un yo suspendido en el vacío. Somos también lo que nos rodea. Los lugares que habitamos. Las decisiones que tomamos. Las pérdidas que atravesamos. Las oportunidades que aparecen. Las personas que llegan. Y quizá, entre todas nuestras circunstancias, algunas de las más hermosas tienen nombre propio. Porque a veces aparece un “tú” que deja de ser una circunstancia cualquiera. Una conversación. Una amistad. Una presencia. Alguien que, sin proponérselo, modifica nuestro paisaje interior. Martin Buber entendió que no toda relación humana es un verdadero encuentro. Podemos ver a muchas personas sin mirarlas realmente. Podemos convivir, conversar, trabajar, incluso compartir años, y permanecer profundamente distantes. El encuentro comienza cuando el otro deja de ser simplemente alguien útil, conveniente o circumstantial y se convierte en un verdadero “Tú”. Alguien a quien reconocemos. Alguien cuya existencia ya no nos resulta indiferente. Alguien que se convierte, precisamente, en una de esas circunstancias que hacen distinta nuestra propia vida. Y entonces nace una pregunta: ¿qué sucede cuando un “Yo” reconoce de verdad a un “Tú”? Tal vez aparece una de las palabras más complejas y más hermosas que existen: Nosotros. Pero el nosotros no pertenece únicamente al amor romántico. Hay un nosotros en la amistad. En el amigo que permanece cuando no hay nada que ganar. En quien escucha sin juzgar, corrige sin humillar, celebra sin competir y acompaña sin invadir. Hay un nosotros en la pareja. En la familia. Entre socios que deciden construir una empresa. Entre compañeros que comparten una causa. Entre equipos que descubren que juntos pueden alcanzar aquello que individualmente sería imposible. Entre ciudadanos que comprenden que una sociedad no se sostiene desde millones de egos aislados, sino desde la capacidad de construir algo común. Ahí ocurre algo extraordinario: el “Tú” deja de ser solamente parte de mis circunstancias y se convierte en alguien con quien quiero compartirlas. Y entonces surge una idea profundamente humana: tú eres una de las circunstancias más hermosas que ha puesto la vida delante de mí; por eso quisiera construir un nosotros. No para dejar de ser yo. No para que tú dejes de ser tú. Sino para descubrir qué puede surgir cuando dos libertades deciden caminar juntas. Porque el verdadero nosotros no destruye la individualidad. La enriquece. No borra al yo. Lo confronta, lo acompaña, lo transforma. No absorbe al tú. Lo reconoce. Por eso el nosotros no se exige. No se mendiga. No se impone. Tiene que ser elegido. Dos voluntades. Dos historias. Dos personas que deciden que vale la pena construir algo que ninguno podría crear por separado. Y también debemos aceptar una verdad incómoda: no todo “Tú” quiere convertirse en un “Nosotros”. No todos los encuentros están destinados a permanecer. Hay amistades que cumplen su ciclo. Relaciones que no prosperan. Sociedades que terminan. Equipos que deben separarse. Caminos que durante un tiempo avanzaron juntos y después tomaron direcciones diferentes. Eso no necesariamente convierte el encuentro en un fracaso. Hay personas que llegan para quedarse. Otras para acompañarnos durante una parte del camino. Otras para enseñarnos. Y algunas simplemente para recordarnos que todavía somos capaces de sentir, de confiar, de admirar, de comenzar otra vez. Si este “Tú” no quiere construir un nosotros, la vida continuará. Habrá otros encuentros. Otros “Tú”. Otras amistades. Otros proyectos. Otras posibilidades. No como reemplazo. No como revancha. No como comparación. Sino porque nuestra circunstancia nunca permanece inmóvil. Cambia. Nos desafía. Nos sorprende. Nos pone frente a personas que quizá ayer ni siquiera sabíamos que existían. Tal vez madurar sea aprender precisamente eso: a reconocer las circunstancias que debemos transformar, las que debemos aceptar y aquellas que, por hermosas, merece la pena intentar convertir en camino compartido. Porque nadie construye una vida completamente solo. Somos también los amigos que nos acompañaron. Las personas que nos amaron. Los maestros que nos enseñaron. Los socios con quienes emprendimos. Los equipos con los que construimos. Los encuentros que nos cambiaron. Somos nuestro “yo”, sí. Pero también nuestras circunstancias. Y dentro de ellas existen algunos “Tú” capaces de cambiar nuestra manera de mirar el mundo. Quizá por eso, cuando la vida coloca frente a nosotros uno de esos encuentros, vale la pena tener el valor de decir: Yo sigo siendo yo. Tú sigues siendo tú. Pero entre todas mis circunstancias, tú te has convertido en una de las más hermosas. Y por eso quisiera saber si podemos construir un nosotros. Porque la historia humana entera podría contarse de esa manera: un “Yo” encontró a un “Tú”, las circunstancias hicieron posible el encuentro, y ambos decidieron construir algo que antes no existía un Nosotros. La vida siempre es un encuentro. |