Miércoles 30 de Septiembre de 2026

¿Qué significa hablar de paz hoy, cuando hay guerras que vemos todos los días en una pantalla y otras violencias que suceden mucho más cerca de casa?

Cada 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz, aparece nuevamente esa palabra enorme: PAZ. Naciones Unidas propuso para 2026 una idea especialmente cercana: “Invertir en la paz: para todas las personas, en todas partes, todos los días”, reconociendo también a quienes construyen paz desde barrios, escuelas y comunidades.

La frase plantea una buena pregunta: ¿qué entendemos hoy por paz?

Porque nuestra manera de pensarla ha cambiado. La paz es más que la ausencia de guerra.

Después de las dos guerras mundiales, una de las grandes aspiraciones internacionales era clara: impedir otra devastación de esas dimensiones. Durante mucho tiempo, hablar de paz estuvo asociado principalmente con detener las armas.

Hoy sabemos que eso no basta.

Puede no existir una guerra declarada y, aun así, las personas pueden vivir entre miedo, desigualdad, discriminación, violencia o falta de oportunidades. En México, más de la mitad de la población adulta en áreas urbanas considera inseguro vivir en su ciudad (INEGI, junio de 2026).

Por ello, hoy se habla de paz positiva, cultura de paz, prevención de violencias, derechos humanos y construcción de paz.

La cultura de paz propone crear condiciones para convivir desde el diálogo, el respeto a los derechos humanos, la participación, la educación y formas no violentas de afrontar los conflictos.

Eso cambia mucho las cosas.

Porque entonces la paz deja de ser sólo asunto de gobiernos, tratados y organismos internacionales. También se convierte en una pregunta sobre cómo vivimos juntxs.

Entonces… ¿quién sueña con la paz?

Para una persona que vive una guerra, la paz puede ser algo extraordinariamente concreto: dormir sin escuchar explosiones, encontrar agua, regresar a salvo a casa, recibir atención médica, volver a la escuela o saber que las personas que ama están bien.

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha advertido que los conflictos armados contemporáneos son cada vez más prolongados y complejos y que la población civil sigue enfrentando sus mayores consecuencias. Su panorama para 2026 parte de la experiencia de trabajo en más de cien conflictos armados.

Pero también sueña con la paz quien quiere volver tranquilx a casa luego de trabajar o ir a la escuela. Quien busca a una persona desaparecida. Quien quiere que niñas, niños y adolescentes puedan ocupar las calles sin miedo. Quien desea discutir sin que una diferencia termine necesariamente en violencia.

Son experiencias distintas y no deben compararse. Una guerra (declarada o no) y la inseguridad cotidiana tienen dimensiones diferentes. Pero ambas nos recuerdan que la paz también se vive —o se pierde— en lo cotidiano.

Pero… ¿la paz es acaso una utopía?

Tal vez depende de qué paz imagina cada persona. Si esperamos un mundo sin desacuerdos, contradicciones ni conflictos, probablemente sí estamos pensando en algo imposible.

Pero conflicto no significa necesariamente violencia.

Los nuevos enfoques de los estudios de paz y transformación de conflictos permiten verla como un proceso en permanente construcción.

La paz transformativa pregunta qué relaciones y condiciones necesitan cambiar para que una violencia no vuelva a producirse.

La paz imperfecta, desarrollada por Francisco Muñoz, propone reconocer que podemos encontrar y construir experiencias de paz incluso dentro de sociedades contradictorias y conflictivas.

Es una idea particularmente esperanzadora porque entonces no tenemos que esperar a que el mundo sea perfecto para comenzar a construir paz.

También está la paz ecológica o construcción de paz ambiental, que reconoce que nuestra relación con el territorio importa. El acceso y manejo del agua, la tierra, los bosques y otros “bienes naturales” puede generar conflictos, pero también convertirse en terreno para la cooperación y la construcción comunitaria. Porque difícilmente podemos imaginar comunidades en paz habitando en territorios devastados.

Aquí me gustaría también incluir una idea que me resuena mucho: la ternura radical.

No es ingenuidad. Tampoco significa aceptar todo, evitar el conflicto o renunciar a poner límites. Podemos entenderla como la posibilidad de cuidar sin dejar de cuestionar, disentir sin deshumanizar y defender aquello que consideramos importante sin perder la capacidad de reconocer a quien tenemos enfrente.

En tiempos de polarización parece un gesto pequeño. Tal vez por eso es radical.

Porque muchas violencias necesitan primero convencernos de que algunas personas importan menos, de que no vale la pena escucharlas o de que sólo existen dos posibilidades: estar conmigo o estar contra mí.

La ternura introduce una tercera posibilidad: seguir reconociéndonos como seres dignos incluso dentro del desacuerdo.

Entonces quizá la pregunta no sea solamente “¿es posible la paz?”, sino “¿qué paz podemos construir desde aquí?”

Desde nuestra casa. La escuela. El trabajo. Un colectivo. Una organización. Una conversación. Un parque. Una comunidad en cualquier rincón del mundo.

Construir paz puede significar organizarse para recuperar un espacio público, cuidar un río, escuchar antes de reaccionar, acompañar a quien atraviesa una violencia, compartir información responsable, resolver un conflicto sin humillar, defender derechos, cuidar a la gente enferma, enseñar otras formas de relacionarnos o simplemente preguntarnos qué podemos transformar en nuestros propios vínculos.

Naciones Unidas habló este año de “arquitectxs cotidianxs de la paz”: personas que construyen desde abajo, acción por acción. Quizá cualquiera de nosotrxs puede ocupar alguna vez ese lugar.

Construir paz desde cada rincón donde nos encontremos, con las acciones que tengamos a nuestro alcance, y abrir la puerta para que más personas quieran sumarse. No porque podamos resolver individualmente las guerras o las enormes desigualdades del mundo, sino porque la paz también necesita comunidades que la practiquen, personas que la imaginen y redes que la hagan posible.

Y así, todxs podemos soñar con la paz y trabajar por ella. Aunque tal vez no sea un lugar perfecto al que finalmente llegaremos, sino algo más cercano, imperfecto y poderoso:

Una manera de habitar el mundo y de construir, desde donde estamos y junto a otrxs, el mundo en el que queremos vivir.