Lunes 05 de Octubre de 2026

“Un volcán inactivo sigue siendo un volcán”.

La frase comenzó a circular en redes sociales después de la reaparición pública de Andrés Manuel López Obrador para presentar Pueblo, su nuevo libro. Y quizá sea una de las mejores metáforas para explicar lo ocurrido.

Me tardé mucho en escribir la columna de esta semana, había tantos temas que tratar: seguridad pública, la intervención de Trump, la inversión pública estatal, la inversión privada municipal, pero sin duda me dejó perplejo la aparición pública de AMLO.

Porque López Obrador ya no ocupa la Presidencia de México. Tampoco dirige el gobierno ni participa cotidianamente en la vida pública. Sin embargo, basta una aparición desde su casa en Palenque, sentado frente a una cámara, hablando durante más de una hora sobre historia de México, para que el debate político vuelva a girar alrededor de él.

El dato interesante no es solamente la reacción que provoca. Es preguntarnos por qué ocurre.

El 30 de septiembre, López Obrador reapareció para presentar Pueblo, obra que dedica a la historia política de México y que, junto con Grandeza, busca completar lo que él mismo denomina “Humanismo Mexicano”. El nuevo libro fue anunciado como una reflexión sobre más de dos siglos de historia política nacional y como continuación de una concepción política cuya esencia, según el propio expresidente, puede resumirse en una frase: “por el bien de todos, primero los pobres”.

Pero pongamos atención a la escena.

Un expresidente que aparece desde una finca, vestido de manera sencilla, sentado y hablando de historia. Sin mitin. Sin escenario. Sin plaza llena. Sin banda presidencial. Sin una estructura de comunicación visible detrás.

Y, sin embargo, provoca una reacción política inmediata.

Algunos usuarios en redes lo resumieron con frases como: “Andrés es un fuera de serie”, “sigue siendo pueblo” o “con el uno por ciento del poder que tiene cualquier político se volvería loco”. Son expresiones subjetivas, por supuesto, pero revelan algo políticamente relevante: existe todavía una representación social de López Obrador asociada con la austeridad, la persistencia, la cercanía con la gente y una determinada idea del poder.

Byung-Chul Han ha explicado que la sociedad contemporánea ya no funciona solamente mediante la prohibición y la obediencia. El poder se vuelve más eficaz cuando logra interiorizarse.

Desde esa perspectiva, resulta interesante observar una figura política como la de López Obrador.

Durante décadas, la política mexicana ha estado profundamente vinculada con la conquista y conservación del poder: el cargo como objetivo, la exposición como instrumento, la presencia pública como condición de supervivencia y la acumulación de posiciones como mecanismo de influencia.

López Obrador construyó buena parte de su trayectoria sobre una lógica distinta: la persistencia.

Tres campañas presidenciales, décadas de recorridos por el país, derrotas electorales, movilizaciones, años de oposición y finalmente la llegada a la Presidencia.

Y aquí aparece una diferencia fundamental entre poder y autoridad simbólica.

El poder puede terminar con un cargo.

La autoridad simbólica puede permanecer.

Eso es precisamente lo que vuelve interesante la escena de Palenque.

El hombre que decidió retirarse

Hay otra paradoja.

Uno de los elementos centrales de la reaparición de López Obrador fue precisamente explicar su retiro. El expresidente afirmó que decidió apartarse de la vida pública para no convertirse en “cacique”, “caudillo”, “jefe máximo” o “poder detrás del trono”.

Pero hay una pregunta que vale más que la discusión inmediata:

¿Qué sucede cuando un político decide abandonar voluntariamente el escenario desde el cual construyó su poder?

En el sistema político tradicional, abandonar el escenario significa perder relevancia.

En este caso ocurrió algo distinto.

Su ausencia también se convirtió en una forma de presencia.

El silencio generó expectativa. La distancia generó especulación. Y la aparición, precisamente porque no es cotidiana, adquiere una dimensión extraordinaria.

El volcán no necesita estar haciendo erupción todos los días para recordar que sigue siendo un volcán.

Tal vez aquí se encuentra la explicación más profunda de la permanencia política de López Obrador.

Más allá de Morena, más allá de una administración pública determinada y más allá incluso de la figura personal del expresidente, durante décadas construyó un horizonte de sentido.

Ese horizonte puede sintetizarse en varias ideas: pueblo, soberanía, justicia social, austeridad, memoria histórica, primero los pobres, combate a la corrupción y una concepción de la política como servicio.

El propio López Obrador presenta Pueblo y Grandeza como dos partes de una misma construcción intelectual: una dedicada a las raíces culturales, valores y espiritualidad de México; la otra, a su historia política. Él mismo afirma que con ambas obras termina de sustentar el llamado Humanismo Mexicano.

Eso es importante porque permite entender que su proyecto político no pretende reducirse a un programa de gobierno.

Busca convertirse en una interpretación de México.

Y cuando una política deja de ser únicamente un conjunto de políticas públicas y se transforma en una interpretación del país, adquiere otra dimensión.

La congruencia como horizonte de sentido

En política, la congruencia es particularmente difícil.

El político vive sometido a incentivos contradictorios: ganar elecciones, conservar alianzas, negociar, adaptarse, responder a coyunturas, enfrentar adversarios y administrar intereses.

Por eso resulta difícil mantener una narrativa durante décadas.

López Obrador construyó su identidad política alrededor de ciertos principios que repitió durante prácticamente toda su trayectoria.

Ahí aparece uno de sus mayores activos políticos: la continuidad entre el personaje público que comenzó su carrera décadas atrás y el hombre que hoy aparece desde Palenque hablando de historia.

No significa que toda decisión haya sido congruente ni que no existan contradicciones en su trayectoria. Significa algo más específico: la percepción de continuidad entre discurso, estilo de vida y comportamiento político se convirtió en parte central de su identidad pública.

Y esa percepción es un horizonte de sentido.

Por eso tanto se han empeñado en destruir ese horizonte.

El volcán sigue ahí

El volcán está en reposo.

Pero sigue siendo volcán.