Miércoles 07 de Octubre de 2026 |
Durante los últimos años, la izquierda creyó (de creencia dogmática) que la historia finalmente caminaba de su lado. En 2008, Barack Obama se convirtió en el primer presidente afroamericano de Estados Unidos; ocho años después, Hillary Clinton estuvo a punto de convertirse en la primera mujer en ocupar la Casa Blanca. Parecía que las sociedades occidentales avanzaban inevitablemente hacia gobiernos más diversos, liberales y progresistas. La fiesta estaba puesta, hasta que llegó Donald Trump. En 2016 derrotó a Hillary Clinton y en 2024 hizo lo mismo con Kamala Harris: 312 votos electorales contra 226. Una ironía histórica bastante trágica: las dos únicas mujeres nominadas a la Presidencia por uno de los grandes partidos estadounidenses encontraron al mismo hombre cerrándoles la puerta de la Casa Blanca. Pero la izquierda encontró otra barra (libre) abierta: América Latina: México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Bolivia, Honduras. Durante algunos años parecía consolidarse una nueva marea progresista. Sin embargo el problema de las borracheras políticas es que producen una peligrosa sensación de invencibilidad, porque se empieza creyendo que se ganó una elección y se termina creyendo que se ganó a la sociedad. Hoy la música comienza a apagarse: Javier Milei llegó a Argentina. José Antonio Kast ganó Chile con 58% de los votos. El MAS quedó fuera de la segunda vuelta después de casi dos décadas dominando Bolivia. Colombia y Perú giraron a la derecha. Y este domingo, Flávio Bolsonaro obtuvo 47% frente al 45% de Lula en la primera vuelta brasileña. Algo está pasando. Y sería demasiado iluso para la izquierda explicarlo diciendo que los pueblos se volvieron conservadores. En el caso que nos ocupa, quizá la izquierda mexicana debería comenzar mirándose al espejo. Andrés Manuel López Obrador ganó en 2018 con 30.1 millones de votos y 53.19% de la elección, pero sería un error infantil pensar que todos esos votos provenían de una izquierda ideológica. Existió un enorme acuerdo tácito con clases medias, empresarios, jóvenes y ciudadanos simplemente hartos del viejo sistema. Ese acuerdo fue definido y verbalizado como mantra por ellos mismos: no mentir, no robar y no traicionar. Y cuando un movimiento comienza a normalizar aquello que prometió combatir, el problema deja de ser electoral para convertirse en moral. En estados y municipios encontramos gobiernos que se llaman de izquierda pero gobiernan con prácticas de derecha que históricamente fueron condenadas: destrucción ambiental, decisiones subordinadas a intereses económicos, represión y control de la prensa, banalización del discurso político, uso electoral de las instituciones, así como excesos y derroches; sin olvidar de origen las candidaturas entregadas a personajes provenientes de las élites empresariales o de partidos que ayer representaban exactamente lo contrario. Es claro que el cambio de camiseta no cambia la ideología. Y aquí existe un actor con responsabilidad que pocas veces se menciona: la militancia. Esa militancia que permitió que su movimiento se llenara de personas que nunca fueron de izquierda, que guarda silencio frente a contradicciones porque electoralmente convenían, la que cambió congruencia por disciplina y terminó defendiendo personajes y decisiones que años atrás había combatido en las calles. Ese quizá sea el verdadero problema. La derecha está creciendo, sí; pero una gran parte de ese crecimiento no se explica solamente por sus famélicos aciertos, sino por las renuncias de la izquierda. Las sociedades no firmamos cheques en blanco, los votos se prestan y también se cobran. La izquierda latinoamericana y en especial la mexicana, todavía tiene tiempo de entenderlo. Porque después de toda borrachera viene inevitablemente la cruda. Y políticamente, parece que ya comenzó. |