Lunes 12 de Octubre de 2026 |
Por: Psic. Giovana Gaytán Ceja Hay momentos en la vida en los que sabemos lo que queremos hacer, pero algo dentro de nosotros parece detenernos. Queremos comenzar un proyecto, terminar una relación, cambiar de trabajo, hablar con alguien, viajar, estudiar algo nuevo o simplemente atrevernos a hacer aquello que llevamos tiempo postergando. Entonces aparece el miedo. A veces se presenta como una sensación evidente: el corazón se acelera, sentimos tensión, preocupación o ganas de salir corriendo. Pero otras veces aparece de maneras más silenciosas: “mejor después”, “todavía no estoy preparado”, “seguro no va a funcionar”, “¿qué van a pensar de mí?” o “para qué intentarlo si puedo fracasar”. Y así, casi sin darnos cuenta, el miedo puede comenzar a decidir por nosotros. Sin embargo, el miedo no es nuestro enemigo.Antes de intentar eliminar el miedo, es importante comprender algo: tener miedo es normal. Es una emoción básica que forma parte de nuestra experiencia humana y cumple una función fundamental: protegernos. Cuando percibimos una amenaza, nuestro organismo se prepara para responder. El miedo nos ayuda a detectar riesgos, evaluar situaciones y actuar ante aquello que puede representar un peligro. Gracias a él podemos ser prudentes, anticiparnos a determinadas consecuencias y proteger nuestra integridad. El miedo es un mecanismo de supervivencia. Entonces, el problema no es sentir miedo. El problema aparece cuando el miedo deja de ser una señal que podemos escuchar y se convierte en quien toma las decisiones por nosotros No todos los miedos responden a un peligro real e inmediato. También podemos sentir miedo ante situaciones que implican incertidumbre, exposición o posibilidad de fracaso. Hablar en público, iniciar una relación, poner límites, pedir ayuda, emprender un proyecto o hacer un cambio importante pueden activar la misma respuesta de alerta ya que nuestro cerebro, en ocasiones, interpreta lo desconocido como una amenaza porque no puede predecir qué sucederá. Cuando el miedo nos paralizaUna de las formas más comunes de enfrentar el miedo es evitar aquello que lo provoca. Si me da miedo equivocarme, quizá no comienzo. Si temo ser rechazado, no digo lo que siento. Si temo fracasar, prefiero no intentarlo. Si tengo miedo de tomar una decisión equivocada, puedo permanecer indefinidamente en el mismo lugar. La evitación produce un alivio inmediato. No hacerlo significa que, por un momento, dejamos de sentir esa incomodidad. Sin embargo, también podemos aprender algo peligroso: que solo estamos seguros cuando evitamos aquello que nos asusta. De esta manera, el miedo puede hacerse cada vez más grande. Por eso, muchas veces la pregunta no debería ser “¿cómo hago para dejar de sentir miedo?”, sino “¿cómo puedo actuar, aunque tenga miedo?”. Porque ser valiente no significa no sentir miedo. Significa reconocerlo y, cuando la situación lo permite, decidir que no será el único criterio para elegir nuestro camino. Una manera saludable de relacionarnos con esta emoción consiste primero en detenernos y preguntarnos: ¿de qué tengo miedo exactamente? No siempre es evidente. Tal vez no tenemos miedo al cambio, sino a equivocarnos. Quizá no tememos hablar con alguien, sino ser rechazados. No necesariamente nos asusta comenzar algo nuevo, sino descubrir que no somos tan buenos como esperábamos. Ponerle nombre al miedo puede disminuir su poder. También ayuda distinguir entre un peligro real y una posibilidad que nuestra mente está anticipando. Podemos preguntarnos: ¿qué evidencia tengo de que esto sucederá?, ¿estoy imaginando el peor escenario como si fuera el único posible?, ¿qué es lo peor que podría pasar y cómo podría afrontarlo?, ¿qué perdería si nunca lo intento?, ¿qué pequeño paso sí puedo dar hoy? Estas preguntas no buscan convencernos de que todo saldrá bien. Buscan ayudarnos a recuperar nuestra capacidad de elegir. Es importante entender que no necesitamos sentirnos completamente seguros para actuar, ya que muchas experiencias importantes funcionan exactamente al revés: actuamos y, a través de la experiencia, desarrollamos seguridad. Por eso, cuando el miedo aparezca, quizá no sea necesario enfrentarlo de manera radical. Podemos comenzar con algo pequeño. Por ejemplo, si hablar con alguien nos asusta, podemos preparar lo que queremos decir. Si iniciar un proyecto nos abruma, podemos dedicarle veinte minutos. Si tomar una decisión parece imposible, podemos identificar cuál es la siguiente decisión pequeña que sí está en nuestras manos También es importante tratarnos con amabilidad. Es común que se asocie el sentir miedo con ser débil, incapaz o inseguro. Sin embargo, es importante cuestionarnos estos conceptos y permitirnos ser vulnerables. El miedo también puede significar que hay algo que nos importa. Se trata de aprender a caminar con él, escucharlo, comprender qué intenta decirnos y decidir conscientemente cuándo seguir adelante Porque algunas de las cosas que más deseamos en la vida pueden encontrarse justamente al otro lado de aquello que hoy nos da miedo. No se trata de vivir sin miedo. Se trata de que el miedo no sea quien elija nuestra vida. |