Martes 13 de Octubre de 2026 |
En Puebla parece que la nueva estrategia de comunicación política consiste en pagar millones de pesos para que la gente recuerde por qué está inconforme con sus gobernantes y aspirantes a gobernar. Y lo más sorprendente es que todavía hay consultores que presentan esos resultados como un éxito. Se contratan anuncios en redes sociales, se compran menciones en medios y se recurre a periodistas cuya credibilidad lleva años en entredicho. Después, con gráficas de colores y cifras de millones de impresiones, se presume una campaña exitosa. Poco importa que debajo de las publicaciones se acumulen reclamos, burlas y cuestionamientos. Lo importante es que el cliente aparezca en todas partes y, por supuesto, que siga pagando. La clase política poblana ha encontrado una manera extraordinaria de convertir el presupuesto publicitario en una maquinaria de amplificación de sus propios negativos. Antes había que esperar a que los adversarios difundieran las críticas. Ahora los propios equipos de comunicación pagan a Meta para llevarlas hasta la pantalla de miles de ciudadanos. Dos casos permiten ilustrar esta contradicción: la promoción del controvertido Cablebús y la campaña de posicionamiento de Gabriela “La Bonita” Sánchez, quien busca la candidatura de Morena a la presidencia municipal de Puebla. En el segundo caso, la inversión supera el millón de pesos en anuncios de Meta. Una suma considerable para colocar su imagen frente a miles de personas, aunque basta recorrer las respuestas a sus publicaciones para advertir que el reconocimiento obtenido convive con una conversación adversa que ninguna presentación de PowerPoint debería esconder. La ironía es que algunos operadores políticos parecen haber descubierto cómo comprar algo que normalmente sus adversarios tendrían que financiar: la exposición masiva de críticas contra sus propios proyectos. Y no es que la publicidad política haya dejado de funcionar. El problema es seguir administrándola con la mentalidad de hace veinte años, cuando la comunicación se entendía como una cuestión de volumen: más anuncios, más entrevistas, más portadas y más periodistas dispuestos a elogiar al funcionario de turno. Hoy, cada anuncio es también un espacio de conversación pública. Cada publicación patrocinada abre la posibilidad de que la ciudadanía cuestione el mensaje frente a la misma audiencia que se pretende conquistar. Y cada elogio emitido por un comunicador desacreditado puede terminar siendo interpretado como otra razón para desconfiar. La política sigue comprando micrófonos como si nadie pudiera responder. Ese es el verdadero anacronismo. Lo preocupante es que la industria de la comunicación política continúa facturando bajo esa lógica, aunque sus indicadores de éxito digan cada vez menos sobre el prestigio de quienes contratan sus servicios. Se reportan reproducciones donde debería medirse confianza, impresiones donde debería evaluarse reputación y menciones favorables donde habría que preguntarse si el mensajero conserva alguna credibilidad. Al final, el negocio puede ser magnífico para las agencias, los intermediarios y ciertos medios. Para los personajes promocionados, la rentabilidad resulta bastante menos evidente. Una cosa es lograr que todos conozcan tu nombre y otra muy distinta conseguir que, cuando lo escuchen, piensen algo bueno de ti. Todavía existen operadores de comunicación convencidos de que una entrevista complaciente, una columna elogiosa o una cadena de publicaciones favorables constituyen evidencia de respaldo social. El problema es que los medios y periodistas también tienen reputación. Una recomendación puede aportar confianza cuando proviene de una fuente respetada; cuando el emisor está desacreditado ante determinada audiencia, el elogio corre el riesgo de generar suspicacia y trasladar parte de ese descrédito al personaje promocionado. La vieja maquinaria de relaciones públicas parece seguir funcionando bajo una premisa elemental: si una figura política aparece suficientemente en medios y redes sociales, terminará consolidándose en la opinión pública. Es una visión arcaica que desconoce cómo circula actualmente la información. Las y los ciudadanos pueden comentar, cuestionar, contrastar y exhibir contradicciones en el mismo espacio donde aparece la publicidad. Hasta la próxima |