Jueves 15 de Octubre de 2026 |
Hay quienes tenemos el gran privilegio de abrir una llave y encontrar agua “limpia”. Para millones de personas, incluso en México, esto nunca ha sido tan sencillo. Quizá quienes disfrutamos de esa comodidad pocas veces pensamos en lo realmente extraordinaria que es. Hoy, Guadalajara nos invita a mirar ese privilegio con otros ojos. Durante meses, habitantes de la capital jalisciense han denunciado recibir agua turbia, con malos olores y sedimentos. Algunas familias reportan enfermedades e irritaciones relacionadas con su uso. La crisis hídrica ha provocado protestas ciudadanas y denuncias de cortes programados que afectarán a 627 colonias hasta marzo de 2027. Las manifestaciones del 11 de octubre pasado también dejaron detenciones y denuncias de abuso policial. Resulta doloroso pensar que exigir agua limpia pueda terminar en represión. Y, en el colmo del absurdo, el gobierno reprimió las movilizaciones sociales ¡con chorros de agua! Y es todavía más preocupante que Guadalajara no esté sola. En 2018, Ciudad del Cabo, Sudáfrica, estuvo peligrosamente cerca del llamado Día Cero: el momento en que se suspendería el suministro habitual de agua y millones de personas tendrían que acudir a puntos de distribución para recibir apenas 25 litros diarios. Las autoridades limitaron el consumo a 50 litros por persona y una extraordinaria movilización colectiva ayudó a evitarlo. En Chennai, India, durante 2019, los cuatro principales embalses que abastecían la ciudad prácticamente se secaron. Millones de habitantes enfrentaron largas filas, encarecimiento del agua y la necesidad de transportarla en tren desde cientos de kilómetros. México también conoce esta historia. En Monterrey, durante 2022, la sequía y la presión sobre el sistema de abastecimiento provocaron cortes severos. Miles de familias tuvieron que reorganizar su vida alrededor de unas pocas horas de suministro, pipas y recipientes para almacenar agua. En Puebla, la situación también preocupa. Desde 2014, el servicio de agua potable fue concesionado por 30 años a la empresa Agua de Puebla para Todos. Desde entonces, organizaciones ciudadanas han denunciado cobros excesivos, cortes, desabasto e irregularidades en el servicio. En 2026, el Gobierno estatal anunció una auditoría para revisar las inversiones comprometidas por la empresa, mientras miles de familias continúan enfrentando problemas de suministro. Una situación que nos invita a preguntarnos: ¿cómo garantizar que el derecho humano al agua esté por encima de los intereses comerciales y que las autoridades cumplan su responsabilidad de protegerlo? Distintas ciudades, distintas circunstancias, una advertencia compartida. Según la UNESCO (2024), cerca de la mitad de la población en el mundo enfrenta escasez severa de agua durante alguna parte del año. La OMS y UNICEF (2025) estiman que 2,100 millones de personas carecen de agua potable gestionada de manera segura. Pero ¿realmente hablamos únicamente de escasez? La agricultura concentra alrededor del 72% de las extracciones mundiales de agua dulce, según ONU-Agua. A esto se suman la contaminación, las fugas, el desperdicio y la concentración de concesiones. ¿Quién utiliza el agua? ¿Quién obtiene beneficios económicos? ¿Qué ocurre cuando las empresas contaminan, acaparan o las autoridades permiten abusos? ¿Quién termina pagando las consecuencias? También podríamos cuestionar nuestra relación con la naturaleza. Acostumbramos a llamarla recurso natural, como si la Tierra fuera un almacén a nuestra disposición. ¿Y si comenzáramos a reconocer los ríos, acuíferos y bosques como sistemas vivos de los que formamos parte? Incluso las tecnologías merecen entrar en esta conversación. La IA parece existir únicamente en nuestras pantallas, pero requiere electricidad, agua y minerales. Un estudio de Nature Sustainability (2025) estima que la expansión de servidores de IA en Estados Unidos podría generar una huella hídrica anual superior a mil millones de metros cúbicos. ¿Estamos considerando suficientemente el costo planetario de nuestra vida digital? Frente a todo esto, cerrar la llave, reparar fugas y evitar el desperdicio sigue importando. Pero sería injusto dejar la responsabilidad solamente en nuestros hogares mientras persisten la contaminación industrial, las concesiones inequitativas y la infraestructura abandonada. Cuidar el agua también es hacer política.Podemos organizarnos para vigilar su calidad, conocer las concesiones, denunciar descargas contaminantes, participar en la protección de nuestras cuencas y exigir cuentas a empresas y autoridades. También podemos acercarnos a nuestros ayuntamientos, congresos locales, diputaciones federales, Senado y Presidencia de la República. Pedir inversión, transparencia, vigilancia ambiental y acciones urgentes para garantizar el derecho humano al agua. México cuenta con una nueva Ley General de Aguas desde diciembre de 2025. Ahora necesitamos que sus garantías lleguen a la vida cotidiana de todas las comunidades. Quizá sea momento de reconocer esta crisis como una prioridad de emergencia y seguridad nacional, no sólo como otro problema pendiente de la agenda pública. Desde la cultura de paz, defender el agua también significa cuidar la justicia, la salud, la dignidad y la vida de quienes compartimos este planeta, humanos y no humanos. Porque el agua no tendría que importarnos únicamente cuando deja de llegar a nuestra casa. Tal vez podamos aprender a mirarla de otra manera: como aquello que nos une, nos sostiene y nos recuerda que ninguna forma de vida existe completamente sola. Y quizá una de las formas más hermosas de cuidarnos sea aprender a defender, entre todas y todos, aquello que hace posible la vida. |