Jueves 15 de Octubre de 2026 |
Hay una diferencia fundamental entre quienes construyen un movimiento político porque creen en una causa y quienes se incorporan porque reconocen en él una oportunidad de poder. Ambos pueden terminar compartiendo una organización, incluso defendiendo públicamente las mismas banderas, pero no necesariamente los mismos principios ni las mismas motivaciones. Morena es, en ese sentido, un fenómeno político que merece una reflexión más profunda que sus triunfos electorales. Su crecimiento ha sido extraordinario, pero también ha modificado su composición interna, sus equilibrios y la relación entre quienes fundaron el movimiento y quienes se incorporaron cuando éste comenzó a convertirse en una fuerza con posibilidades reales de gobernar. Para entender sus contradicciones actuales, conviene distinguir al menos cinco tipos de militancia que han acompañado su desarrollo. El primero es el fundador. Aquel que participó en las asambleas que dieron origen al movimiento, que creyó en Andrés Manuel López Obrador cuando todavía no existía la certeza de que llegaría a la Presidencia. Algunos provenían del PRD; otros nunca habían militado en un partido. Se reconocían como obradoristas porque encontraban en aquel proyecto una posibilidad de transformar la vida pública, combatir los privilegios y construir una alternativa al régimen político tradicional. Muchos aportaron tiempo, recursos y trabajo territorial sin esperar una recompensa inmediata. Creyeron que estaban construyendo algo distinto, una organización donde la convicción política tendría mayor peso que las relaciones personales, las cuotas de poder o la cercanía con las dirigencias. Sin embargo, una parte de aquellos fundadores se ha alejado de la militancia. Otros permanecen, pero observan con desencanto cómo algunos personajes que antes combatían al movimiento ahora ocupan posiciones que ellos ayudaron a conquistar. Su decepción no necesariamente significa que hayan dejado de creer en la transformación; puede significar, precisamente, que siguen creyendo en ella y no reconocen en determinadas prácticas el proyecto al que se sumaron. El segundo grupo lo denomino los allegados, corresponde a las incorporaciones de 2015 y 2016. En esta etapa comenzaron a acercarse cuadros políticos provenientes de otras fuerzas, algunos con experiencia electoral, relaciones institucionales y vínculos con los círculos dirigentes. Para varios, Morena representaba una nueva plataforma de participación y una oportunidad de construir una carrera política. Su incorporación no fue, por sí misma, negativa. Ningún partido puede crecer sin sumar capacidades, experiencia y cuadros provenientes de otras organizaciones. El problema aparece cuando la cercanía con las dirigencias pesa más que el trabajo militante y cuando la incorporación se traduce en acceso inmediato a posiciones de decisión. En ese momento comienza a abrirse una contradicción: quienes habían trabajado durante años para construir la organización descubren que otros pueden avanzar con mayor rapidez gracias a sus relaciones políticas. La antigüedad y la convicción dejan de ser garantías de reconocimiento. El tercer grupo los búfalos, cuadros políticos de 2017, cuando la posibilidad de un triunfo de López Obrador comenzaba a modificar los cálculos políticos. Se trataba de cuadros formados en otros partidos, algunos con estructuras territoriales, equipos de trabajo y experiencia en campañas. Su incorporación respondía también a una lectura de la coyuntura: Morena tenía posibilidades reales de disputar el poder y sumarse a ese proyecto podía fortalecer su posición política. Su llegada contribuyó al crecimiento electoral del movimiento. Pero también introdujo prácticas, lealtades y formas de hacer política que no necesariamente habían surgido de la experiencia organizativa de Morena. Las estructuras que se incorporaban no llegaban vacías: traían consigo sus propias redes, compromisos y maneras de entender el ejercicio del poder. La pregunta nunca debió ser si alguien provenía de otro partido, sino bajo qué condiciones se incorporaba y qué mecanismos existían para asegurar que el proyecto político prevaleciera sobre los intereses particulares. El cuarto grupo llamado los externos después del triunfo presidencial de 2018. El acceso al Gobierno federal convirtió a Morena en una fuerza política con una capacidad de atracción mucho mayor. Figuras de otros partidos, incluidos cuadros vinculados con proyectos ideológicos distintos e incluso con la derecha, encontraron razones para incorporarse o establecer alianzas con el nuevo bloque gobernante. La contradicción se hizo más visible: el movimiento que había construido su identidad confrontando a una élite política tradicional comenzó a recibir a integrantes de esa misma élite. Es cierto que gobernar exige construir mayorías, sumar voluntades y negociar con actores diversos. También es cierto que la política democrática no puede reducirse a una prueba de pureza ideológica. Pero una cosa es ampliar una coalición para gobernar y otra muy distinta es confundir la adhesión electoral con la convicción política. Porque ganar una elección permite acceder al Gobierno; no garantiza que quienes llegan compartan los principios del proyecto que hizo posible ese triunfo. El quinto grupo corresponde los innovadores a quienes se han incorporado durante el Gobierno de Claudia Sheinbaum. En esta etapa, el objetivo de ampliar la base política y reducir los espacios de la oposición ha seguido impulsando la llegada de cuadros provenientes de distintas fuerzas. Algunos respaldan genuinamente el proyecto de transformación; otros pueden encontrar en Morena una plataforma conveniente para mantener su influencia, conservar posiciones o garantizar su futuro político. Aquí aparece una de las principales tensiones del partido: ¿hasta dónde puede ampliarse una organización sin diluir su identidad? ¿Qué significa pertenecer a Morena cuando dentro de sus filas conviven trayectorias, prácticas y convicciones que en otros momentos fueron incompatibles? No se trata de cuestionar automáticamente a quien cambia de partido ni de suponer que todos los fundadores son congruentes y todos los recién llegados son oportunistas. Esa sería una lectura demasiado cómoda. Hay fundadores que también han reproducido prácticas cuestionables y nuevos militantes que pueden contribuir honestamente a la transformación. El problema es institucional: ¿qué criterios determinan quién representa al movimiento, ¿quién accede a las candidaturas y quién participa en las decisiones? ¿El trabajo territorial, la congruencia, la formación política y el compromiso con un programa, o la capacidad de movilizar estructuras, los acuerdos entre grupos y la cercanía con quienes controlan las decisiones? Cuando estas preguntas dejan de tener respuestas claras, la organización corre el riesgo de convertir su crecimiento en una acumulación de intereses. Y es aquí donde aparece la decepción del fundador. La paradoja es que Morena puede fortalecerse electoralmente mientras debilita algunos de los vínculos políticos y éticos que le dieron origen. Puede sumar gobernadores, legisladores, alcaldes y operadores sin conseguir que todos compartan una misma concepción de la transformación. Puede ganar elecciones y, al mismo tiempo, perder parte de la confianza de quienes construyeron su organización desde abajo. Por eso, la discusión no debería centrarse únicamente en cuántos militantes tiene Morena, cuántos gobiernos encabeza o cuántos espacios le ha arrebatado a la oposición. La pregunta de fondo es qué tipo de partido está construyendo y qué mecanismos tiene para evitar que la conquista del poder termine desplazando los motivos por los que nació. Los movimientos políticos no se traicionan solamente cuando abandonan sus principios en los documentos. También pueden hacerlo cuando sus prácticas cotidianas contradicen sus promesas, cuando la lealtad a una persona sustituye a la discusión colectiva y cuando la trayectoria de una militancia vale menos que la capacidad de negociación de un grupo. Andrés Manuel López Obrador construyó un movimiento que cambió la historia política reciente de México. Pero ninguna obra política queda protegida de sus contradicciones por la fuerza de su fundador. Su permanencia depende de las instituciones, las prácticas y las generaciones que la sostengan después de él. El desafío de Morena no es impedir que lleguen nuevos integrantes. Es demostrar que quienes llegan se incorporan a un proyecto de transformación y no que el proyecto se transforma para acomodarse a quienes llegan. La mayor decepción de un fundador no es que su movimiento crezca, cambie o incorpore a otros. Es que quienes ayudaron a construirlo lleguen a sentirse extraños dentro de él.
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