Lunes 19 de Octubre de 2026

El 17 de octubre no es una fecha cualquiera en la memoria colectiva de las mujeres en México. Conmemoramos el reconocimiento formal de nuestro derecho a votar y ser votadas; una conquista histórica arrebatada a puño, pluma y protesta por las sufragistas y colectivas que nos precedieron. Aquellas compañeras no abrieron brecha únicamente para que las mujeres ocupáramos un espacio físico en las boletas electorales o en los pódiums, sino para transformar de raíz la lógica vertical, extractiva y patriarcal del poder.

Sin embargo, a más de siete décadas de aquel hito, la coyuntura política local en Puebla nos confronta con una paradoja dolorosa: el paso de la ruptura del techo de cristal a la instrumentalización de la participación política femenina.

El reciente despliegue en el Zócalo de la capital poblana para el registro de Gabriela Sánchez como aspirante del oficialismo a la alcaldía expone con crudeza cómo el régimen actual, al igual que sus antecesores, manipula las luchas históricas para vestir de “inclusión” lo que en realidad es pragmatismo patriarcal.

El uso de perfiles mediáticos o deportivos no es nuevo, pero la manera en que el aparato del oficialismo promueve a la exsecretaria del Deporte evidencia un proceso de cosificación y despolitización deliberada. Se busca capitalizar la proyección de una atleta, despojándola de una propuesta ideológica o de un proyecto integral de ciudad con perspectiva de género.

Es ahí donde nos encontramos con diversos escenarios que se concatenan: la envoltura del “mérito popular” sin agenda de derechos; se apela a la “cultura del esfuerzo” para conectar emocionalmente con las mayorías, pero se omite discutir cómo se abordarán las violencias sistemáticas, la brecha salarial, la crisis de cuidados o la precarización que viven miles de poblanas en las colonias y juntas auxiliares; el uso de la mujer como fachada progresista: colocar a una mujer al frente de una candidatura no garantiza una política feminista.

Cuando las mujeres son promovidas por estructuras masculinas para asegurar cuotas o arrastre electoral sin autonomía real, se perpetúa la vieja máxima patriarcal: mandar a través de la representación subordinada; reducción de la agencia política: la construcción de la candidatura como un “producto” vistoso subestima la capacidad crítica de la ciudadanía y reduce el derecho a ser votada a una simple estrategia de posicionamiento de marca.

Y finalmente nos encontramos con el acarreo, el cinismo y la impunidad, lo que yo llamo la simpleza del “poder por el poder”, pues el acto multitudinario en el corazón de Puebla no fue una demostración orgánica de convicción ni un ejercicio de soberanía popular espontáneo como nos lo enseñó Andrés Manuel; fue la exhibición del músculo del aparato gubernamental y partidista: camiones, movilización corporativa, posible uso de recursos públicos y la repetición de las peores prácticas del clientelismo tradicional que en MORENA prometimos erradicar.

Mover miles de personas sin convicción ideológica ni debate de ideas no genera músculo democrático; produce un vacío ético preocupante. Cuando el acarreo reemplaza a la militancia consciente, el mensaje es claro: el objetivo es el poder por el poder mismo.

Lo desgarrador de este escenario es el nivel de impunidad con el que se opera. El destape, orquestado y respaldado desde las altas esferas del poder, se realiza a plena luz del día porque sus operadores saben que “no pasa nada”. La erosión de los contrapesos electorales e institucionales ha generado una certeza de impunidad donde la ética política es vista como un obstáculo prescindible.

Frente a esta simulación, como parte del feminismo interseccional y crítico no podemos guardar silencio ni ser complacientes. Romper el techo de cristal no consistía en sustituir a un operador patriarcal por una figura femenina subordinada al mismo sistema.

Para que la representación política de las mujeres sea real y no un mero cálculo electoral, se vuelve indispensable colocar límites claros: recuperar la autonomía: las mujeres que aspiramos a cargos de elección popular debemos demostrar independencia crítica respecto a los mandatos patriarcales de las cúpulas partidistas; rechazar el clientelismo como herramienta de legitimación, pues la verdadera fuerza democrática de las mujeres proviene de la articulación con las bases comunitarias, las jóvenes, las trabajadoras, las de la periferia y los movimientos sociales, no de la movilización forzada o condicionada; y finalmente, sustituir la política del espectáculo por agendas de transformación: exigimos propuestas sustantivas sobre soberanía territorial, erradicación de las violencias machistas, seguridad comunitaria y justicia social.

El voto femenino y el derecho para gobernar se conquistaron para democratizar la vida pública, no para oxigenar las mañas del régimen. Si MORENA en Puebla ha perdido el rumbo en una suerte de ambición hegemónica, nos corresponde a la ciudadanía organizada, a las jóvenes y al feminismo independiente recordar que la política sin ética ni convicción es solo una cáscara vacía.

Y porque no aceptaremos que la lucha histórica de las compañeras sea utilizada como mera utilería de campaña.