Lunes 19 de Octubre de 2026

Salí de San Antonio rumbo a Austin con el tanque de gasolina lleno. Sin embargo, poco después me detuve en una gasolinera. No necesitaba combustible ni buscaba simplemente un sanitario o algo para comer. Me detuve porque quería conocerla.

Se llamaba Buc-ee’s y, más que una estación de servicio, parecía un destino turístico construido al costado de la carretera. Su personaje es un castor sonriente que aparece en letreros, vasos, camisetas, gorras, muñecos y prácticamente cualquier producto que uno pueda imaginar.

Buc-ee’s nació en Texas en 1982, fundado por Arch “Beaver” Aplin, con una promesa aparentemente sencilla: gasolina a buen precio, hielo barato y sanitarios impecables. Con el tiempo, aquella fórmula evolucionó hasta transformar sus establecimientos en enormes centros de viaje. Actualmente, cuenta con 56 ubicaciones en 13 estados y mantiene un acelerado proceso de expansión por Estados Unidos.

Sus establecimientos suelen tener alrededor de cien bombas de gasolina, pero la verdadera experiencia comienza al cruzar la puerta. Adentro aparecen grandes mostradores de carne seca, barbacoa preparada en el momento, dulces, productos regionales, artículos para el hogar y una enorme cantidad de recuerdos con la imagen del castor. También están los famosos Beaver Nuggets, pequeñas bolitas de maíz cubiertas de caramelo que se han convertido en uno de los símbolos de la marca.

Durante años, la sucursal de New Braunfels que visité fue considerada la tienda de conveniencia más grande del mundo. Hoy el récord pertenece a otro Buc-ee’s ubicado también en Texas, en Luling, cuya superficie supera los 7 mil metros cuadrados. Esto confirma que la empresa se ha tomado muy en serio aquella idea texana de que todo debe ser más grande.

Pero lo que más me llamó la atención no fueron únicamente sus dimensiones. Fue descubrir que yo había entrado aun cuando llevaba el tanque lleno. Buc-ee’s había conseguido algo extraordinario: convertir la gasolina en el pretexto, la tienda en una experiencia y una parada de carretera en un destino.

En ese momento comprendí que, en algunos viajes, los lugares intermedios pueden ser tan interesantes como el punto final.

Continué hacia San Marcos, una ciudad que ya conocía y en la que volví a recorrer sus famosos outlets. Podría haber seguido directamente hasta Austin, pero viajar por carretera permite algo que muchas veces perdemos cuando tomamos un avión: observar cómo va cambiando el paisaje, detenernos sin demasiados planes y descubrir poblaciones que probablemente no habrían justificado un viaje por sí solas, pero que terminan formando parte de nuestros recuerdos.

Austin era mi destino. Desde que llegué, encontré una ciudad con muy buena vibra, joven, dinámica y con un ambiente distinto al de otras grandes ciudades de Texas. Visité su imponente Capitolio, recorrí sus pasillos y observé los retratos de los gobernadores y de quienes fueron presidentes de la República de Texas.

Visitar ese edificio también significó encontrarme con una historia contada desde otros ojos. En México aprendemos la separación de Texas y los conflictos posteriores desde nuestra propia memoria nacional. En Austin, los mismos acontecimientos aparecen narrados desde la identidad texana, con otros protagonistas, otros símbolos y otra interpretación.

Viajar también sirve para eso: para descubrir que la historia no cambia, pero sí puede cambiar la manera de contarla. Cruzar una frontera no solamente significa ingresar a otro territorio, sino escuchar cómo otros pueblos recuerdan los mismos acontecimientos que nosotros aprendimos de una manera diferente.

En Austin conocí también una sucursal de Whole Foods Market, la cadena especializada en alimentos naturales y orgánicos que nació precisamente en esa ciudad en 1980. No era la tienda original, pero sí una oportunidad para conocer en su lugar de origen un concepto que después encontraría en otras partes de Estados Unidos. Una idea surgida en Austin terminó convirtiéndose en una empresa internacional y en una nueva forma de entender la compra y el consumo de alimentos.

Después emprendí el regreso hacia San Antonio, pero el viaje todavía tenía mucho que ofrecer. Entré a Gruene, un pequeño distrito histórico dentro de New Braunfels, levantado a partir de la llegada de inmigrantes alemanes durante el siglo XIX.

Recorrer aquella zona era descubrir un Texas distinto al que normalmente imaginamos. Había antiguas construcciones, tiendas con apariencia de los grandes almacenes estadounidenses de otros tiempos, objetos, productos regionales y antigüedades. Todo conservaba una atmósfera que parecía mantenerse alejada de las grandes autopistas y de las ciudades modernas.

Ahí tuve también una de las grandes comidas del recorrido. En el Gristmill, un restaurante instalado en lo que fue una antigua desmotadora de algodón, junto al río Guadalupe, disfruté la barbacoa norteamericana, el famoso barbecue o BBQ que tanto me gusta. El edificio, el paisaje y la comida hacían que aquello fuera mucho más que una escala para alimentarme.

El Guadalupe es un río caudaloso que pasa por New Braunfels y continúa su recorrido hasta la bahía de San Antonio, en el golfo de México. No es el mismo río que atraviesa la ciudad de San Antonio y forma su famoso River Walk, pero su nombre y su cercanía pueden provocar la confusión. Junto a sus aguas se desarrollaron poblaciones, actividades agrícolas y comunidades de inmigrantes que dejaron una huella que todavía puede sentirse.

Aquel viaje de verano me permitió conocer una parte de Estados Unidos diferente a la que solemos imaginar. Texas no tiene una historia formada por una sola cultura. En sus ciudades, su arquitectura, sus comidas y hasta en los nombres de sus ríos y poblaciones aparecen distintas nacionalidades.

También ahí entendí el verdadero significado de las seis banderas de Texas. No se trata solamente del nombre de un conocido parque de diversiones. Son las banderas de las seis naciones que, en distintos periodos, ejercieron soberanía sobre todo o parte de ese territorio: España, Francia, México, la República de Texas, los Estados Confederados de América y Estados Unidos.

La presencia francesa fue breve; la española se extendió durante siglos como parte de la Nueva España; después llegó la bandera mexicana, seguida por la de la República de Texas, la Confederación y, finalmente, Estados Unidos. Seis banderas para explicar un territorio cuya identidad fue construida por encuentros, migraciones, guerras, separaciones y nuevas pertenencias.

Austin era el destino que aparecía en mi itinerario. Sin embargo, cuando recuerdo aquel viaje, también regresan Buc-ee’s, los outlets de San Marcos, los antiguos almacenes de Gruene, el río Guadalupe, el Capitolio, Whole Foods y aquella barbacoa junto al agua.

Porque podemos llegar exactamente al lugar que habíamos planeado y descubrir, al mirar hacia atrás, que una parte importante de la experiencia se encontraba en las paradas, en las desviaciones y en aquello que no era indispensable conocer.

El destino puede aparecer señalado en el mapa, pero el viaje comienza mucho antes de llegar. Algunas veces, lo que más recordamos no nos esperaba al final de la carretera.

 

Porque el viaje también sucede en el camino.

 

 

Viajemos juntos.